lunes, 14 de septiembre de 2015

La consciencia: el misterio primario

A pesar de las incontables leyes de la física, la química y la biología que la ciencia ha descubierto y de los avances extraordinarios que se han logrado con la aplicación práctica de tales leyes, los investigadores están lejísimos de quedarse cortos de enigmas por resolver. Aún desconocemos si existen o no otros universos, como lo sugiere la teoría de las cuerdas; no nos imaginamos cómo fue la primera molécula que se replicó por sí sola para abrirle la puerta a la vida hace casi cuatro mil millones de años; ni tampoco tenemos idea de qué son la materia o la energía oscuras que juntas e invisibles representan el noventa y cinco por ciento del contenido del universo conocido.             
Sin restarle importancia alguna a semejantes incógnitas, remotas del diario vivir, el gran misterio primario, sin embargo, está bien cerca de nuestros ojos, más exactamente detrás de ellos. ¿Cómo crean las neuronas la consciencia en nuestro cerebro? ¿Cómo surge el sentido de identidad,  crece en la temprana infancia, se estabiliza después por unos cuantos años, declina en la tercera edad y se extingue cuando el cuerpo expira?                           
La consciencia nos provee una convicción irrefutable e íntima de un ‘yo’ que nos traza límites y nos diferencia de los demás. Al igual que todas las características de la vida humana, la consciencia y todos los enlaces y porciones orgánicos asociados con su funcionamiento son fruto de la evolución por selección natural en procesos secuenciales que tardaron millones de años. No obstante, poco sabemos más allá de esta descripción.    
El surgimiento del sentido de identidad es la recompensa de la evolución a la 'memorización' genética de los eventos que beneficiaron la supervivencia de nuestros primitivos antecesores. La estabilización de las mutaciones favorables conformó poco a poco la codificación genética de la consciencia, aunque todavía no sabemos cuáles son los genes involucrados ni cómo estos generan los mensajes cerebrales que nos hacen sentir ‘individuos’.             
Las explicaciones detalladas del surgimiento de la consciencia en nuestros antepasados remotos están apenas un poco menos recónditas que en 1858 cuando por primera vez el naturalista Charles Darwin y el antropólogo Alfred Wallace postularon públicamente la teoría de la evolución de las especies por selección natural.             
Wallace era espiritualista y pasó sus últimos años intentando comunicarse con los muertos. Dentro de este marco metafísico, Wallace llegó a dudar de su intuición ‘materialista’ genial (en su época no existían las palabras ‘neurona’, ‘gen’ o ‘byte’) y expresó en algún momento que la selección natural era insuficiente para explicar la evolución de la consciencia. “Espero que usted no haya matado completamente su propio niño y el mío”, le escribió con preocupación Darwin. Para fortuna de la ciencia, así no ocurrió.             
La inicial carencia de explicaciones para la consciencia parece estarse moviendo en los últimos años hacia el otro extremo. Ahora la abundancia de hipótesis podría crear confusión antes de llegar a una teoría definitiva, y el otorgamiento del Nobel correspondiente, sea en física, química o medicina, podría demorarse varias décadas.              
Veamos dos ejemplos que están haciendo ruido científico. Bernard Baars, neurocientífico del Instituto de Neurociencias en La Jolla, California, asimila la consciencia a la memoria de un computador que conserva los datos de las experiencias después de haberlas vivido. Según esta teoría, el pensamiento, la planeación y la percepción son generados por algoritmos adaptativos biológicos.             
El cosmólogo Max Tegmark del Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su parte, sugiere que la consciencia es un estado de la materia y  surge de un conjunto particular de condiciones matemáticas. Según el doctor Tegmark, hay diversos grados de consciencia, al igual que existen diferentes estados para el agua: vapor, líquido o hielo.             
La consciencia es, sin duda alguna, el misterio primario y no solo porque todos la experimentemos patentemente. Para que un problema sea reconocido como tal debe haber alguien que lo identifique y lo quiera resolver. Si nadie tuviera consciencia, esto es, si no hubiera seres humanos conscientes y curiosos, pues no habría ni explorador ni zona por explorar. Y ningún fenómeno sería enigma  si no hubiera alguien que lo quisiera resolver. Porque tenemos el privilegio de tener consciencia, así no la comprendamos, existen todos los demás misterios.             
Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’
www.harmonypresent.com/armonia-interior

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