En aquel entonces «el mundo era tan reciente que muchas cosas todavía carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Así, con esta imaginativa metáfora, califica Gabriel García Márquez la lejanía inmemorial del comienzo de sus Cien años de soledad. De manera similar, el dedo erudito moderno señala que el Buda —el Maestro, el Sabio de Sakya— fue agnóstico y fue pragmático muchas centurias antes de que los tales vocablos se filtraran en los idiomas en el siglo XIX, tras ser acuñados respectivamente por el biólogo inglés Thomas H. Huxley y el filósofo norteamericano Charles S. Peirce.
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Bastan dos párrafos, que aparecen en varios discursos del Maestro, para corroborar esta aseveración. El primero, el objetivo resumido de sus Enseñanzas, lo repite el Buda centenares de veces cada vez que se refiere a sus cuatro verdades nobles: «Sólo explico la realidad del sufrimiento, el origen del sufrimiento, la cesación del sufrimiento y el camino para llegar a la cesación del sufrimiento». El segundo forma parte de las respuestas que ofrece el Buda a un discípulo suyo cuando este le exige claridad sobre ciertas cuestiones etéreas como la eternidad o temporalidad del cosmos, la inmanencia o diferenciación entre cuerpo y alma, y la existencia o desaparición del Buda después de su muerte. Dice con respecto a ello el Sabio de Sakya: «En la discusión de hipótesis sobre asuntos sobrenaturales —sean estos la eternidad o infinitud del universo, la existencia o inexistencia del alma, la inmortalidad de esta o su desaparición, el renacimiento o la reencarnación— cualquier afirmación o negación en uno u otro sentido es solo un manojo de opiniones, un desierto de opiniones, una manipulación de opiniones que en nada conducen a la cesación del sufrimiento». En fin de cuentas, para el Maestro lo único que cuenta es la eliminación del sufrimiento y la especulación sobre cualquier cosa que no conduzca a ello es una pérdida de tiempo.
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Hablemos un poco de los dos términos que nos interesan. Agnóstico es aquel que reconoce la incapacidad humana para llegar a conclusiones definitivas sobre ciertas preguntas, particularmente aquellas de orden metafísico o teológico, cuya complejidad excede la capacidad de la razón humana. En vez de ingeniarse argumentos para apoyar un punto de vista en una u otra dirección, el agnóstico no niega ni confirma, no rechaza ni asevera, no gasta cerebro en lo que es lógicamente imposible de refutar o comprobar. El agnóstico se limita a decir: «Yo no sé».
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Un siglo después de Huxley y de ahí en adelante hasta el presente, docenas de científicos generosamente apoyados por la investigación moderna, comienzan a compartir la «cautelosa ignorancia» del biólogo inglés. Para neurólogos y antropólogos, la evolución del cerebro humano hasta llegar al prodigio actual del homo sapiens ha sido exclusivamente para la supervivencia de su dueño y no, de ninguna manera, para el entendimiento de las leyes del cosmos. Para los físicos como Steven Weinberg, Premio Nobel en 1979, la realidad de la materia y la energía resulta demasiado misteriosa hasta para los científicos más avezados. El ensamblaje del universo no ocurrió con la intención de que fuera comprendido por la mente humana y las ciencias, casi siempre materialistas, también terminan chocando eventualmente contra un muro que las obliga a ser agnósticas. La razón es simple: Existe una inmensa disparidad entre el problema y la herramienta; no se puede pintar un círculo rojo —la interpretación del cosmos— con un marcador azul —el cerebro humano—. El Buda, según el ex monje budista escocés Stephen Batchelor, es ciertamente agnóstico; el Sabio de Sakya, frente a todos los temas complejos, guarda silencio o se abstiene de formular hipótesis. (Por supuesto que el Buda no habla de física y este párrafo no implica que deba suspenderse la investigación).
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Refirámonos ahora al pragmatismo. El pragmatismo es la aproximación práctica a los problemas y los asuntos de la vida diaria; la verdad es aquello que funciona y que, por lo tanto, ha de tener consecuencias útiles. La teoría y la práctica no deben pertenecer a esferas diferentes. (Pragmático proviene del griego pragmatikos que significa «versado en asuntos de negocios»). Las Enseñanzas del Buda son pragmáticas, dice el erudito budista anglo-alemán Edward Conze, porque evitan las especulaciones y apuntan exclusivamente hacia los hábitos y las prácticas que conducen a la eliminación del sufrimiento. Las cuatro verdades nobles son las únicas verdades «absolutas»; de su comprensión y vivencia resultan el fin del sufrimiento y el despertar interior.
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¿Tiene algún propósito esta dicotomía? El Buda agnóstico resulta interesante para los racionales que desconfían de los creyentes y siempre se guían por los silogismos y la lógica. Pero es el Buda pragmático el que debe atraer a todos aquellos que solo buscan la eliminación del sufrimiento y prefieren una aproximación que deje de lado conceptos abstractos y proscriba creencias inútiles.
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Tengo la convicción de que las Enseñanzas del Maestro son más pragmáticas que agnósticas —en verdad el Buda no dice «no sé»—, aunque ambos adjetivos son calificativos adecuados para ellas. Pero también estoy seguro de que el Buda se reiría de cualquier intento que, como este, buscara catalogar su propuesta dentro de cualquier diccionario de filosofía. «Por favor, señores», —me imagino que diría— « esa discusión en nada contribuye a la eliminación del sufrimiento».
martes, 29 de julio de 2008
jueves, 10 de julio de 2008
¿Es natural la meditación?
Que un rasgo o una función sea natural significa que está determinado por la naturaleza, esto es, que se produce o presenta como resultado de las solas leyes o fuerzas de la misma y que es resultado de la evolución por selección natural. Para el ser humano son naturales, entre millares de características, la respiración, la alimentación, el lenguaje y el sexo. ¿Es natural la meditación? ¿Le proveyó a algún antepasado nuestro alguna ventaja de supervivencia el hecho de haberse sentado con los ojos cerrados para ponerse a meditar? O, de otra manera, ¿existe alguna mutación genética que indujo a algún homínido a meditar y, al hacerlo, favoreció su conservación como especie? La respuesta es negativa.
Comencemos por definir meditación. Para el Buda, quien sí sugiere que es una expresión de la naturaleza, la meditación es la aplicación del pensamiento para cultivar la serenidad y la sabiduría. Para el doctor Herbert Benson (1935- ), profesor médico de la Universidad de Harvard, la meditación es un ejercicio para apaciguar la mente que requiere de cuatro componentes: (1) un ambiente apacible, (2) una actitud pasiva, (3) una posición cómoda y (4) unos dispositivos mentales en los cuales se sostiene o se rota la atención por un período largo de tiempo (digamos de treinta a sesenta minutos). Los dispositivos mentales más utilizados en la meditación budista son la respiración, las sensaciones físicas de todo tipo y las partes del cuerpo.
No obstante, a pesar de la ausencia de componentes genéticos directos, la actividad mental involucrada en la meditación tiene similitud con la focalización que los ambientes salvajes le imponían a nuestros antepasados lejanos. Ellos eran vegetarianos y fueron presas de otras especies mucho antes de volverse carnívoros y convertirse ellos mismos en depredadores. Solo aquellos individuos que estaban atentos todo el tiempo, tanto a los movimientos de su cuerpo como a las señales de sus sentidos, lograron anticipar los constantes peligros que les acechaban. Fueron estos vigilantes permanentes quienes sobrevivieron lo suficiente para dejar descendencia.
Es fácil especular que en el camino de la selección natural se haya desarrollado una predisposición genética hacia la aplicación “vigilante” de la atención. En tal caso, nuestro cerebro sí tendría una inclinación natural para centrar la atención y existen razones adicionales para pensar que así sea, pues hay placer y satisfacción en el ejercicio de tal predisposición (posible herencia de la complacencia rutinaria de no ser cazado y engullido). Los vestigios de esta capacidad los utilizan en el mundo moderno los practicantes de las numerosas disciplinas de alto riesgo que demandan concentración absoluta en la tarea que se está ejecutando. Abundan los ejemplos: los deportes de alta velocidad, el equilibrismo y la acrobacia a grandes alturas, la tauromaquia, el montañismo en cumbres empinadas y el surfing sobre olas gigantescas. Una desviación mínima de la atención cuando se ejecutan estas faenas es causa cierta de azarosos accidentes; los peligros son enormes, permanentes e inesperados. No obstante, sus practicantes expresan un placer inverosímil en estas experiencias hasta el punto de convertirse en verdaderos adictos a las mismas.
Por otro lado, no hay comparaciones inmediatas que puedan hacerse entre las actividades comunes del hombre antiguo y los largos silencios e inacciones implicados en la meditación. En su quietud mental, el estar dormido (cuando no hay sueños o pesadillas) es la experiencia más cercana al ensimismamiento de la meditación; la frecuencia de las ondas eléctricas cerebrales desciende en ambos casos, pero es mucho más baja durante el sueño que durante la meditación. El grado de consciencia —total en el meditador, casi nulo en el dormilón— hace completamente diferentes las dos experiencias. En cualquier caso, es obvio que los milenios que antecedieron al descubrimiento del fuego y al invento del lenguaje debieron acostumbrar a nuestros prehistóricos antepasados, con un cerebro elemental que apenas pensaba, a permanecer despiertos, a oscuras, muy quietos y muy callados corporal y mentalmente, por millones de largas noches. La razón única de esta última especulación es convencernos de que el sosiego y el silencio de la contemplación meditativa no le son genéticamente extraños al hombre moderno.
Con estas consideraciones en mente, no puede decirse que la meditación —la sugerida por el Buda, la del yoga o cualquiera de sus versiones más recientes— está registrada en nuestra naturaleza. Pero tampoco es apropiado calificar como artificiosas o antinaturales a los ejercicios de la introversión mental, por más rara y exótica que mucha gente considere su práctica.
La meditación no es ni más ni menos natural que la gimnasia o el deporte. Nuestros lejanos ancestros corrían mucho y pensaban poco, caminaban a todas partes y carecían de poltronas, conseguían con gran esfuerzo físico su sustento y no tenían «sitio fijo de trabajo». El hombre moderno aquietó su cuerpo y agitó su mente. Para compensar la inactividad de lo primero, el Homo sapiens inventa el ejercicio con sus múltiples opciones; para aplacar la inquietud de lo segundo, desarrolla la meditación con sus numerosas variedades.
Comencemos por definir meditación. Para el Buda, quien sí sugiere que es una expresión de la naturaleza, la meditación es la aplicación del pensamiento para cultivar la serenidad y la sabiduría. Para el doctor Herbert Benson (1935- ), profesor médico de la Universidad de Harvard, la meditación es un ejercicio para apaciguar la mente que requiere de cuatro componentes: (1) un ambiente apacible, (2) una actitud pasiva, (3) una posición cómoda y (4) unos dispositivos mentales en los cuales se sostiene o se rota la atención por un período largo de tiempo (digamos de treinta a sesenta minutos). Los dispositivos mentales más utilizados en la meditación budista son la respiración, las sensaciones físicas de todo tipo y las partes del cuerpo.
No obstante, a pesar de la ausencia de componentes genéticos directos, la actividad mental involucrada en la meditación tiene similitud con la focalización que los ambientes salvajes le imponían a nuestros antepasados lejanos. Ellos eran vegetarianos y fueron presas de otras especies mucho antes de volverse carnívoros y convertirse ellos mismos en depredadores. Solo aquellos individuos que estaban atentos todo el tiempo, tanto a los movimientos de su cuerpo como a las señales de sus sentidos, lograron anticipar los constantes peligros que les acechaban. Fueron estos vigilantes permanentes quienes sobrevivieron lo suficiente para dejar descendencia.
Es fácil especular que en el camino de la selección natural se haya desarrollado una predisposición genética hacia la aplicación “vigilante” de la atención. En tal caso, nuestro cerebro sí tendría una inclinación natural para centrar la atención y existen razones adicionales para pensar que así sea, pues hay placer y satisfacción en el ejercicio de tal predisposición (posible herencia de la complacencia rutinaria de no ser cazado y engullido). Los vestigios de esta capacidad los utilizan en el mundo moderno los practicantes de las numerosas disciplinas de alto riesgo que demandan concentración absoluta en la tarea que se está ejecutando. Abundan los ejemplos: los deportes de alta velocidad, el equilibrismo y la acrobacia a grandes alturas, la tauromaquia, el montañismo en cumbres empinadas y el surfing sobre olas gigantescas. Una desviación mínima de la atención cuando se ejecutan estas faenas es causa cierta de azarosos accidentes; los peligros son enormes, permanentes e inesperados. No obstante, sus practicantes expresan un placer inverosímil en estas experiencias hasta el punto de convertirse en verdaderos adictos a las mismas.
Por otro lado, no hay comparaciones inmediatas que puedan hacerse entre las actividades comunes del hombre antiguo y los largos silencios e inacciones implicados en la meditación. En su quietud mental, el estar dormido (cuando no hay sueños o pesadillas) es la experiencia más cercana al ensimismamiento de la meditación; la frecuencia de las ondas eléctricas cerebrales desciende en ambos casos, pero es mucho más baja durante el sueño que durante la meditación. El grado de consciencia —total en el meditador, casi nulo en el dormilón— hace completamente diferentes las dos experiencias. En cualquier caso, es obvio que los milenios que antecedieron al descubrimiento del fuego y al invento del lenguaje debieron acostumbrar a nuestros prehistóricos antepasados, con un cerebro elemental que apenas pensaba, a permanecer despiertos, a oscuras, muy quietos y muy callados corporal y mentalmente, por millones de largas noches. La razón única de esta última especulación es convencernos de que el sosiego y el silencio de la contemplación meditativa no le son genéticamente extraños al hombre moderno.
Con estas consideraciones en mente, no puede decirse que la meditación —la sugerida por el Buda, la del yoga o cualquiera de sus versiones más recientes— está registrada en nuestra naturaleza. Pero tampoco es apropiado calificar como artificiosas o antinaturales a los ejercicios de la introversión mental, por más rara y exótica que mucha gente considere su práctica.
La meditación no es ni más ni menos natural que la gimnasia o el deporte. Nuestros lejanos ancestros corrían mucho y pensaban poco, caminaban a todas partes y carecían de poltronas, conseguían con gran esfuerzo físico su sustento y no tenían «sitio fijo de trabajo». El hombre moderno aquietó su cuerpo y agitó su mente. Para compensar la inactividad de lo primero, el Homo sapiens inventa el ejercicio con sus múltiples opciones; para aplacar la inquietud de lo segundo, desarrolla la meditación con sus numerosas variedades.
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martes, 10 de junio de 2008
Budismo y genética
La noción de renacimiento, el flujo permanente entre muertes y nacimientos de una corriente continua de consciencia, es fundamental en el budismo. Matthieu Revel, ex biólogo y monje budista activo, dice que “este continuo es como el fuego de un leño que pasa a otro leño, que a su vez enciende un tercero, y así sucesivamente; la llama del último leño no es la misma del comienzo, pero tampoco es una diferente”.
Soy practicante de las Enseñanzas del Buda, no religioso, no afiliado y no suficientemente disciplinado, y tengo serias dificultades en entender, no obstante lecturas, reflexiones y meditaciones, el concepto de renacimiento. Y, como me apoyo en el Buda para desechar hipótesis metafísicas, tampoco lo puedo creer como acto de fe. En las brillantes teorías del biólogo evolutivo Richard Dawkins he encontrado una metáfora que de cierta forma compagina ciencia con budismo y genética con renacimiento y que quiero resumir a continuación. Veamos.
Diez mil millones de años después del comienzo del universo, tras una fortuita combinación de colisiones, emulsiones y reacciones químicas, se forma en la Tierra una extraña molécula que es capaz de captar los materiales a su alrededor, manipularlos de alguna forma y generar con ellos copias de sí misma. “Replicadores” es el nombre que Dawkins le asigna a estas moléculas. El proceso autocopiador de los replicadores no es perfecto; durante él ocurren errores que producen cadenas moleculares diferentes, estas también con capacidad de reproducirse. Aparecen entonces nuevas y numerosas variedades de replicadores, que empiezan a competir por la materia prima inerte requerida para la manufactura de sus congéneres o a utilizarse unos a otros, los más fuertes a costa de los más débiles, como materia prima orgánica.
La proporción de los replicadores más efectivos aumenta; los replicadores menos eficientes desaparecen. En la complejidad creciente de las duplicaciones, surgen unos compuestos con paredes protectoras de proteínas que favorecen su estabilidad para originar así las primeras células. Cito ahora textualmente a Dawkins: “Los replicadores comenzaron no meramente a existir, sino a construir contenedores para ellos mismos, especies de vehículos para su propia existencia. En tiempos difíciles, los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas… Nosotros somos máquinas de supervivencia, pero ‘nosotros’ no somos solo los humanos; el pronombre abarca animales, plantas, bacterias y virus”.
Para llegar hasta la complejidad actual del ADN, la evolución de los replicadores tarda millones de años; la variación es primero molecular, después unicelular, luego multicelular y, por último, orgánica. En el proceso resultan formas muy diversas de copiado y reproducción y, tras otros tantos millones de años, la evolución llega hasta el hombre, la más compleja de las máquinas de supervivencia.
La unidad funcional y estructural de todos los seres vivos es la célula, el bloque de construcción de la vida, y el núcleo de la célula es el custodio de los secretos de la genética. Allí, en los genes del ADN (23.000 en el caso del ser humano), se encuentran las instrucciones precisas para el desarrollo y la funcionalidad vital del organismo al que pertenece la célula. El diseño codificado en cada gen es eterno. Dice Dawkins que “los genes saltan de cuerpo a cuerpo, a través de generaciones, dejando atrás una sucesión de organismos perecederos antes de que se hundan en senilidad y muerte. LOS GENES SON INMORTALES o, más bien, están definidos como entidades merecedoras de tal título”. Algunas de nuestras instrucciones genéticas bien pueden tener la antigüedad misma de la vida, unos 3500 millones de años.
Pregunto ahora: ¿No están pues los genes muy cerca de “la corriente de consciencia que renace”, con la que Matthieu Revel explica la propagación de la vida? ¿Y en el instante mismo de la concepción de nuestro ser, no están utilizando los genes a la recién construida máquina de supervivencia para “renacer” en ella y buscar la eternidad a través del nuevo cuerpo temporal?
Soy practicante de las Enseñanzas del Buda, no religioso, no afiliado y no suficientemente disciplinado, y tengo serias dificultades en entender, no obstante lecturas, reflexiones y meditaciones, el concepto de renacimiento. Y, como me apoyo en el Buda para desechar hipótesis metafísicas, tampoco lo puedo creer como acto de fe. En las brillantes teorías del biólogo evolutivo Richard Dawkins he encontrado una metáfora que de cierta forma compagina ciencia con budismo y genética con renacimiento y que quiero resumir a continuación. Veamos.
Diez mil millones de años después del comienzo del universo, tras una fortuita combinación de colisiones, emulsiones y reacciones químicas, se forma en la Tierra una extraña molécula que es capaz de captar los materiales a su alrededor, manipularlos de alguna forma y generar con ellos copias de sí misma. “Replicadores” es el nombre que Dawkins le asigna a estas moléculas. El proceso autocopiador de los replicadores no es perfecto; durante él ocurren errores que producen cadenas moleculares diferentes, estas también con capacidad de reproducirse. Aparecen entonces nuevas y numerosas variedades de replicadores, que empiezan a competir por la materia prima inerte requerida para la manufactura de sus congéneres o a utilizarse unos a otros, los más fuertes a costa de los más débiles, como materia prima orgánica.
La proporción de los replicadores más efectivos aumenta; los replicadores menos eficientes desaparecen. En la complejidad creciente de las duplicaciones, surgen unos compuestos con paredes protectoras de proteínas que favorecen su estabilidad para originar así las primeras células. Cito ahora textualmente a Dawkins: “Los replicadores comenzaron no meramente a existir, sino a construir contenedores para ellos mismos, especies de vehículos para su propia existencia. En tiempos difíciles, los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas… Nosotros somos máquinas de supervivencia, pero ‘nosotros’ no somos solo los humanos; el pronombre abarca animales, plantas, bacterias y virus”.
Para llegar hasta la complejidad actual del ADN, la evolución de los replicadores tarda millones de años; la variación es primero molecular, después unicelular, luego multicelular y, por último, orgánica. En el proceso resultan formas muy diversas de copiado y reproducción y, tras otros tantos millones de años, la evolución llega hasta el hombre, la más compleja de las máquinas de supervivencia.
La unidad funcional y estructural de todos los seres vivos es la célula, el bloque de construcción de la vida, y el núcleo de la célula es el custodio de los secretos de la genética. Allí, en los genes del ADN (23.000 en el caso del ser humano), se encuentran las instrucciones precisas para el desarrollo y la funcionalidad vital del organismo al que pertenece la célula. El diseño codificado en cada gen es eterno. Dice Dawkins que “los genes saltan de cuerpo a cuerpo, a través de generaciones, dejando atrás una sucesión de organismos perecederos antes de que se hundan en senilidad y muerte. LOS GENES SON INMORTALES o, más bien, están definidos como entidades merecedoras de tal título”. Algunas de nuestras instrucciones genéticas bien pueden tener la antigüedad misma de la vida, unos 3500 millones de años.
Pregunto ahora: ¿No están pues los genes muy cerca de “la corriente de consciencia que renace”, con la que Matthieu Revel explica la propagación de la vida? ¿Y en el instante mismo de la concepción de nuestro ser, no están utilizando los genes a la recién construida máquina de supervivencia para “renacer” en ella y buscar la eternidad a través del nuevo cuerpo temporal?
lunes, 14 de abril de 2008
¿Tiene usted necesidad de Dios?
Exceptuando una carta que recibí desde Estocolmo algún tiempo después, nunca supe más de Peter, después de nuestro breve encuentro en Budapest durante la Semana Santa de 1974. Peter era un brillante y educado joven socialista; su vasta cultura y su sosegada ponderación creaban un exquisito ambiente intelectual para cualquier charla que se sostuviera con él. En la semana más importante de los cristianos, la conversación con tan especial personaje inevitablemente tenía que pasar en algún momento por los vericuetos de la religiosidad, los dogmas y los mandamientos.
— ¿Crees en Dios? —le interrogué cuando llegó la oportunidad.
—Tu curiosidad está mal planteada —me respondió. —La pregunta correcta que se debe hacer a cualquier persona es si tiene necesidad de Dios.
— ¿Tienes necesidad de Dios? —insistí entonces adaptándome a su formato.
—No, Gustavo —exclamó con una ecuanimidad que raras veces he presenciado, aún entre los más piadosos creyentes.
Le doy ahora vuelta a la moneda. La historia que sigue también ocurrió durante el apogeo del imperio soviético, esta vez dentro de su esfera directa de control y mando. Carlos, un periodista colombiano en viaje de invierno por la Europa socialista de 1978, tuvo oportunidad de pasar la noche de Navidad en Vilnius, la capital de Lituania, la pequeña república —ahora ex socialista y ex soviética— sobre el Mar Báltico. Carlos llegó a Vilnius justamente la tarde del 24 de diciembre y para aquella noche recibió especial invitación de la administradora del hotel para asistir a la tradicional misa de gallo. Ella supuso las creencias del huésped por su proveniencia de un país tradicionalmente católico. Le sorprendió a mi amigo que, de acuerdo con la anfitriona, se necesitara reservación especial para el evento y fuera además imprescindible salir con mucha anticipación (la catedral quedaba muy cerca del hotel).
Muy pronto Carlos comprendió la razón de ambas precauciones. Con una temperatura de hielo y con nieve por encima de los zapatos, todas las calles que conducían a la iglesia, en un radio de varias cuadras a la redonda, plaza principal incluida, estaban totalmente colmadas con fervorosos creyentes desde tempranas horas de la noche. La anticipación, exagerada para Carlos, fue apenas suficiente para cubrir a pie el corto recorrido. Más de tres décadas de régimen comunista y el rigor breshneviano de aquellos días no habían hecho mella alguna en la profunda devoción religiosa de los lituanos.
Aunque las muestras de las dos anécdotas anteriores difícilmente pueden ser más desiguales —un ateo húngaro y varios millares de devotos lituanos—, sí contienen el mensaje que quiero comunicar: posiblemente existe una predisposición genética hacia la religiosidad pero, justamente como predisposición que es, la religiosidad es discrecional en el ser humano —imprescindible en muchos, opcional en otros cuantos, innecesaria en Peter—. Si la religiosidad fuera una característica genética, firmemente codificada como lo son el lenguaje o la capacidad de razonar, todas las personas corrientes serían invariablemente devotas y creyentes. Sin embargo, no existen genes para mandamientos, paraísos, dioses o ceremonias sagradas.
A diferencia de la religiosidad que, como inclinación a la espiritualidad, es individual, la religión —la estructuración de la religiosidad de grupos de personas alrededor de unos cuantos dogmas— es una evolución cultural. Así como los atributos físicos se transmiten mediante los genes, las características culturales se traspasan a través de los memes, los equivalentes sociales de los genes. Al igual que los genes, aunque no de la misma manera, los memes luchan por su supervivencia. Los memes toman ventaja de predisposiciones e inclinaciones humanas y su influencia en lo social es tan poderosa como la de los genes en lo individual. Esto es particularmente cierto en la propagación y mantenimiento de los memes de la religión. De acuerdo con el filósofo norteamericano Daniel C. Dennet, «las religiones son fenómenos culturales de supervivencia extremadamente bien diseñados».
Las religiones, en consecuencia, no están en camino hacia la extinción; muchos intelectuales lo creen así como resultado de la creciente comprensión de la naturaleza de la materia, de la vida y, en general, del universo. La situación es diferente, sin embargo. La participación religiosa en la gran mayoría de países sigue siendo muy elevada, siendo Europa occidental la gran excepción. Ni las acciones gubernamentales, sean escarnio, prohibición o persecución, ni la tecnología en ninguna de sus manifestaciones parecen afectar el fervor espiritual. Los largos períodos de «abstinencia espiritual» en sociedades enteras, como los impuestos por los regímenes comunistas durante varias generaciones de supresión, no han apagado las llamas de la fe. En el otro extremo, dentro del concierto de las naciones modernas, Estados Unidos es simultáneamente el país de vanguardia en aplicación de tecnología (y en los consecuentes avances materiales) y el segundo con mayor participación religiosa; sus iglesias, en todas las denominaciones occidentales que allí se practican, son también financieramente las más prósperas del planeta.
Los ya centenarios pronósticos de la desaparición de las religiones por aquellos que las consideran como el adormecimiento de la razón —«la religión es el opio del pueblo», dijo Karl Marx, el padre de la fracasada «religión» comunista— lucen completamente desacertados en los comienzos del tercer milenio. Los “Peters”, que no necesitan de Dios y para quienes no existe un ser supremo que define su existencia, seguirán siendo una minoría.
— ¿Crees en Dios? —le interrogué cuando llegó la oportunidad.
—Tu curiosidad está mal planteada —me respondió. —La pregunta correcta que se debe hacer a cualquier persona es si tiene necesidad de Dios.
— ¿Tienes necesidad de Dios? —insistí entonces adaptándome a su formato.
—No, Gustavo —exclamó con una ecuanimidad que raras veces he presenciado, aún entre los más piadosos creyentes.
Le doy ahora vuelta a la moneda. La historia que sigue también ocurrió durante el apogeo del imperio soviético, esta vez dentro de su esfera directa de control y mando. Carlos, un periodista colombiano en viaje de invierno por la Europa socialista de 1978, tuvo oportunidad de pasar la noche de Navidad en Vilnius, la capital de Lituania, la pequeña república —ahora ex socialista y ex soviética— sobre el Mar Báltico. Carlos llegó a Vilnius justamente la tarde del 24 de diciembre y para aquella noche recibió especial invitación de la administradora del hotel para asistir a la tradicional misa de gallo. Ella supuso las creencias del huésped por su proveniencia de un país tradicionalmente católico. Le sorprendió a mi amigo que, de acuerdo con la anfitriona, se necesitara reservación especial para el evento y fuera además imprescindible salir con mucha anticipación (la catedral quedaba muy cerca del hotel).
Muy pronto Carlos comprendió la razón de ambas precauciones. Con una temperatura de hielo y con nieve por encima de los zapatos, todas las calles que conducían a la iglesia, en un radio de varias cuadras a la redonda, plaza principal incluida, estaban totalmente colmadas con fervorosos creyentes desde tempranas horas de la noche. La anticipación, exagerada para Carlos, fue apenas suficiente para cubrir a pie el corto recorrido. Más de tres décadas de régimen comunista y el rigor breshneviano de aquellos días no habían hecho mella alguna en la profunda devoción religiosa de los lituanos.
Aunque las muestras de las dos anécdotas anteriores difícilmente pueden ser más desiguales —un ateo húngaro y varios millares de devotos lituanos—, sí contienen el mensaje que quiero comunicar: posiblemente existe una predisposición genética hacia la religiosidad pero, justamente como predisposición que es, la religiosidad es discrecional en el ser humano —imprescindible en muchos, opcional en otros cuantos, innecesaria en Peter—. Si la religiosidad fuera una característica genética, firmemente codificada como lo son el lenguaje o la capacidad de razonar, todas las personas corrientes serían invariablemente devotas y creyentes. Sin embargo, no existen genes para mandamientos, paraísos, dioses o ceremonias sagradas.
A diferencia de la religiosidad que, como inclinación a la espiritualidad, es individual, la religión —la estructuración de la religiosidad de grupos de personas alrededor de unos cuantos dogmas— es una evolución cultural. Así como los atributos físicos se transmiten mediante los genes, las características culturales se traspasan a través de los memes, los equivalentes sociales de los genes. Al igual que los genes, aunque no de la misma manera, los memes luchan por su supervivencia. Los memes toman ventaja de predisposiciones e inclinaciones humanas y su influencia en lo social es tan poderosa como la de los genes en lo individual. Esto es particularmente cierto en la propagación y mantenimiento de los memes de la religión. De acuerdo con el filósofo norteamericano Daniel C. Dennet, «las religiones son fenómenos culturales de supervivencia extremadamente bien diseñados».
Las religiones, en consecuencia, no están en camino hacia la extinción; muchos intelectuales lo creen así como resultado de la creciente comprensión de la naturaleza de la materia, de la vida y, en general, del universo. La situación es diferente, sin embargo. La participación religiosa en la gran mayoría de países sigue siendo muy elevada, siendo Europa occidental la gran excepción. Ni las acciones gubernamentales, sean escarnio, prohibición o persecución, ni la tecnología en ninguna de sus manifestaciones parecen afectar el fervor espiritual. Los largos períodos de «abstinencia espiritual» en sociedades enteras, como los impuestos por los regímenes comunistas durante varias generaciones de supresión, no han apagado las llamas de la fe. En el otro extremo, dentro del concierto de las naciones modernas, Estados Unidos es simultáneamente el país de vanguardia en aplicación de tecnología (y en los consecuentes avances materiales) y el segundo con mayor participación religiosa; sus iglesias, en todas las denominaciones occidentales que allí se practican, son también financieramente las más prósperas del planeta.
Los ya centenarios pronósticos de la desaparición de las religiones por aquellos que las consideran como el adormecimiento de la razón —«la religión es el opio del pueblo», dijo Karl Marx, el padre de la fracasada «religión» comunista— lucen completamente desacertados en los comienzos del tercer milenio. Los “Peters”, que no necesitan de Dios y para quienes no existe un ser supremo que define su existencia, seguirán siendo una minoría.
lunes, 7 de abril de 2008
La religiosidad: Una conveniencia genética
El fanatismo ha ocasionado desde siempre perjuicios descomunales a innumerables sociedades y el tercer milenio, desgraciadamente, no está siendo una excepción a este desafortunado acontecimiento. Todas las grandes religiones han promovido o permitido guerras santas que han ocasionado daños atroces en el nombre de Dios. Pero el hecho de que las religiones subsistan, a pesar de los crímenes y las devastaciones por ellas motivados, indica que tienen que haberle provisto ventajas de supervivencia al hombre antiguo, programándose en sus genes de alguna manera, y deben continuar ofreciéndole beneficios de subsistencia al hombre moderno. De no ser así, habrían desaparecido. Indudablemente el fanatismo religioso le ha hecho y le sigue haciendo mucho daño a la humanidad. Pero el impacto histórico de las religiones es mucho más benéfico que dañino; el saldo neto es ciertamente positivo.
Las teorías sobre las evoluciones culturales prehistóricas son muy especulativas y cuestionables pero, trasladándonos al presente, ¿tiene la religión ventajas tangibles para el hombre moderno? Aparentemente sí. Más de doscientos estudios, que cubren millares de personas (noventa mil en el mayor de todos) durante prolongados períodos (veintiocho años en el más largo), establecen que las personas que rezan son más saludables y viven más tiempo. Un subconjunto de los estudios sostiene que la longevidad es mayor en las personas que rutinariamente asisten a los templos y a las sinagogas. Por el tamaño de las muestras, la duración de las evaluaciones y la medición de una variable tan exacta como la edad al momento de fallecer, es difícil descalificar la conclusión central; la religión sí tiene, en verdad, un impacto positivo en la salud.
¿Cuál religión es la que apoya la salud? Casi todos las investigaciones documentadas se han llevado a cabo en Estados Unidos y cubren grupos cristianos; el hecho, sin embargo, de que al menos una de las evaluaciones corresponde a una fe diferente (tres mil novecientos judíos en Israel durante dieciséis años) indica que los resultados son independientes de las creencias y que es la práctica religiosa, indistintamente de la denominación, la que conlleva beneficios en la salud.
De los tres componentes de una religión —rituales, normas de conducta, creencias— ¿cuál es el que favorece la salud? Los tres en conjunto y cada uno por su cuenta lo hacen, así como todo lo que gira alrededor de ellos. La participación frecuente en los servicios de culto, el componente ritual, es la expresión visible y externa de la religiosidad. Su beneficio inmediato para los feligreses es una satisfacción de la necesidad de pertenencia del ser humano (familia, amigos, identificación con un grupo…), exigencia ésta que, en la reconocida jerarquía del psicólogo humanista norteamericano Abraham Maslow (1908-1970), solo es superada por las necesidades fisiológicas (aire, sueño, agua…) y las necesidades de seguridad (techo, trabajo, estabilidad…). Pertenecer a algo —a una secta, a un club, a un círculo— es imperativo para el ser humano; la religión satisface convenientemente esa urgencia.
El componente normativo promueve, de manera diferente en cada secta, conductas que favorecen el bienestar individual e impulsan el bienestar del grupo. Las personas religiosas son comúnmente moderadas en su alimentación, no consumen sustancias alucinógenas, tienen en promedio uniones matrimoniales más sólidas y, en general, son ciudadanos responsables (con la estabilidad emocional que ello conlleva). No sorprende, de ninguna manera, que el ritualismo semanal y los códigos de conducta contribuyan a la buena salud y a la longevidad.
¿Y las creencias? «Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado», decía el antiguo catecismo del padre Gaspar Astete. Así de sencillo. Creer es muy fácil, es dar por cierto algo que no está comprendido o comprobado; es más que fácil, creer es conveniente. Comprender o comprobar, en cambio, es difícil, incierto y, por sobretodo, estresante —no entender nos hace sentir torpes—. Pensar demanda recursos intelectuales, creer no. La química es más difícil que la alquimia, la astronomía más complicada que la astrología, las matemáticas más arduas que la numerología.
En la evolución humana, las creencias antecedieron a las teorías lógicas en todos los campos del saber. Las religiones aparecieron decenas de milenios antes que la ciencia. El hombre antiguo se inventó propuestas metafísicas, cuyas reglas de juego podía crear a su amaño, mucho antes de plantear leyes estructuradas a las cuales tendría que ajustarse. Cuando se cree en poderes superiores, todo resulta sencillo de explicar —el castigo de Dios para las tragedias, la bendición de Dios para las buenas cosechas—. Creer es relajante, divertido y hasta cierto punto irresponsable; basta apreciar el desconcertante furor de siempre por la interpretación de los sueños, la lectura de las cartas, el poder de los amuletos y la invocación de ángeles y demonios.
La inteligencia lógica produce progreso material y conocimiento, pero también genera incertidumbre y angustia. «La vida es difícil», dijo el Buda. «La vida es estresante», traduce Thanissaro Bhikkhu, el monje budista norteamericano. La vida, en verdad, nunca ha sido fácil para nosotros ni para los animales (solo que estos no se dan cuenta); la existencia siempre ha tenido complicaciones, ahora y hace dos millones de años, seamos Homo sapiens u Homo ciberneticus, fuéramos Homo habilis u Homo erectus. El sistema de cómputo que nos amenaza el empleo de hoy es la bestia que nos podía devorar en los tiempos prehistóricos. Creer —tener fe en algo que no se comprende, sea sagrado o fetichista— disminuye el estrés y provoca despreocupación; las oraciones repetitivas sosiegan, los rituales simbólicos aplacan.
¿Qué tiene que ver todo esto con evolución y genética? Un porcentaje elevado de los casos de impotencia sexual masculina, no cuantificado de manera concluyente, tiene su origen en factores mentales (no en disfunciones físicas); el estrés encabeza la lista de las causas psicológicas. Otro tanto ocurre con la infertilidad femenina, donde las evidencias son categóricas. No es pues aventurado suponer que nuestros remotos antepasados, aquellos más controlados y menos estresados, vivieron más años y tuvieron más descendencia; la selección natural bien pudo ocurrir alrededor de quienes creyeron en el dios del momento y tuvieron fe en el hechicero de turno; la conveniencia relajante de tener fe engendró los objetos de las creencias. Y en la proliferación y predominio numérico de estos primitivos creyentes apareció por las mismas leyes de la evolución la predisposición genética a la religiosidad.
Las teorías sobre las evoluciones culturales prehistóricas son muy especulativas y cuestionables pero, trasladándonos al presente, ¿tiene la religión ventajas tangibles para el hombre moderno? Aparentemente sí. Más de doscientos estudios, que cubren millares de personas (noventa mil en el mayor de todos) durante prolongados períodos (veintiocho años en el más largo), establecen que las personas que rezan son más saludables y viven más tiempo. Un subconjunto de los estudios sostiene que la longevidad es mayor en las personas que rutinariamente asisten a los templos y a las sinagogas. Por el tamaño de las muestras, la duración de las evaluaciones y la medición de una variable tan exacta como la edad al momento de fallecer, es difícil descalificar la conclusión central; la religión sí tiene, en verdad, un impacto positivo en la salud.
¿Cuál religión es la que apoya la salud? Casi todos las investigaciones documentadas se han llevado a cabo en Estados Unidos y cubren grupos cristianos; el hecho, sin embargo, de que al menos una de las evaluaciones corresponde a una fe diferente (tres mil novecientos judíos en Israel durante dieciséis años) indica que los resultados son independientes de las creencias y que es la práctica religiosa, indistintamente de la denominación, la que conlleva beneficios en la salud.
De los tres componentes de una religión —rituales, normas de conducta, creencias— ¿cuál es el que favorece la salud? Los tres en conjunto y cada uno por su cuenta lo hacen, así como todo lo que gira alrededor de ellos. La participación frecuente en los servicios de culto, el componente ritual, es la expresión visible y externa de la religiosidad. Su beneficio inmediato para los feligreses es una satisfacción de la necesidad de pertenencia del ser humano (familia, amigos, identificación con un grupo…), exigencia ésta que, en la reconocida jerarquía del psicólogo humanista norteamericano Abraham Maslow (1908-1970), solo es superada por las necesidades fisiológicas (aire, sueño, agua…) y las necesidades de seguridad (techo, trabajo, estabilidad…). Pertenecer a algo —a una secta, a un club, a un círculo— es imperativo para el ser humano; la religión satisface convenientemente esa urgencia.
El componente normativo promueve, de manera diferente en cada secta, conductas que favorecen el bienestar individual e impulsan el bienestar del grupo. Las personas religiosas son comúnmente moderadas en su alimentación, no consumen sustancias alucinógenas, tienen en promedio uniones matrimoniales más sólidas y, en general, son ciudadanos responsables (con la estabilidad emocional que ello conlleva). No sorprende, de ninguna manera, que el ritualismo semanal y los códigos de conducta contribuyan a la buena salud y a la longevidad.
¿Y las creencias? «Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado», decía el antiguo catecismo del padre Gaspar Astete. Así de sencillo. Creer es muy fácil, es dar por cierto algo que no está comprendido o comprobado; es más que fácil, creer es conveniente. Comprender o comprobar, en cambio, es difícil, incierto y, por sobretodo, estresante —no entender nos hace sentir torpes—. Pensar demanda recursos intelectuales, creer no. La química es más difícil que la alquimia, la astronomía más complicada que la astrología, las matemáticas más arduas que la numerología.
En la evolución humana, las creencias antecedieron a las teorías lógicas en todos los campos del saber. Las religiones aparecieron decenas de milenios antes que la ciencia. El hombre antiguo se inventó propuestas metafísicas, cuyas reglas de juego podía crear a su amaño, mucho antes de plantear leyes estructuradas a las cuales tendría que ajustarse. Cuando se cree en poderes superiores, todo resulta sencillo de explicar —el castigo de Dios para las tragedias, la bendición de Dios para las buenas cosechas—. Creer es relajante, divertido y hasta cierto punto irresponsable; basta apreciar el desconcertante furor de siempre por la interpretación de los sueños, la lectura de las cartas, el poder de los amuletos y la invocación de ángeles y demonios.
La inteligencia lógica produce progreso material y conocimiento, pero también genera incertidumbre y angustia. «La vida es difícil», dijo el Buda. «La vida es estresante», traduce Thanissaro Bhikkhu, el monje budista norteamericano. La vida, en verdad, nunca ha sido fácil para nosotros ni para los animales (solo que estos no se dan cuenta); la existencia siempre ha tenido complicaciones, ahora y hace dos millones de años, seamos Homo sapiens u Homo ciberneticus, fuéramos Homo habilis u Homo erectus. El sistema de cómputo que nos amenaza el empleo de hoy es la bestia que nos podía devorar en los tiempos prehistóricos. Creer —tener fe en algo que no se comprende, sea sagrado o fetichista— disminuye el estrés y provoca despreocupación; las oraciones repetitivas sosiegan, los rituales simbólicos aplacan.
¿Qué tiene que ver todo esto con evolución y genética? Un porcentaje elevado de los casos de impotencia sexual masculina, no cuantificado de manera concluyente, tiene su origen en factores mentales (no en disfunciones físicas); el estrés encabeza la lista de las causas psicológicas. Otro tanto ocurre con la infertilidad femenina, donde las evidencias son categóricas. No es pues aventurado suponer que nuestros remotos antepasados, aquellos más controlados y menos estresados, vivieron más años y tuvieron más descendencia; la selección natural bien pudo ocurrir alrededor de quienes creyeron en el dios del momento y tuvieron fe en el hechicero de turno; la conveniencia relajante de tener fe engendró los objetos de las creencias. Y en la proliferación y predominio numérico de estos primitivos creyentes apareció por las mismas leyes de la evolución la predisposición genética a la religiosidad.
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