miércoles, 20 de mayo de 2015

¿Tiene usted necesidad de Dios?

Hace décadas conocí en Budapest a un brillante y educado joven socialista a quien solo traté durante seis días.  Su vasta cultura, su sosegado equilibrio y su español impecable abrían espacio para agradables conversaciones. Mi afortunado encuentro ocurrió durante la semana santa cristiana y el diálogo con tan especial personaje tenía que pasar por los vericuetos de la fe y la incredulidad.
- ¿Crees en Dios? -le interrogué cuando llegó la oportunidad.
-Tu curiosidad por ‘mi creencia’ está mal planteada -respondió reposadamente. La pregunta correcta debe ser por ‘mi necesidad’.
- ¿Tienes necesidad de Dios? -insistí entonces, adaptándome a su formato.
- No, no la tengo -exclamó mi fugaz amigo con una ecuanimidad que pocas veces he visto en devotos creyentes respondiendo a preguntas similares.


¿Tenemos necesidad de Dios? La respuesta, supongo, es afirmativa para la gran mayoría de los devotos y negativa para la totalidad de los no afiliados a ningún dogma. Aunque bastante menor que la gran masa creyente, este último grupo, alrededor de mil millones de personas, permite aseverar que la religiosidad es una característica discrecional y, como tal, carece de raíces genéticas. 
Por nuestra inquieta naturaleza, los humanos siempre demandamos explicaciones, que frecuentemente aceptamos así no sean estructuradas ni comprobables. ‘Dios’ es la respuesta más fácil para todo fenómeno incomprensible. La intervención divina siempre será  más sencilla de ‘entender’ que la teoría del big bang, la selección genética, o la formación inicial hace dos mil millones de años de las células básicas de los organismos complejos, conocidas como eucariotas.

A diferencia de la religiosidad, que es personal, la religión es cultural. Así como las características físicas se transmiten en los genes, los comportamientos se traspasan por los memes, vocablo este acuñado por el biólogo Richard Dawkins para referirse a los ‘genes’ de los grupos sociales. Al igual que los genes, los memes también ‘luchan’ por su supervivencia y, para propagarse, se apoyan en las inclinaciones y los condicionamientos humanos, con ayuda mayor de los medios y la publicidad.
La influencia de los memes en un grupo es tan poderosa como la de los genes en un individuo. Esto es particularmente cierto en la propagación y mantenimiento de los memes de la religión. De acuerdo con el filósofo estadounidense Daniel C. Dennett, “las religiones son fenómenos culturales extremadamente bien diseñados que han evolucionado para sobrevivir”.

Muchos eruditos sostienen que, con la comprensión creciente de la materia, de la vida y del universo, las religiones están en camino de extinción. Están equivocados. La participación religiosa en la mayoría de países sigue siendo muy elevada, siendo Europa occidental la gran excepción geográfica mientras que los países musulmanes y cristianos, y la India, son la confirmación de la regla.
Ni las acciones gubernamentales, sean escarnio, prohibición o persecución, ni el desarrollo de la tecnología o las ciencias parecen afectar el fervor religioso. Ni siquiera los largos períodos de ‘abstinencia espiritual’ forzada por regímenes totalitarios, como ocurrió en las sociedades comunistas bajo la tutela de Moscú,  han logrado apagar las llamas de la fe. En el concierto de las naciones, Estados Unidos es simultáneamente el país de vanguardia en aplicación de tecnología (con los consecuentes avances materiales) y el segundo con mayor participación religiosa.

Según el ‘Pew Research Center’, un ‘think tank’ con sede en Washington, para el año 2050 habrá 2.920 millones de cristianos, 2.760 millones de musulmanes, y 1.380 millones de hinduistas con crecimientos respectivos de 34,6%, 72,5% y 34.0% en relación al 2010. Los no afiliados llegarán a mitad de siglo (yo no llegaré, por supuesto) a 1.230 millones con un modesto aumento del 25,2% en el mismo período.
En consecuencia, la pregunta del comienzo de esta nota seguirá vigente por muchas décadas más. ¿A cuál de los grupos pertenece usted, estimado lector? ¿Al de la abrumadora mayoría religiosa que venera y necesita a Dios, a Alá o a Brahma? ¿Al de los disidentes de esa mayoría que, por lógica científica, rebeldía o indiferencia, no creen en ni precisan de entidades metafísicas? ¿O tal vez a esa ‘inmensa’ minoría despreocupada que, como mi amigo de Budapest, sin gastarle fe ni raciocinio al asunto, simplemente no tiene necesidad de Dios? 

Gustavo Estrada
Autor de ‘INNER HARMONY through MINDFULNESS MEDITATION’
www.harmonypresent.com/Armonia-interior
gustrada1@gmail.com

sábado, 9 de mayo de 2015

¿Por qué queremos agradecimiento imperecedero?

Según el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, los humanos buscamos la satisfacción de nuestras exigencias según una jerarquía cuyos cuatro primeros niveles se conocen como necesidades de deficiencia. Por ejemplo, consumimos alimentos para las demandas fisiológicas; buscamos techo por razones de seguridad; tenemos amigos por complacer nuestros requerimientos de pertenencia; y ejecutamos tareas sobresalientes para satisfacer la necesidad de estima.
¿Por qué queremos agradecimiento imperecedero para algunos de nuestros actos? La necesidad de estima, la cuarta de la escala, es la necesidad de encontrarnos a gusto con nuestra existencia, desde nuestra perspectiva -la autoestima: ¿Cómo me veo yo?- y desde la percepción ajena -el reconocimiento: ¿Cómo me ven los demás?-. La autoestima depende de y desaparece con nosotros. El curioso deseo de ser recordados post-mortem es una extrapolación anómala de la necesidad normal de reconocimiento mientras estamos vivos. Pensar que nuestras obras son perdurables nos genera una sensación imaginaria de eternidad que nos lleva a creer que seguiremos existiendo.
Sabemos con certeza que moriremos pero no logramos imaginarnos extinguidos; la frase ‘estoy muerto’ es impronunciable en su sentido literal. Algunos poetas, que con frecuencia penetran en la mente humana con más sutileza que los psicólogos, están en desacuerdo con tan artificial eternidad y hasta se burlan de la necesidad de ser recordados; para ellos su vida y sus obras son suficientes. Veamos algunas citas literarias, la primera con historia previa.
En 1957 el escritor Gonzalo Arango funda el nadaísmo, un movimiento rebelde que, según su manifiesto inicial, pretende “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”. Los nadaístas cometen toda clase de irreverencias, desde incineración de libros hasta sacrilegio de hostias, consiguiendo grandes titulares de prensa, con bombo y fanfarria suficientes que asegurarían memoria duradera a Gonzalo Arango. Todo cambió, sin embargo. En 1970 el poeta abandona su movimiento y el ateo radical se convierte en un irreconocible espiritualista. 
Justo en ese mismo año, el escritor vallecaucano Orlando Restrepo Jaramillo publica “Más allá de las palabras”, una colección de sus poemas que envía a su amigo antioqueño. Gonzalo Arango le responde con una cálida nota que recientemente Orlando compartió con este columnista. De esa misiva, tomo la siguiente inspirada frase de desapego a la eternidad: “Vivir no es más que caminar hacia el olvido con un montón de sueños y equipajes rotos”.
Jorge Luis Borges podría haber pronunciado tan elocuente línea; sus versos de desmemoria y desprendimiento son abundantes. En su poema ‘Ya somos el olvido’ escribe el gran argentino: “Ya somos el olvido que seremos… Ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el fin… No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre…” En ‘Soy’, el poeta se describe como “Soy el que es nadie, el que no fue una espada en la guerra. Soy eco, olvido, nada.” Y ‘Límites’ termina con “Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son los que me han querido y olvidado; espacio y tiempo y Borges ya me dejan.”
Dos mil quinientos años atrás, el Buda establece, con meridiana claridad, que somos transitorios y que cuando morimos nada nuestro permanece. Nos vamos y nos fuimos. La negación de nuestra transitoriedad y la expectativa de un algo paralelo que perdura nos crean la ilusión de algún ente inmaterial que nos sobrevive. En su poema ‘Ajedrez’ Omar Khayyám (1048-1131), filósofo y astrónomo persa, comparte el pensamiento del Buda: “La vida es un tablero de ajedrez; los cuadros, las noches y los días; nosotros, las piezas que el Destino juega. Aquí y allá, nos mueve, nos da jaque, toma, mata… Y, uno a uno, a todos nos arroja en la caja de la Nada”.
Así las cosas, mantengamos al día nuestros asuntos terrenales. En cuanto a la eternidad, despreocupémonos de las memorias imperecederas, que ni siquiera el universo es permanente. Más bien, aceptemos la realidad de la muerte y, si somos capaces, riámonos de ella mientras recitamos otro poema de Omar Khayyám: “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz hoy. Toma un ánfora de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe, mientras piensas que quizás mañana la luna te busque… En vano.”


sábado, 2 de mayo de 2015

Reprogramación versus desprogramación

Reprogramar es reajustar el diario vivir (trabajo, posesiones, relaciones, aficiones…) en busca de la realización personal. ¡Qué excelente intención! En la práctica, desafortunadamente, las cosas más ‘nos ocurren’ que ‘las hacemos’ y las pautas de nuestras aspiraciones casi siempre nos llegan desde afuera. ¿Quién las dicta?

Sin que lo notemos, el ‘programa’ nos lo trazan individuos (ídolos, modelos, padres, maestros, parejas…), por un lado, y los medios y la publicidad, por el otro. Los medios definen lo que debe deleitarnos o aburrirnos; la publicidad nos señala lo que ‘necesitamos’ adquirir para ser felices, exitosos, atléticos, bellos e influyentes. Medios y publicidad juntos, además, nos dicen como reprogramarnos, mediante seminarios, libros, maestros o técnicas, para una vida triunfal y plena: “Nuestro enfoque cambiará su vida como ya lo ha hecho con la de cinco millones de personas”.
Quiero usar como ejemplo de reprogramación a los Seminarios Insight (unos talleres californianos de ‘transformación’ afamados desde hace tres décadas), en los cuales, buscando mi propio camino, participé con mucho entusiasmo. Entre Insight I (Despertando el corazón), Insight II (Abriendo el corazón) e Insight III (Centrando el corazón), estuve enclaustrado, dejándome manipular ‘a propósito’, durante casi 200 horas.

En Insight II, tras una sesión de catorce horas, descubrí mi ‘propósito vital’ -‘afirmación’ en el vocabulario Insight- en doce palabras: ‘Yo soy… esto y aquello”, donde ‘esto y aquello’ son las cualidades y expresiones empoderadoras (inteligente, alegre, persistente en mis objetivos...) de nuestra reprogramada personalidad. Durante los meses siguientes, recité mentalmente mi afirmación millares de veces; revisando su redacción ahora me suena como los elogios aduladores de alguien que necesita un favor (‘tú eres’ inteligente, alegre, etc.)
Las afirmaciones de los otros participantes con frecuencia también comenzaban con ‘yo soy’. El énfasis de estos talleres en la individualidad y la territorialidad (yo, me, mí, mío) así como en la importancia de los bienes materiales, dizque sin apegarnos a ellos, le sacaría lágrimas a cualquier espiritualista oriental.

No obstante mi tono burlón, las experiencias de los tres Insight’s fueron, en su momento, interesantes. Los seminarios no cumplieron su cometido. Un objetivo temporalmente exitoso: Suspendí mi afición etílica (cero alcohol) durante  dieciocho meses; un intento fallido: Nunca logré aficionarme a los video-juegos, un propósito personal para acercarme a mis hijos (que jamás se cansaban de ellos). Sí aprendí, por exclusión, lo que debe evitarse en la apertura honesta hacia una evolución creadora.
Los talleres vivenciales tipo-Insight (y sus fotocopias Caminos, Avance...) pretenden reprogramar nuestro ego redundante alrededor de lo que anhelamos ser. Ese anhelo, sin embargo, no es auténtico, no viene desde adentro, sino que es fabricado afuera y sembrado de manera sutil en nuestro cerebro. Las dinámicas utilizadas son pintura nueva para el mismo mueble viejo.

Hay alternativas, por supuesto. Al ‘computador’ neuronal debemos borrarle todas las instrucciones dañinas, esto es, desprogramarlo de lo perjudicial para abrirle espacio a lo esencial. Con el ser esencial al mando, fluirá en nuestra existencia lo que ‘nos nace hacer’, en contraposición a lo que ‘nos toca hacer’ porque alguien o algo nos lo ha señalado.
En la reprogramación reajustamos las instrucciones del ego redundante; las maquillamos pero no les cambiamos su acción. La desprogramación, en cambio, desactiva los condicionamientos donde están codificadas los deseos desordenados, las aversiones y los sesgos mentales que generan sufrimiento, angustia y estrés, para que nuestra naturaleza real salga a flote. ¿Quién desactiva? Los mecanismos inhibitorios, inherentes al ser esencial, que nuestra ‘mala conducta’ (la complacencia continuada con los deseos, la tolerancia silenciosa a las aversiones y las afiliaciones irracionales) ha averiado. ¿Cómo se logra esto? Mediante la atención plena permanente.

Cuando los condicionamientos se apagan, la mente se calla, la armonía interior florece, el ego redundante se extingue y el ser esencial, cual bondadoso emperador, toma las riendas del desbocado potro que corre en nuestra cabeza. Si así sucede, al final de ‘nuestro rudo camino’, podremos recitar con Amado Nervo, “Yo fui el arquitecto de mi propio destino”. ¿Es el ‘yo’ del verso el ser esencial? Creo que sí, pues el gran poeta mexicano también escribió: “Las angustias nos vienen del deseo; el edén consiste en no anhelar; quien no desea nada, dondequiera está bien”.
Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’
www.harmonypresent.com/Armonia-interior

sábado, 25 de abril de 2015

La segregación mente-cuerpo

Cuando este columnista cierra los ojos para meditar, ‘siente’ con claridad que su mente está localizada en la corteza prefrontal, el manto de tejido nervioso justo detrás de la frente. La mente es lo que esa corteza hace y que la porción cerebral equivalente de los mamíferos distintos al ser humano no puede hacer. En teoría, pensamientos, sentimientos, deseos, percepciones, memorias, razonamientos y consciencia del ‘yo’ ocurren en la corteza prefrontal.

¿Por qué en teoría? Diversos fenómenos insinúan que no todo lo mental sucede completamente en el cerebro. Esta nota se refiere a cuatro de esos fenómenos, buenos ejemplos de la complejidad incomprensible de la naturaleza humana: el efecto  placebo,  el efecto nocebo, los problemas psicológicos provenientes de un sistema inmune hiperactivo, y la influencia de la flora intestinal en los estados mentales. 
El efecto placebo es el resultado curativo de sustancias inertes o de procedimientos fingidos en pacientes con problemas reales de salud. Numerosos experimentos han confirmado la efectividad de medicinas ilusorias y tratamientos ficticios en el manejo de muchas enfermedades; los brujos saben esto muy bien.  Los éxitos no son consistentes. Irving Kirsch, psicólogo de Harvard, encontró en una revisión extensa de estudios de placebos versus drogas genuinas que el poder de aquellos es más positivo cuando, como ocurre en los casos de depresión, tanto las mejorías como las aflicciones están más en la cabeza que en el resto del cuerpo.

El efecto nocebo, un recíproco del efecto placebo e igualmente real, es la secuela dañina en la salud de personas que tienen expectativas negativas alrededor de sustancias inocuas o circunstancias inofensivas. Los enfermos de asma son frecuentes víctimas del efecto nocebo. Una investigación reciente del Centro Monell de Investigación de Filadelfia, Pensilvania, concluye que la simple posibilidad de que un olor sea perjudicial puede aumentar la inflamación de las vías respiratorias durante las 24 horas siguientes  a la exposición (cuando no por más tiempo).  “Los asmáticos siempre andan preocupados por las esencias y las fragancias. Si creen que un olor es dañino, sus cuerpos reaccionan como si así fuera”, dice la doctora Cristina Jaén, directora del estudio.
Los problemas psicológicos derivados de infecciones inexistentes  han sido documentados por el doctor Erich Kasten, profesor de Neurofisiología de la Escuela de Medicina de Hamburgo, Alemania. Según el doctor Kasten, un sistema autoinmune hiperactivo puede confundir las secuelas dañinas del estrés (el desasosiego intenso resultante de factores físicos, laborales, sociales o financieros que tienden a alterar el equilibrio corriente), con infecciones bacterianas o virales que sí requieren de acciones correctivas. Las citosinas proinflamatorias son sustancias generadas por el sistema autoinmune cuando detecta peligros de infección. Las inflamaciones generadas por las citosinas, un mecanismo importante en la prevención de enfermedades, también son causantes del cansancio y la apatía que acompañan a muchas enfermedades. Cuando el sistema inmune sobre-reacciona  a estímulos no patógenos (como el estrés) o inofensivos, genera innecesariamente citosinas de alarma y ocasiona bajonazos de ánimo que pueden llevar a la melancolía o a la depresión.

El cuarto fenómeno ‘extra-cerebral’, y tal vez el más extraño, se refiere a los billones de bacterias extrañas al cuerpo humano (son más que nuestras propias células) que conforman la flora intestinal. Esas bacterias son como comensales rotatorios siempre presentes en nuestro organismo. Según el escritor científico Charles Schmidt, los investigadores tienen “una convicción creciente de que el vasto ensamble de microfauna en nuestros intestinos puede tener un impacto mayor en nuestro estado mental. El eje intestinos-cerebro parece ser bidireccional -el cerebro actúa en funciones gastrointestinales o del sistema inmune, y la flora bacteriana produce compuestos neuroactivos, incluyendo neurotransmisores, que actúan en el cerebro”. Asombroso, ¿verdad?
Nuestra mente está en nuestra cabeza (la sentimos) y la cabeza es parte de nuestro cuerpo (la vemos). ¿Por qué la división mente-cuerpo? Tal dicotomía proviene de la inevitable clasificación que las ciencias sociales y naturales requieren (bien-mal, caliente-frío, unos-ceros…), y desciende directamente de la distinción religiosa espíritu-materia. Sí, hay algo absoluto en muchas clasificaciones. Pero, por las extrañas consecuencias de los placebos, los nocebos, la melancolía de las infecciones y la ansiedad causada por las bacterias intestinales, la segregación mente-cuerpo parece que no es absoluta… Al menos no debería serlo en los diagnósticos de salud.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’
www.harmonypresent.com/armonia-interior

miércoles, 22 de abril de 2015

Ser esencial y ego redundante

Nuestro sentido de identidad –nuestro ‘yo’– es la unión de varios agregados (cuerpo, señales sensoriales, percepciones…) que caracteriza a una persona y se manifiesta como continuidad y coherencia en su comportamiento. De acuerdo con el budismo ‘ortodoxo’, el sufrimiento –la ansiedad y el estrés modernos– tiene sus raíces en el sentido de identidad y resulta del aferramiento a los significados de ‘yo’, ‘mío’, ‘mí’ y ‘me’, palabras estas que trazan límites excluyentes entre cada individuo y el resto del mundo.

¿Tenemos que extinguir el ‘yo’ para eliminar el sufrimiento? No, la renunciación ascética no es solución práctica para la ansiedad o el estrés. En su lugar, necesitamos deshacernos del ego redundante, una alternativa más razonable. ¿Qué es el ego redundante? Hablemos un poco del software que genera el sentido de identidad.

Nuestro ‘yo’ está codificado en la corteza prefrontal del cerebro en trillones de mensajes neuronales cuyo funcionamiento aún no comprendemos. Una fracción de este número gigantesco contiene las instrucciones que necesitamos para llevar una vida armoniosa y efectiva y cuyo resultado es el ser esencial, nuestra naturaleza interior.

En paralelo existe otro gran volumen de código encargado de todos los condicionamientos y hábitos indeseables –las formaciones perjudiciales, en la terminología del budismo–. Tales formaciones son las generadoras de los deseos desordenados que llevan a la codicia y a las adicciones, las aversiones que crean pánicos y odios, y los prejuicios que ciegan nuestro entendimiento; ellas determinan el ego redundante. Si queremos acabar con el sufrimiento, debemos inhibir las formaciones mentales perjudiciales, esto es, apagar sus correspondientes instrucciones neuronales.

El ego redundante crece de comportamientos, inicialmente inofensivos pero que se salen de control, como el deseo de ese bocado adicional que no debemos comer, la antipatía hacia esa persona que nos falló alguna vez, o el apoyo incondicional a nuestra afiliación doctrinaria. El ser esencial es el 'yo' reducido después de que las formaciones dañinas han sido silenciadas, en otras palabras, es el residuo del ‘yo’ inflado cuando suprimimos la porción redundante.

Una vez que hemos eliminado nuestro ego redundante, el ser esencial se hace cargo de nuestra vida. Entonces, sin esfuerzo, sin ninguna clase de lucha para completar objetivos específicos o alcanzar determinados destinos, fluiremos espontáneamente con nuestra existencia.

Miguel Ángel, el gran artista del Renacimiento italiano, creía que las imágenes ya existían en los bloques de mármol como si estuvieran encerradas allí. Antes del primer corte, pensaba, el ​​escultor debía descubrir la efigie adentro y luego proceder a eliminar el exceso de material. Miguel Ángel, tan fácil para él, sólo retiraba del mármol lo que no era estatua.

De la misma manera, nuestro yo inflado, repleto de formaciones dañinas, es como una enorme piedra, muy, muy pesada; el ser esencial, nuestra propia obra de arte, se encuentra en algún lugar dentro de esa roca. Si queremos encontrarlo, como el artista sugiere para el mármol, también tenemos que eliminar el excedente. Nosotros tenemos las habilidades para remover los trozos que no son parte de nuestra naturaleza interior; la tarea –sólo hay que preguntarle a Miguel Ángel– requiere, sin embargo, muchísima perseverancia.

Cuando hayamos terminado, vamos a experimentar de manera muy diferente nuestra propia existencia y todo lo que nos rodea. Nuestro ser esencial surge espontáneamente después de silenciar nuestras formaciones mentales dañinas y de eliminar nuestro ego redundante. No encontramos ese ser esencial mediante razonamientos, cultos o creencias porque estas se basan en las formaciones mentales que han fabricado nuestro yo inflado.

Tampoco podemos depender de guías espirituales, maestros o gurús. Algunos sabios pueden en verdad señalarnos una dirección correcta, pero nadie puede conducirnos hasta nuestro ser esencial; ese hallazgo debemos hacerlo nosotros mismos. No podemos construir ni refinar nuestra naturaleza interior; ella ya está allí. Tampoco podemos alcanzarla mediante trucos intelectuales; el trabajo consiste en acallar los ruidos mentales y desaprender –desprogramar, borrar– las formaciones mentales perjudiciales.

Una vez que Miguel Ángel retiró los fragmentos superfluos en los bloques de mármol, las armonías de su ‘Pietà’, de su ‘David’ o de su ‘Moisés’ resultaron magníficas. Cuando cortemos el material excedente de la piedra gigantesca de nuestro ‘yo’ inflado, allí mismo, dentro de nosotros, nuestro ser esencial se manifestará, vibrando en armonía interior. Solamente tenemos que eliminar lo innecesario.
Gustavo Estrada
Adaptado de ‘Inner Harmony through Mindfulness Meditation’

lunes, 13 de abril de 2015

El señalador del camino

Muchos admiradores del Buda, por la comprensión que él tiene de la naturaleza humana, lo comparan con un médico que diagnostica y receta; un biólogo que estudia, clasifica e intuye la genética; un antropólogo que anticipa la evolución; un psicólogo que escudriña los rincones de la mente, o un psicoterapeuta que resuelve problemas emocionales.

Aunque existen interpretaciones de las enseñanzas del Sabio que validarían parcialmente estas similitudes, hay allí una buena dosis de generosa exageración. Más sentido tiene la pregunta, ¿son las enseñanzas una cierta forma de psicoterapia? La respuesta cautelosa es afirmativa. La ansiedad y el estrés -el ‘sufrimiento’ que el Buda busca eliminar- son disfunciones que existen desde mucho antes de que las palabras ‘psicología’ o ‘psicoterapia’ fueran acuñadas.
El tratamiento que el Buda recomienda para acabar con la ansiedad y el estrés paraleliza la secuencia común en la solución de complicaciones de salud: 1) Sintomatología: Existen la ansiedad y el estrés.  2) Diagnóstico: Tales males se originan en los deseos desordenados y las aversiones. 3) Pronóstico: La enfermedad es curable. 4) Prescripción: Existe un procedimiento -un camino- para eliminar las causas del padecimiento, esto es, la aplicación de ocho prácticas sensatas, de las cuales la atención plena, la séptima de ellas, es la más importante.

Entre las numerosas corrientes de psicoterapia (psicoanálisis, Gestalt, hipnoterapia, terapia grupal…), la terapia cognitiva es la más cercana a la atención plena. La terapia cognitiva sugiere que la modificación de los pensamientos dañinos -los causantes de la depresión y la ansiedad- corrige las emociones y los comportamientos perjudiciales. El énfasis, sin embargo, no se centra en los pensamientos individuales sino en sus patrones -las distorsiones negativas (generalizaciones, descalificaciones, personalizaciones…)- que son los causantes reales de los estados mentales nocivos.
La atención plena, por su parte, demanda la vigilancia imparcial y permanente de las sensaciones y de los estados mentales,  sin consideración alguna sobre su naturaleza, su causa o su efecto. Por ejemplo, para las sensaciones el individuo observa, sin elaborar juicio alguno, si estas son agradables, desagradables o neutras, o si son sutiles (casi imperceptibles) o  claras. Así mismo, para los estados mentales, la vigilancia se ejerce sobre la concentración o distracción mental, o sobre la presencia o ausencia de codicia, temores o sesgos mentales.

La atención plena, como hábito de la vida diaria, y la meditación,  como ejercicio dirigido a fortalecer la facultad de estar atentos, tienen una popularidad tan notable en la vida moderna que hasta la muy seria ‘Scientific American’ ha cubierto el tema desde el punto de vista investigativo. En una entrega reciente y con la cautela que la caracteriza, la revista norteamericana anota: “La meditación se ha abierto camino en el mundo secular como un medio de promover la serenidad y el bienestar general”. A continuación e insistiendo en la necesidad de someter los estudios a los rigores del método científico, la revista reconoce que las diversas prácticas desarrolladas por el Buda “proveen nuevas perspectivas a los métodos de entrenamiento mental pues tienen un potencial real para mejorar le salud y el bienestar humanos”.
¿Cómo se diferencian la psicoterapia, en general, y la práctica de la atención plena? El psicoterapista es parte integral de la terapia (hasta llegar a veces al extremo indeseable de dependencia paciente-consejero), ya que el profesional no solo la dirige sino que comparte la responsabilidad de los resultados. En contraposición, el desenlace de la atención plena como práctica continuada es responsabilidad exclusiva del practicante. El Buda es enfático en este punto.
En alguna ocasión un discípulo le pregunta al Sabio porque algunos seguidores de las enseñanzas logran eliminar el sufrimiento y otros, en cambio, fracasan en su propósito. Él responde: “Las instrucciones para llegar al final del camino hacia la cesación del sufrimiento son claras: Algunos las siguen adecuadamente y completan el viaje; otros las malinterpretan y se pierden. Si el mapa está preciso, ¿tiene el Buda culpa alguna de que muchos se confundan y no lleguen?”  “De ninguna manera”, responde el discípulo. “Las instrucciones son correctas y la responsabilidad de cumplirlas es individual”, reafirma el Maestro. Y agrega para cerrar la conversación. “Nada tiene el Buda que ver si alguien se extravía; el Buda solo es el señalador del camino”.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’

www.harmonypresent.com/Armonia-interior

viernes, 3 de octubre de 2014

¿Por qué es tan difícil meditar?



Existen docenas de técnicas pero, en su versión más simple, el cómo de la meditación se explica en un dos por tres: (1) fijar la atención en la respiración y en las sensaciones corporales, (2) cerrar los ojos y (3) sentarse quieto, cómodo y callado. No obstante esta extremada sencillez y a pesar de sus numerosos beneficios, muchas personas consideran que la meditación es demasiado compleja. ¿Por qué es tan difícil meditar?

Hay buenas razones del lado de los reacios a la práctica. Focalizar la atención es una tarea complicada pues nuestro cerebro parece estar más diseñado para rodeos y ruidos mentales que para quietud y silencio. Michael Kane de la Universidad de Carolina del Norte encontró en un estudio efectuado en 2007 que, en promedio, el treinta por ciento de nuestro horario despiertos estamos pensando en cosas diferentes a las que estamos haciendo. Y en otra investigación del mismo año, Jonathan Schooler de la Universidad de British Columbia en Vancouver concluyó que aún durante la lectura, actividad esta de alta concentración, divagamos entre el quince y el veinte porciento del tiempo.  

Dado pues que pasamos tanto rato “elevados”, los científicos han resuelto meterle muela fuerte al asunto y, como en todas las pesquisas de la psicología moderna, la tecnología de imágenes se ha convertido en su principal aliada. El mismo Schooler y otro grupo de investigadores, utilizando escáneres de resonancia magnética, han encontrado que durante la distracción mental se activan dos regiones específicas del cerebro que pertenecen a redes neuronales diferentes. La primera, que se encuentra en la corteza frontal, es el sistema ejecutivo de control; la segunda, más dispersa en la anatomía cerebral, se conoce como la red por defecto (default network).

La activación de estas regiones es variable e inestable y depende mucho de la “magnitud” de las divagaciones. Asociando las imágenes obtenidas con los estados reportados por los participantes durante los escáneres, se han encontrado dos niveles de intensidad en las distracciones. En el primero, los participantes son parcialmente conscientes de que están elevados y mantienen el hilo de lo que están haciendo; en este caso la actividad neuronal predominante ocurre en la red del sistema ejecutivo de control. En el segundo nivel, los distraídos ni siquiera se dan cuenta de su embeleso —Schooler dice que están “fuera de la zona”— y la actividad neuronal es mayor en la red por defecto.

Los dos niveles de distracción son fácilmente reconocibles durante una rutina bastante común de la meditación zen. La práctica consiste en el conteo de las respiraciones, por ejemplo de uno hasta diez repetidamente, con el único propósito de centrar la atención y “espantar” las distracciones. Como estas son inevitables, el meditador pierde a cada rato la cuenta. Si él o ella se persuaden de la equivocación en el instante mismo de su ocurrencia, significa que todavía se hallan en el primer nivel. Si, por el contrario, el error es más duradero —digamos que el conteo llega hasta catorce—, es porque la persona ya se salió de la zona.  

Buena parte de nuestra vida “despiertos” se mueve bajo “piloto automático” y cierto grado de distracción no solo es tolerable sino que puede llegar a ser conveniente. Algunos psicólogos sostienen que los instantes de creatividad —los momentos “eureka”— surgen de la red por defecto, cuando nos encontramos completamente ensimismados y fuera de la zona. Pero si lo que se nos cuela permanentemente en la cabeza son rencores, obsesiones, riñas mentales, pánicos u otros sentimientos negativos, entonces entramos en el territorio de los desvaríos dañinos. Allí es donde ayuda la meditación; en definición del mismo Buda, la meditación es la purificación de la mente.

¿Por qué entonces no medita más la gente? Las respuestas comunes, como era de esperarse, poco tienen que ver con la fisiología cerebral que acabamos de describir. Las explicaciones incluyen “no me puedo concentrar”, “tengo demasiadas problemas en la cabeza”, “mi mente está en otra parte”, “no puedo quedarme quieto por tanto rato” y otras cosas por el estilo.
Estas disculpas, bien ingeniadas para sacarle el cuerpo a la meditación, son justamente razones valederas para que todo el mundo se sentara frecuentemente, con ojos cerrados y actitud pasiva, a simplemente observar el flujo de su respiración y las sensaciones que recorren su cuerpo. Poco a poco, con la práctica continua y disciplinada de esta sencilla rutina, se nos apaciguaría la mente y se amansarían las divagaciones desbocadas.

www.harmonypresent.com