sábado, 9 de mayo de 2015

¿Por qué queremos agradecimiento imperecedero?

Según el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, los humanos buscamos la satisfacción de nuestras exigencias según una jerarquía cuyos cuatro primeros niveles se conocen como necesidades de deficiencia. Por ejemplo, consumimos alimentos para las demandas fisiológicas; buscamos techo por razones de seguridad; tenemos amigos por complacer nuestros requerimientos de pertenencia; y ejecutamos tareas sobresalientes para satisfacer la necesidad de estima.
¿Por qué queremos agradecimiento imperecedero para algunos de nuestros actos? La necesidad de estima, la cuarta de la escala, es la necesidad de encontrarnos a gusto con nuestra existencia, desde nuestra perspectiva -la autoestima: ¿Cómo me veo yo?- y desde la percepción ajena -el reconocimiento: ¿Cómo me ven los demás?-. La autoestima depende de y desaparece con nosotros. El curioso deseo de ser recordados post-mortem es una extrapolación anómala de la necesidad normal de reconocimiento mientras estamos vivos. Pensar que nuestras obras son perdurables nos genera una sensación imaginaria de eternidad que nos lleva a creer que seguiremos existiendo.
Sabemos con certeza que moriremos pero no logramos imaginarnos extinguidos; la frase ‘estoy muerto’ es impronunciable en su sentido literal. Algunos poetas, que con frecuencia penetran en la mente humana con más sutileza que los psicólogos, están en desacuerdo con tan artificial eternidad y hasta se burlan de la necesidad de ser recordados; para ellos su vida y sus obras son suficientes. Veamos algunas citas literarias, la primera con historia previa.
En 1957 el escritor Gonzalo Arango funda el nadaísmo, un movimiento rebelde que, según su manifiesto inicial, pretende “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”. Los nadaístas cometen toda clase de irreverencias, desde incineración de libros hasta sacrilegio de hostias, consiguiendo grandes titulares de prensa, con bombo y fanfarria suficientes que asegurarían memoria duradera a Gonzalo Arango. Todo cambió, sin embargo. En 1970 el poeta abandona su movimiento y el ateo radical se convierte en un irreconocible espiritualista. 
Justo en ese mismo año, el escritor vallecaucano Orlando Restrepo Jaramillo publica “Más allá de las palabras”, una colección de sus poemas que envía a su amigo antioqueño. Gonzalo Arango le responde con una cálida nota que recientemente Orlando compartió con este columnista. De esa misiva, tomo la siguiente inspirada frase de desapego a la eternidad: “Vivir no es más que caminar hacia el olvido con un montón de sueños y equipajes rotos”.
Jorge Luis Borges podría haber pronunciado tan elocuente línea; sus versos de desmemoria y desprendimiento son abundantes. En su poema ‘Ya somos el olvido’ escribe el gran argentino: “Ya somos el olvido que seremos… Ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el fin… No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre…” En ‘Soy’, el poeta se describe como “Soy el que es nadie, el que no fue una espada en la guerra. Soy eco, olvido, nada.” Y ‘Límites’ termina con “Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son los que me han querido y olvidado; espacio y tiempo y Borges ya me dejan.”
Dos mil quinientos años atrás, el Buda establece, con meridiana claridad, que somos transitorios y que cuando morimos nada nuestro permanece. Nos vamos y nos fuimos. La negación de nuestra transitoriedad y la expectativa de un algo paralelo que perdura nos crean la ilusión de algún ente inmaterial que nos sobrevive. En su poema ‘Ajedrez’ Omar Khayyám (1048-1131), filósofo y astrónomo persa, comparte el pensamiento del Buda: “La vida es un tablero de ajedrez; los cuadros, las noches y los días; nosotros, las piezas que el Destino juega. Aquí y allá, nos mueve, nos da jaque, toma, mata… Y, uno a uno, a todos nos arroja en la caja de la Nada”.
Así las cosas, mantengamos al día nuestros asuntos terrenales. En cuanto a la eternidad, despreocupémonos de las memorias imperecederas, que ni siquiera el universo es permanente. Más bien, aceptemos la realidad de la muerte y, si somos capaces, riámonos de ella mientras recitamos otro poema de Omar Khayyám: “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz hoy. Toma un ánfora de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe, mientras piensas que quizás mañana la luna te busque… En vano.”


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