viernes, 26 de diciembre de 2008

Mi YO físico ni es permanente ni es mío *

Usted y yo dizque somos organismos multicelulares —el multi es bien multi: diez millones de millones de células—. Las bacterias son microorganismos unicelulares —el micro es bien micro: millonésimas de metro—. Las bacterias son mucho más pequeñitas que las células pero, si en nuestro cuerpo hubiera elecciones para definir quién manda, las bacterias ganarían por diez a uno. Somos pues mucho más multibacteriales que multicelulares. “Debajo de nuestras diferencias superficiales todos somos comunidades caminantes de bacterias“, dice la bióloga Lynn Margulis. Nuestros huéspedes viven en su gran mayoría en los intestinos formando la llamada flora bacteriana (¿seremos nosotros la fauna?)
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¿Constituyen las bacterias algo de mi “yo”? Esos bichitos nacen, se reproducen y mueren dentro de nosotros y a todos nos toca regalarles el arriendo y la alimentación. En kilogramos son como la décima parte de nosotros. Unos pocos son perjudiciales, otros cuantos benéficos y otros más absolutamente necesarios para nuestra supervivencia. Si se mueren estos últimos, nos morimos con ellos; son pues candidatos perfectos para considerarlos una parte integral de mi “yo”. ¿O no? Desafortunadamente, de la mayoría de las quinientas especies invasoras desconocemos por completo su utilidad o daño. Así como el proyecto del genoma humano se dedicó a identificar la secuencia de los pares de bases (nucleótidos) de nuestros veinticinco mil genes, un proyecto denominado microbioma, iniciado en 2007, pretende censar y caracterizar a nuestros co-residentes e identificar la relación entre sus variaciones de cantidad y la salud (o la enfermedad) de sus anfitriones.
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El asunto del “yo” no es solo de masa y volumen sino además de duración y tiempo. Nuestras células como las bacterias también nacen y se mueren; muchas inclusive se suicidan. Nuestra mucosa gástrica, por ejemplo, se regenera totalmente cada tres días. Otras células duran muchos años —quince en el caso de huesos y músculos— y parece que las neuronas escasamente se reemplazan. (¡Ojo los tomadores! Cada borrachera puede matar ochenta millones). Sin embargo, aunque una célula dure años, las moléculas que la conforman entran y salen permanentemente manteniéndose constante, eso sí, el ADN o codificación genética. El ADN es lo único que permanece a lo largo de nuestra vida siendo algo así como un software y unas bases de datos, más o menos invariables, que se procesan en el hardware cambiante de nuestro cuerpo.
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Sin los detalles que provee la ciencia, el Buda comprendió intuitivamente estas características de los seres vivos. “Todo lo que le hace creer al ser humano que posee una esencia perdurable —su cuerpo, sus sensaciones, sus percepciones, sus reacciones condicionadas, su cognición— es transitorio (se renueva permanentemente) y, por lo tanto, no existen entidades eternas asociadas a ningún ser vivo”, dijo hace veinticinco siglos. En uno de sus análisis del asunto, el Buda se hizo las mismas preguntas que se hacen los biólogos y los psicólogos modernos: ¿Dónde reside mi “yo” eterno? El antiguo sabio examina los elementos del cuerpo humano para sugerir que, uno por uno, ellos son solo fenómenos físicos en los que no hay ni ego eterno ni espíritu perpetuo. La lista que examina el Buda es interesante; en nuestro “costal de piel” aparecen cerebro, corazón, huesos, intestinos, hígado, sangre, dientes… pero además sudor, lágrimas, saliva, heces y orines (con los cuales expelemos células y bacterias por cantidades).
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Los últimos dos elementos son una buena adición en peso a nuestro diez por ciento bacterial. Bien sabemos que si no producimos y retiramos las heces y los orines también nos morimos. Dependiendo de la hora del día, los tales elementos que llevamos dentro pueden ser un porcentaje importante de nuestro peso total. En cualquier caso, de eso sí estoy seguro, sin necesidad de investigaciones científicas o ponderaciones filosóficas: Nadie, absolutamente nadie, —por ególatra, egoísta, egomaníaco o egocéntrico que sea— se atrevería a decir que sus excrementos son parte fundamental de su “yo”. Y, mucho menos, de su alma.

Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx

Enlaces relacionados
Sobre la flora bacteriana:
http://en.wikipedia.org/wiki/Human_flora
Sobre la edad de las células: http://www.nytimes.com/2005/08/02/science/02cell.html?pagewanted=print

viernes, 14 de noviembre de 2008

Entre lo exotérico y lo esotérico *

Los territorios de la física racional (lo exotérico material) y la metafísica animista (lo esotérico inmaterial) carecen de comarcas comunes y los habitantes de sus puntos extremos jamás se aproximarán; ellos hablan idiomas distintos y sus cerebros funcionan de manera diferente. En una punta están los radicales ateos que ya respondieron todas sus preguntas y cuya suficiencia de razón está por encima de cualquier tipo de duda. En la otra, se encuentran los fanáticos religiosos —los creacionistas para quienes el universo tiene seis mil años, los musulmanes de guerra santa, los creyentes fervorosos que conversan con Dios— a quienes les sobra fe pero se quedaron cortos en raciocinio.
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Para fortuna humana, hay un gigantesco terreno en el medio de esos polos opuestos. Allí caben los tolerantes de todos los credos, los creyentes que aceptan posibilidades de error, los ateos respetuosos de la opinión ajena y los agnósticos que reconocen las limitaciones de la mente para comprender el Orden Universal. Y en esa amplísima gama de grises, sobresalen algunos grupos interesantes, dos de los cuales quiero resaltar en esta oportunidad.
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El primer grupo, de generación espontánea en los años recientes, es una especie de Nueva Espiritualidad (nada que ver con la Nueva Era o con la Era de Acuario donde se mezclan en una extraña amalgama la astrología, los ángeles, los médiums y las vidas anteriores ), un centro "radical" que se adhiere a la investigación científica pero reconoce al mismo tiempo que el cerebro es el resultado de la selección natural para supervivir y favorecer descendencia y no para resolver todos los misterios ni descifrar todas las verdades del cosmos. Allí bien caben la espiritualidad atea de filósofo francés André Comte-Sponville y el sentido de Dios que, según el biólogo norteamericano Stuart Kauffman, uno de los pioneros de la teoría de sistemas complejos, se encuentra en “la incesante creatividad del universo, la biósfera y la vida humana”.
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El segundo grupo, con antigüedad de veinticinco siglos, es el budismo pragmático, la esencia y el subconjunto reducido de conceptos que quedan del budismo religioso una vez se le retiran todos los componentes de dogma y culto. El Buda sencillamente recomienda no perder tiempo con los temas metafísicos. Dice así en uno de sus discursos: «La afirmación o negación de hipótesis sobre asuntos sobrenaturales, sean estos la eternidad del universo, la existencia del alma, el renacimiento o la reencarnación, es solo un manojo de opiniones, un desierto de opiniones, una manipulación de opiniones que en nada conducen a la cesación del sufrimiento». Todo lo que no esté orientado a la eliminación del sufrimiento, también lo declara el Buda, es una pérdida completa de tiempo. ¿Y qué queda cuando se termina el sufrimiento? La armonía y la paz interior que tanto anhelamos todos los humanos, en todos los rincones del planeta, sin distinciones de idioma, origen o color.

Gustavo Estrada
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viernes, 7 de noviembre de 2008

La facilidad de complicar *

El budismo está rodeado de una aureola de misticismo, de mito y de misterio que lo hacen casi inaccesible al ciudadano corriente. Los tres términos provienen del mismo vocablo griego, el verbo myein, que significa «cerrar tanto los ojos como los labios», esto es, incomunicarse visual y verbalmente. Algo de myein sí hay en la meditación budista pero poco de los otros tres vocablos evolucionados. Mysterion era un rito secreto en el cual una persona era iniciada; mystes (de donde se originan místico y misticismo) era el iniciado; mythos quería decir «palabra» en el sentido de «última palabra», un pronunciamiento final y decisivo, algo no demostrable e incuestionable (como las verdades reveladas), en contraposición a logos, una afirmación «lógica» cuya validez podía ser explicada.

Las aclaraciones a las verdades obvias tienden a complicarlas. De allí surgen los mitos y los misterios y respaldo la aseveración con un cuento de J. Krishnamurti. El pensamiento de este filósofo hindú del siglo XX es semejante en muchos aspectos a las Enseñanzas del Buda pero entre los dos sabios hay una evidente disparidad de estilos. J. Krishnamurti muy rara vez utiliza parábolas para ilustrar o apoyar sus mensajes, a diferencia del Buda que lo hace extensivamente. En unas de las pocas ocasiones en las cuales se separa de su costumbre, Krishnamurti resalta en un relato, de manera alegórica y humorística, lo escurridiza y difícil de captar que es la «verdad», cualquiera que sea la idea que alguien tenga de ella. Dice Krishnamurti entonces:
Ustedes deben recordar el cuento de cuando el diablo y un amigo iban caminando por la calle.

Delante de ellos, los dos vieron a alguien recoger algo del suelo, mirarlo con detenimiento y guardarlo alegre en su bolsillo.
— ¿Qué recogió ese señor? —preguntó el amigo.
—Se encontró una muestra de la verdad —contestó el diablo.
— ¿La verdad? Muy malas noticias para usted —comentó el acompañante.
—De ninguna manera —remató el diablo sonriendo. —Yo le voy a ayudar a organizarla.

El diablo, desde su punto de vista, hizo un excelente trabajo en la «organización» de las Enseñanzas del Buda. Por su lamentable efectividad (la del diablo), la elementalidad del budismo se enredó. Su doctrina —o, mejor dicho, la variedad de sus doctrinas—, bien sea como religión, sistema filosófico o escuela psicológica, es extensa y complicada. La extensión resulta del volumen descomunal de las escrituras, las canónicas y las no canónicas. La complicación proviene del alto grado de abstracción de la filosofía, de las particularidades conceptuales de las numerosas corrientes, de la intromisión de leyendas y eventos inexplicables dentro del cuerpo mismo de los textos y de las dificultades de la traducción de los escritos más antiguos a los idiomas occidentales. Como ocurre con todas las doctrinas cuando se vuelven credos, los ritos del budismo y las leyendas alrededor del Buda terminan atrayendo más atención que sus aspectos prácticos.

Hay mucho por hacer en la divulgación de la esencia del budismo en su prístina simplicidad. Cuando las Enseñanzas básicas se esparzan por todas partes, los mensajes del Buda, anteriormente solo orientales y ahora en proceso de «occidentalización», se volverán entonces universales. En el curso de esta “globalización”, las Enseñanzas retornarán a las cualidades con que las predica el Buda en sus comienzos: sencillas, únicas y universales, todo con el loable y único propósito de acabar con el sufrimiento.

Gustavo Estrada
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martes, 28 de octubre de 2008

Las dos iluminaciones *

Las diferencias conceptuales en materias metafísicas son irreconciliables. No puede haber acuerdo sobre preferencias divinas, seres etéreos, vidas previas, reencarnaciones posteriores, paraísos celestiales, infiernos castigadores o apariciones milagrosas. Las opiniones o suposiciones en estos temas, atribuidas por cada credo a sus correspondientes profetas o elegidos, no son ni evidentes por sí mismas ni demostrables. Las verdades “reveladas” en asuntos sobrenaturales son, desde la perspectiva del Buda, opiniones incorrectas. Las opiniones incorrectas obnubilan el entendimiento; la iluminación del budismo —la iluminación oriental— es la cesación de la obnubilación, el despertar interior. (La palabra “buda” quiere decir “despierto mental”).
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Todos los dogmas religiosos parten de opiniones —de suposiciones, de proposiciones cuya verdad se admite sin pruebas— y sobre las cuales, mediante ulteriores razonamientos, se construye el cuerpo de doctrina. Si los postulados iniciales de dos sectas difieren, los sistemas resultantes serán completamente divergentes. No habrá forma de que creyentes y adherentes, por más que discutan y revisen sus argumentos, logren ponerse de acuerdo en cuanto a lo que es correcto; en los peores casos, lucharán y se matarán por sus causas. Stephen Colbert, el humorista norteamericano, dice con irónico ingenio: «No soy un fanático de los hechos. Los hechos no cuentan. Son las emociones las que interesan. Los hechos pueden cambiar, pero las opiniones nunca cambiarán, sin importar cuales sean los hechos».
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La iluminación occidental, el movimiento intelectual del siglo XVIII, tiene similitudes y diferencias con la iluminación oriental. Immanuel Kant, uno de sus exponentes más importantes, la definió como “la emergencia del hombre —el surgimiento, el escape, la salida— de su inmadurez autoimpuesta, de su incapacidad para usar su propio entendimiento sin la guía o dirección de otros”. (Para distinguir las dos perspectivas de la iluminación, la precisión del idioma alemán utiliza términos diferentes).
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Las opiniones incorrectas no necesariamente resultan de la falta de inteligencia o conocimientos, sino de la inmadurez autoimpuesta que describe Kant. Tal inmadurez explica por qué muchas personas, por lo demás instruidas y sagaces en sus disciplinas profesionales, aceptan creencias irracionales e innecesarias. Muchas mentes brillantes han sostenido opiniones incorrectas. El psiquiatra suizo Carl Jung creía en la astrología; el antropólogo y naturalista inglés Alfred Russell Wallace pasó los últimos años de su vida intentando comunicarse con los espíritus de los muertos; el físico y matemático inglés Isaac Newton pensaba que los planetas necesitaban de vez en cuando empujones de los ángeles para seguir su rotación, sin sucumbir a la atracción de la gravedad del sol; el astrónomo alemán Johannes Kepler se ganaba la vida haciendo horóscopos.
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Según Arthur Schopenhauer, nada bloquea tanto el acceso a la verdad como los prejuicios y las opiniones preconcebidas que resultan de las creencias que hemos adoptado voluntaria o involuntariamente de terceros —las suposiciones incorrectas, los enunciados no evidentes, no verificables, no demostrables—. La emancipación mental de estas creencias demanda un coraje superior y una capacidad intensa de observación desprevenida de la realidad.
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El Buda se adelanta a Kant en más de dos milenios cuando establece que debemos liberarnos de todas las especulaciones sobre los dominios metafísicos pues son opiniones o suposiciones inútiles e incorrectas que en nada contribuyen a la eliminación de la desarmonía y el sufrimiento emocional. Ambos pensadores llegan hasta sus correspondientes concepciones de la iluminación: El Buda lo hace a través de la meditación y el silencio de la mente; Kant, mediante el análisis y la razón. Y también ambos sabios coinciden en la necesidad de una decisión firme por parte del aspirante a la verdad. El Buda exhorta al esfuerzo: “¡Siga el camino noble! Ese le lleva al conocimiento intuitivo y al fin de la obnubilación”. Kant recomienda resolución: “¡Tenga coraje para utilizar su propio entendimiento sin depender de terceros! Ese es lema de la iluminación”.

Gustavo Estrada
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lunes, 27 de octubre de 2008

La vida, la consciencia y el ego *

La vida y la consciencia son magia; magia blanca debo decir. Nunca comprenderemos los encantamientos ni los hechizos que están detrás de tales fenómenos. Pero debemos apreciar el espectáculo sin ninguna preocupación acerca de quién es el mago o de cómo funcionan los trucos. El EGO —el sentido de identidad— es la ilusión suprema; tal ilusión es tan real que nos obnubila y nos distorsiona lo que quiera que exista allá afuera. De acuerdo con los sabios, cuando el EGO se disuelve, los nubarrones se esfuman y percibimos el mundo de una manera diferente. Esta nueva manera de ver es el conocimiento intuitivo —el conocimiento directo, la tercera manera de conocer que describía Spinoza—. Hipotéticamente la nueva realidad así descubierta es la REALIDAD VERDADERA. Llamémosla Cielo, Dios. Consciencia Pura, lo Eterno… pero nosotros no podemos verla con los ojos de la razón corriente.

Gustavo Estrada
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martes, 30 de septiembre de 2008

El Tamaño del Ego *

El tamaño de mi ego (y del ego de cualquier persona) es, además de variable, extremadamente difuso. El ego no es una entidad con límites, bordes o marcos de referencia; tampoco tiene peso, masa o volumen, ni hay metros, básculas o probetas graduadas que puedan dimensionarlo. La parte visible, audible y perceptible de mi ego está conformada por su expresión, por las actuaciones que él programa para que yo ejecute, esto es, por mi comportamiento físico y emocional. La parte invisible, silenciosa e imponderable, la que yo llevo y siento en mi interior, la constituyen todas las codificaciones cerebrales de lo que me identifica, caracteriza y diferencia, de lo que es mío (versus lo que es ajeno), de lo que yo soy (versus lo que son los demás). De esta identificación y de esta delimitación —del miedo a no ser y del miedo a perder lo que es mío— provienen los apegos y los fastidios, las ansias y los rechazos, las compulsiones y las aversiones, las adicciones y las fobias, las pasiones y los odios; en menos palabras, desde allí se origina el sufrimiento emocional que la psicología budista reconoce como una característica de la naturaleza humana.
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No es posible medir el ego de nadie. De hecho, no se puede dimensionar ningún fenómeno mental, sea un sueño, un pensamiento o una emoción. Se puede hablar de un sueño más vívido que otro, un pensamiento más claro que otro, una emoción más fuerte que otra. En los tres casos, las primeras situaciones utilizan más neuronas que las segundas. Y esto es todo lo que se puede decir del tamaño de los eventos mentales. No hay duda, eso lo sabemos, que hay egos más grandes que otros; todos conocemos a alguien cuyo ego no cabe en su despacho y frecuentemente requiere de un vehículo grande para transportarlo.
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Existen numerosas pruebas que buscan cuantificar o, al menos, calificar las tendencias innatas y los comportamientos demostrados. Tales mediciones, sin embargo, apenas cubren características específicas del individuo, tales como religiosidad, disciplina, generosidad, introversión o gula, y siempre lo hacen en cifras porcentuales con respecto a la muestra total (nunca en valores absolutos). Pero ni siquiera con porcentajes se puede estimar la dimensión del ego; no obstante, un atributo que va de cero en un recién nacido hasta un cierto nivel en un adulto ha de tener una magnitud.
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A pesar de la imposibilidad de medirlo, el tamaño del ego no es constante. Justamente su elasticidad —la capacidad que tiene el «propietario» del ego de disminuirlo y de llevarlo a una expresión mínima— es la que abre la puerta a la posibilidad de disminuir el sufrimiento. De aquí proviene la creciente importancia que está adquiriendo la psicología budista en el tratamiento de desórdenes como los comportamientos compulsivos, las fobias, la depresión y la dificultad de concentración. El dolor físico es muchas veces inevitable; el sufrimiento emocional, en cambio, siempre es opcional. La existencia del sufrimiento es un hecho que todos presenciamos o vivimos; la perspectiva de eliminarlo es lo que lo convierte en opcional. Esto, incluyendo la forma de cómo hacerlo, es lo que enseñó el Buda.

Gustavo Estrada
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jueves, 11 de septiembre de 2008

Sobre la inteligencia *

Durante el último medio milenio la historia de la anatomía documenta la curiosa costumbre de utilizar la tecnología más avanzada de cada época como el modelo definitivo del funcionamiento del cerebro humano. El primer símil fue con el reloj en el siglo XVI; posteriormente con la máquina de vapor, en el siglo XIX; luego con los conmutadores telefónicos, en la primera mitad del siglo XX y, en las décadas recientes —por supuesto— con los computadores electrónicos. Todas estas comparaciones han resultado inadecuadas, así sonaran razonables en su tiempo, y todas se han quedado cortas —cortísimas— al cotejar equipos de fabricación humana con el prodigio extraordinario del órgano que las diseñó.
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Jeff Hawkins, arquitecto de numerosas tecnologías y exitoso empresario de California, resolvió hace veinte años darle vuelta completa a la metáfora y recorrerla en contravía. En vez de partir de equipos ya inventados para crear asociaciones, Hawkins decidió entender primero las operaciones del cerebro —más específicamente de la corteza cerebral— y arrancar desde allí hacia el diseño de una nueva tecnología. Con semejante reto en mente y después de estudiar por su propia cuenta numerosos textos de neurología y de trabajar con muchos científicos, el ambicioso empresario inicia un proyecto monumental —sino quimérico— para diseñar y construir equipos electrónicos que operen de manera similar al cerebro humano. Numenta, una empresa fundada por Hawkins en 2005, tiene como misión la puesta en marcha de tal iniciativa. Su libro Sobre la inteligencia (On Intelligence, en inglés), escrito con la periodista científica Sandra Blakeslee, describe el razonamiento que está detrás de su aventura, los factores que respaldan la idea, los obstáculos que la hacen extremadamente compleja y las evoluciones científicas que contribuirán a su materialización.
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Exceptuando un capítulo complejo y difícil de leer, dedicado al modelo detallado del funcionamiento de la corteza cerebral, la delgada capa de treinta mil millones neuronas que rodea el cerebro, Sobre la inteligencia es un libro entretenido y didáctico. La descripción de los cuatro atributos de la corteza cerebral que la hacen radicalmente diferente de los computadores electrónicos es fascinante. El primer atributo es el almacenamiento de secuencias de patrones (y no de datos aislados interrelacionados por bases de datos) que permite el registro y recordación de relatos o series. El segundo es la capacidad de retomar un relato o una secuencia completos con solo una fracción de cualquier parte del mismo, sea del inicio, de un punto intermedio o del final, sin necesidad de tener acceso al patrón completo. El tercero es la conservación de la esencia de un patrón aunque el resto de la información sea variable (por ello reconocemos objetos incompletos o identificamos personas que no hemos visto en años a pesar de los cambios de edad, contextura o maquillaje). El cuarto, el capítulo complicado del libro, es el almacenamiento de los patrones en una estructura jerárquica.
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Estos atributos le proveen a la corteza cerebral una capacidad intelectual diferente a aquellas propuestas en interpretaciones anteriores. Según Hawkins la corteza es un órgano de predicción; predecir es la función principal del cerebro humano y esta capacidad es el cimiento mismo de la inteligencia. Las neuronas involucradas en cualquier actividad (o neuronas asociadas a ellas que pueden no haber sido descubiertas aún) se activan con anterioridad a la llegada de las correspondientes señales sensoriales, sean éstas luminosas, auditivas o táctiles, anticipando los eventos a ocurrir con base en todos los patrones que tiene la corteza en su memoria. Por ejemplo, cuando alguien entra a un restaurante donde nunca ha estado, puede “predecir” con un buen grado de certeza en qué dirección se encuentra el baño. Si al completarse el evento el resultado coincide con las expectativas (ello ocurre la gran mayoría de las veces), el dueño del cerebro ni siquiera se da cuenta de que en el proceso ocurrió una verificación. Si, por el contrario, las expectativas no coinciden con la realidad, ocurre una sorpresa, una corrección y un aprendizaje que eventualmente genera nuevos patrones.
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En la perspectiva de Hawkins, el cerebro humano es un órgano que construye modelos basándose en patrones y analogías y con ellos genera creativas predicciones. Cuando no encuentra correlaciones, se las inventa, a como dé lugar, siendo muchas de ellas descabelladas. De estas invenciones resultan la pseudociencia, los prejuicios, la intolerancia y las religiones.
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El concepto de predicción que Hawkins desarrolla en 1986 —recordemos que él no es un neurólogo de profesión— es más tarde confirmado en estudios científicos independientes. Dice Rodolfo Llinás de la Universidad de Nueva York en 2001: “La capacidad de predecir el resultado de eventos futuros es ultimadamente la más común de todas las funciones globales del cerebro”.
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Creo que el desarrollo de máquinas realmente pensantes es un proyecto irrealizable pero que con seguridad llevará a muchos nuevos descubrimientos. El brillante emprendedor reconoce que sus aspiraciones no llegan hasta el modelaje la consciencia ni a la producción de máquinas que digan “yo”; sus intereses principales apuntan al desarrollo de computadores con visión, al diseño de robots pensantes y a la construcción de máquinas con capacidad de aprender. La invitación a la ambición de las nuevas generaciones para que se unan de alguna forma a la gran idea se sale del contexto del tema central; el utilitarismo no debería ser la fuerza motriz de los desarrollos científicos. Pero, sin lugar a dudas, desde mi punto de vista de aficionado a las ciencias cognitivas, las solas explicaciones del funcionamiento la corteza cerebral (supongo que más de un neurocientífico puede estar en desacuerdo con ellas) y el concepto de predicción como fundamento de la inteligencia ameritan con creces la lectura de este excelente libro.

Gustavo Estrada
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