viernes, 22 de noviembre de 2013

Desaprendizaje y transformación personal


La transformación personal es responsabilidad exclusiva de quien quiere transformarse; ‘el aspirante a ser otro’ tiene que hacer o dejar de hacer, por sí mismo, todo lo que el cambio le demande. Nos toma muchos ensayos de alternativas antes de que esta elemental enseñanza se vuelva ‘nuestra’; creo que todos en algún momento nos declaramos ‘buscadores’ de algo diferente, así no tuviéramos remota idea de lo que andábamos buscando: ¿La felicidad? ¿El éxito? ¿El sentido de la vida? ¿El maestro que decidiera por nosotros? ¿El santo que nos enviaría al cielo?

La meta recóndita e indefinida que yo perseguía no la encontré en ninguno de los numerosos cursos, libros y recovecos donde me metí; cuando no se sabe para dónde va pues allá no llega. En mis exploraciones, eso sí, me divertí sobremanera -la búsqueda misma fue entretenida- pues casi siempre asimilé alguna enseñanza puntual u obtuve algún beneficio interesante. La lección principal, tan importante como paradójica, que saqué de todo estos entrenamientos, sin embargo, no estaba en la publicidad de turno pues era contraproducente para los promotores de los programas o textos. La ‘verdadera’ transformación personal no resulta de estudiar, seguir instrucciones o adquirir nuevos conocimientos sino de olvidar, dejar de hacer cosas y desaprender nuestras reacciones automáticas.

El desaprendizaje, que ocurre en la medida que sacamos de nuestra cabeza las formaciones mentales perjudiciales, hace espontánea la transformación. Las formaciones mentales perjudiciales -todos aquellos condicionamientos dañinos que adquirimos a lo largo de nuestra existencia- son de dos clases: La primera la componen los deseos intensos de lo que carecemos o de lo que queremos tener más (posesiones, poder, prestigio, sexo, entretenimiento, conocimientos…); la segunda, las aversiones hacia lo que real o imaginariamente nos rodea (personas desagradables, amenazas, enfermedades, soledad, corrupción, ineficiencia, inmundicia…). Las formaciones mentales perjudiciales conforman nuestro ego redundante.

Las formaciones mentales provechosas, la otra cara de la moneda, son los apetitos naturales (como alimentarnos cuando tenemos hambre) y los temores razonables (como protegernos cuando hay peligro) que favorecen nuestra supervivencia y la de la especie, y que constituyen nuestro ser esencial.

La verdadera transformación ocurre en la observación atenta, imparcial y permanente de nuestra vida a medida que se desenvuelve. Así desaprendemos y silenciamos los condicionamientos dañinos, nos liberamos de la tiranía del ego redundante y comenzamos a vivir desde nuestro ser esencial. (Para los fáciles de condicionar, como este columnista, esto es menos sencillo de lo que suena). Desde el ser esencial, comemos únicamente cuando tenemos hambre y nos calmamos tan pronto los peligros han pasado.

Si el ego redundante nos gobierna, reinan el caos y la confusión: antojos superfluos y disgustos inútiles, adicciones y fobias, obsesiones y odios. Cambiar es convertir algo en otra cosa, es dejar una situación para escoger o crear una distinta. Si nuestra mente, en manos del ego redundante, está caótica y confusa, no puede dirigir una transformación provechosa.

Cuando actuamos desde nuestro ser esencial, por otro lado, hacemos exactamente lo que tenemos que hacer a todo momento, volviendo innecesarios los cambios dirigidos. Con nuestro ser esencial al mando, fluimos en armonía con la vida y podemos seguir al pie de la letra la sabia exhortación con la cual Anthony de Mello, sacerdote jesuita y guía espiritual, cerró su último taller vivencial mes y medio antes de su muerte: “No intentemos cambiar nada -ni a nosotros mismos, ni a los demás, ni al mundo- y todo cambiará maravillosamente, a su tiempo y a su manera”.

Gustavo Estrada
 
 

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