sábado, 25 de abril de 2015

La segregación mente-cuerpo

Cuando este columnista cierra los ojos para meditar, ‘siente’ con claridad que su mente está localizada en la corteza prefrontal, el manto de tejido nervioso justo detrás de la frente. La mente es lo que esa corteza hace y que la porción cerebral equivalente de los mamíferos distintos al ser humano no puede hacer. En teoría, pensamientos, sentimientos, deseos, percepciones, memorias, razonamientos y consciencia del ‘yo’ ocurren en la corteza prefrontal.

¿Por qué en teoría? Diversos fenómenos insinúan que no todo lo mental sucede completamente en el cerebro. Esta nota se refiere a cuatro de esos fenómenos, buenos ejemplos de la complejidad incomprensible de la naturaleza humana: el efecto  placebo,  el efecto nocebo, los problemas psicológicos provenientes de un sistema inmune hiperactivo, y la influencia de la flora intestinal en los estados mentales. 
El efecto placebo es el resultado curativo de sustancias inertes o de procedimientos fingidos en pacientes con problemas reales de salud. Numerosos experimentos han confirmado la efectividad de medicinas ilusorias y tratamientos ficticios en el manejo de muchas enfermedades; los brujos saben esto muy bien.  Los éxitos no son consistentes. Irving Kirsch, psicólogo de Harvard, encontró en una revisión extensa de estudios de placebos versus drogas genuinas que el poder de aquellos es más positivo cuando, como ocurre en los casos de depresión, tanto las mejorías como las aflicciones están más en la cabeza que en el resto del cuerpo.

El efecto nocebo, un recíproco del efecto placebo e igualmente real, es la secuela dañina en la salud de personas que tienen expectativas negativas alrededor de sustancias inocuas o circunstancias inofensivas. Los enfermos de asma son frecuentes víctimas del efecto nocebo. Una investigación reciente del Centro Monell de Investigación de Filadelfia, Pensilvania, concluye que la simple posibilidad de que un olor sea perjudicial puede aumentar la inflamación de las vías respiratorias durante las 24 horas siguientes  a la exposición (cuando no por más tiempo).  “Los asmáticos siempre andan preocupados por las esencias y las fragancias. Si creen que un olor es dañino, sus cuerpos reaccionan como si así fuera”, dice la doctora Cristina Jaén, directora del estudio.
Los problemas psicológicos derivados de infecciones inexistentes  han sido documentados por el doctor Erich Kasten, profesor de Neurofisiología de la Escuela de Medicina de Hamburgo, Alemania. Según el doctor Kasten, un sistema autoinmune hiperactivo puede confundir las secuelas dañinas del estrés (el desasosiego intenso resultante de factores físicos, laborales, sociales o financieros que tienden a alterar el equilibrio corriente), con infecciones bacterianas o virales que sí requieren de acciones correctivas. Las citosinas proinflamatorias son sustancias generadas por el sistema autoinmune cuando detecta peligros de infección. Las inflamaciones generadas por las citosinas, un mecanismo importante en la prevención de enfermedades, también son causantes del cansancio y la apatía que acompañan a muchas enfermedades. Cuando el sistema inmune sobre-reacciona  a estímulos no patógenos (como el estrés) o inofensivos, genera innecesariamente citosinas de alarma y ocasiona bajonazos de ánimo que pueden llevar a la melancolía o a la depresión.

El cuarto fenómeno ‘extra-cerebral’, y tal vez el más extraño, se refiere a los billones de bacterias extrañas al cuerpo humano (son más que nuestras propias células) que conforman la flora intestinal. Esas bacterias son como comensales rotatorios siempre presentes en nuestro organismo. Según el escritor científico Charles Schmidt, los investigadores tienen “una convicción creciente de que el vasto ensamble de microfauna en nuestros intestinos puede tener un impacto mayor en nuestro estado mental. El eje intestinos-cerebro parece ser bidireccional -el cerebro actúa en funciones gastrointestinales o del sistema inmune, y la flora bacteriana produce compuestos neuroactivos, incluyendo neurotransmisores, que actúan en el cerebro”. Asombroso, ¿verdad?
Nuestra mente está en nuestra cabeza (la sentimos) y la cabeza es parte de nuestro cuerpo (la vemos). ¿Por qué la división mente-cuerpo? Tal dicotomía proviene de la inevitable clasificación que las ciencias sociales y naturales requieren (bien-mal, caliente-frío, unos-ceros…), y desciende directamente de la distinción religiosa espíritu-materia. Sí, hay algo absoluto en muchas clasificaciones. Pero, por las extrañas consecuencias de los placebos, los nocebos, la melancolía de las infecciones y la ansiedad causada por las bacterias intestinales, la segregación mente-cuerpo parece que no es absoluta… Al menos no debería serlo en los diagnósticos de salud.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’
www.harmonypresent.com/armonia-interior

miércoles, 22 de abril de 2015

Ser esencial y ego redundante

Nuestro sentido de identidad –nuestro ‘yo’– es la unión de varios agregados (cuerpo, señales sensoriales, percepciones…) que caracteriza a una persona y se manifiesta como continuidad y coherencia en su comportamiento. De acuerdo con el budismo ‘ortodoxo’, el sufrimiento –la ansiedad y el estrés modernos– tiene sus raíces en el sentido de identidad y resulta del aferramiento a los significados de ‘yo’, ‘mío’, ‘mí’ y ‘me’, palabras estas que trazan límites excluyentes entre cada individuo y el resto del mundo.

¿Tenemos que extinguir el ‘yo’ para eliminar el sufrimiento? No, la renunciación ascética no es solución práctica para la ansiedad o el estrés. En su lugar, necesitamos deshacernos del ego redundante, una alternativa más razonable. ¿Qué es el ego redundante? Hablemos un poco del software que genera el sentido de identidad.

Nuestro ‘yo’ está codificado en la corteza prefrontal del cerebro en trillones de mensajes neuronales cuyo funcionamiento aún no comprendemos. Una fracción de este número gigantesco contiene las instrucciones que necesitamos para llevar una vida armoniosa y efectiva y cuyo resultado es el ser esencial, nuestra naturaleza interior.

En paralelo existe otro gran volumen de código encargado de todos los condicionamientos y hábitos indeseables –las formaciones perjudiciales, en la terminología del budismo–. Tales formaciones son las generadoras de los deseos desordenados que llevan a la codicia y a las adicciones, las aversiones que crean pánicos y odios, y los prejuicios que ciegan nuestro entendimiento; ellas determinan el ego redundante. Si queremos acabar con el sufrimiento, debemos inhibir las formaciones mentales perjudiciales, esto es, apagar sus correspondientes instrucciones neuronales.

El ego redundante crece de comportamientos, inicialmente inofensivos pero que se salen de control, como el deseo de ese bocado adicional que no debemos comer, la antipatía hacia esa persona que nos falló alguna vez, o el apoyo incondicional a nuestra afiliación doctrinaria. El ser esencial es el 'yo' reducido después de que las formaciones dañinas han sido silenciadas, en otras palabras, es el residuo del ‘yo’ inflado cuando suprimimos la porción redundante.

Una vez que hemos eliminado nuestro ego redundante, el ser esencial se hace cargo de nuestra vida. Entonces, sin esfuerzo, sin ninguna clase de lucha para completar objetivos específicos o alcanzar determinados destinos, fluiremos espontáneamente con nuestra existencia.

Miguel Ángel, el gran artista del Renacimiento italiano, creía que las imágenes ya existían en los bloques de mármol como si estuvieran encerradas allí. Antes del primer corte, pensaba, el ​​escultor debía descubrir la efigie adentro y luego proceder a eliminar el exceso de material. Miguel Ángel, tan fácil para él, sólo retiraba del mármol lo que no era estatua.

De la misma manera, nuestro yo inflado, repleto de formaciones dañinas, es como una enorme piedra, muy, muy pesada; el ser esencial, nuestra propia obra de arte, se encuentra en algún lugar dentro de esa roca. Si queremos encontrarlo, como el artista sugiere para el mármol, también tenemos que eliminar el excedente. Nosotros tenemos las habilidades para remover los trozos que no son parte de nuestra naturaleza interior; la tarea –sólo hay que preguntarle a Miguel Ángel– requiere, sin embargo, muchísima perseverancia.

Cuando hayamos terminado, vamos a experimentar de manera muy diferente nuestra propia existencia y todo lo que nos rodea. Nuestro ser esencial surge espontáneamente después de silenciar nuestras formaciones mentales dañinas y de eliminar nuestro ego redundante. No encontramos ese ser esencial mediante razonamientos, cultos o creencias porque estas se basan en las formaciones mentales que han fabricado nuestro yo inflado.

Tampoco podemos depender de guías espirituales, maestros o gurús. Algunos sabios pueden en verdad señalarnos una dirección correcta, pero nadie puede conducirnos hasta nuestro ser esencial; ese hallazgo debemos hacerlo nosotros mismos. No podemos construir ni refinar nuestra naturaleza interior; ella ya está allí. Tampoco podemos alcanzarla mediante trucos intelectuales; el trabajo consiste en acallar los ruidos mentales y desaprender –desprogramar, borrar– las formaciones mentales perjudiciales.

Una vez que Miguel Ángel retiró los fragmentos superfluos en los bloques de mármol, las armonías de su ‘Pietà’, de su ‘David’ o de su ‘Moisés’ resultaron magníficas. Cuando cortemos el material excedente de la piedra gigantesca de nuestro ‘yo’ inflado, allí mismo, dentro de nosotros, nuestro ser esencial se manifestará, vibrando en armonía interior. Solamente tenemos que eliminar lo innecesario.
Gustavo Estrada
Adaptado de ‘Inner Harmony through Mindfulness Meditation’

lunes, 13 de abril de 2015

El señalador del camino

Muchos admiradores del Buda, por la comprensión que él tiene de la naturaleza humana, lo comparan con un médico que diagnostica y receta; un biólogo que estudia, clasifica e intuye la genética; un antropólogo que anticipa la evolución; un psicólogo que escudriña los rincones de la mente, o un psicoterapeuta que resuelve problemas emocionales.

Aunque existen interpretaciones de las enseñanzas del Sabio que validarían parcialmente estas similitudes, hay allí una buena dosis de generosa exageración. Más sentido tiene la pregunta, ¿son las enseñanzas una cierta forma de psicoterapia? La respuesta cautelosa es afirmativa. La ansiedad y el estrés -el ‘sufrimiento’ que el Buda busca eliminar- son disfunciones que existen desde mucho antes de que las palabras ‘psicología’ o ‘psicoterapia’ fueran acuñadas.
El tratamiento que el Buda recomienda para acabar con la ansiedad y el estrés paraleliza la secuencia común en la solución de complicaciones de salud: 1) Sintomatología: Existen la ansiedad y el estrés.  2) Diagnóstico: Tales males se originan en los deseos desordenados y las aversiones. 3) Pronóstico: La enfermedad es curable. 4) Prescripción: Existe un procedimiento -un camino- para eliminar las causas del padecimiento, esto es, la aplicación de ocho prácticas sensatas, de las cuales la atención plena, la séptima de ellas, es la más importante.

Entre las numerosas corrientes de psicoterapia (psicoanálisis, Gestalt, hipnoterapia, terapia grupal…), la terapia cognitiva es la más cercana a la atención plena. La terapia cognitiva sugiere que la modificación de los pensamientos dañinos -los causantes de la depresión y la ansiedad- corrige las emociones y los comportamientos perjudiciales. El énfasis, sin embargo, no se centra en los pensamientos individuales sino en sus patrones -las distorsiones negativas (generalizaciones, descalificaciones, personalizaciones…)- que son los causantes reales de los estados mentales nocivos.
La atención plena, por su parte, demanda la vigilancia imparcial y permanente de las sensaciones y de los estados mentales,  sin consideración alguna sobre su naturaleza, su causa o su efecto. Por ejemplo, para las sensaciones el individuo observa, sin elaborar juicio alguno, si estas son agradables, desagradables o neutras, o si son sutiles (casi imperceptibles) o  claras. Así mismo, para los estados mentales, la vigilancia se ejerce sobre la concentración o distracción mental, o sobre la presencia o ausencia de codicia, temores o sesgos mentales.

La atención plena, como hábito de la vida diaria, y la meditación,  como ejercicio dirigido a fortalecer la facultad de estar atentos, tienen una popularidad tan notable en la vida moderna que hasta la muy seria ‘Scientific American’ ha cubierto el tema desde el punto de vista investigativo. En una entrega reciente y con la cautela que la caracteriza, la revista norteamericana anota: “La meditación se ha abierto camino en el mundo secular como un medio de promover la serenidad y el bienestar general”. A continuación e insistiendo en la necesidad de someter los estudios a los rigores del método científico, la revista reconoce que las diversas prácticas desarrolladas por el Buda “proveen nuevas perspectivas a los métodos de entrenamiento mental pues tienen un potencial real para mejorar le salud y el bienestar humanos”.
¿Cómo se diferencian la psicoterapia, en general, y la práctica de la atención plena? El psicoterapista es parte integral de la terapia (hasta llegar a veces al extremo indeseable de dependencia paciente-consejero), ya que el profesional no solo la dirige sino que comparte la responsabilidad de los resultados. En contraposición, el desenlace de la atención plena como práctica continuada es responsabilidad exclusiva del practicante. El Buda es enfático en este punto.
En alguna ocasión un discípulo le pregunta al Sabio porque algunos seguidores de las enseñanzas logran eliminar el sufrimiento y otros, en cambio, fracasan en su propósito. Él responde: “Las instrucciones para llegar al final del camino hacia la cesación del sufrimiento son claras: Algunos las siguen adecuadamente y completan el viaje; otros las malinterpretan y se pierden. Si el mapa está preciso, ¿tiene el Buda culpa alguna de que muchos se confundan y no lleguen?”  “De ninguna manera”, responde el discípulo. “Las instrucciones son correctas y la responsabilidad de cumplirlas es individual”, reafirma el Maestro. Y agrega para cerrar la conversación. “Nada tiene el Buda que ver si alguien se extravía; el Buda solo es el señalador del camino”.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’

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viernes, 3 de octubre de 2014

¿Por qué es tan difícil meditar?



Existen docenas de técnicas pero, en su versión más simple, el cómo de la meditación se explica en un dos por tres: (1) fijar la atención en la respiración y en las sensaciones corporales, (2) cerrar los ojos y (3) sentarse quieto, cómodo y callado. No obstante esta extremada sencillez y a pesar de sus numerosos beneficios, muchas personas consideran que la meditación es demasiado compleja. ¿Por qué es tan difícil meditar?

Hay buenas razones del lado de los reacios a la práctica. Focalizar la atención es una tarea complicada pues nuestro cerebro parece estar más diseñado para rodeos y ruidos mentales que para quietud y silencio. Michael Kane de la Universidad de Carolina del Norte encontró en un estudio efectuado en 2007 que, en promedio, el treinta por ciento de nuestro horario despiertos estamos pensando en cosas diferentes a las que estamos haciendo. Y en otra investigación del mismo año, Jonathan Schooler de la Universidad de British Columbia en Vancouver concluyó que aún durante la lectura, actividad esta de alta concentración, divagamos entre el quince y el veinte porciento del tiempo.  

Dado pues que pasamos tanto rato “elevados”, los científicos han resuelto meterle muela fuerte al asunto y, como en todas las pesquisas de la psicología moderna, la tecnología de imágenes se ha convertido en su principal aliada. El mismo Schooler y otro grupo de investigadores, utilizando escáneres de resonancia magnética, han encontrado que durante la distracción mental se activan dos regiones específicas del cerebro que pertenecen a redes neuronales diferentes. La primera, que se encuentra en la corteza frontal, es el sistema ejecutivo de control; la segunda, más dispersa en la anatomía cerebral, se conoce como la red por defecto (default network).

La activación de estas regiones es variable e inestable y depende mucho de la “magnitud” de las divagaciones. Asociando las imágenes obtenidas con los estados reportados por los participantes durante los escáneres, se han encontrado dos niveles de intensidad en las distracciones. En el primero, los participantes son parcialmente conscientes de que están elevados y mantienen el hilo de lo que están haciendo; en este caso la actividad neuronal predominante ocurre en la red del sistema ejecutivo de control. En el segundo nivel, los distraídos ni siquiera se dan cuenta de su embeleso —Schooler dice que están “fuera de la zona”— y la actividad neuronal es mayor en la red por defecto.

Los dos niveles de distracción son fácilmente reconocibles durante una rutina bastante común de la meditación zen. La práctica consiste en el conteo de las respiraciones, por ejemplo de uno hasta diez repetidamente, con el único propósito de centrar la atención y “espantar” las distracciones. Como estas son inevitables, el meditador pierde a cada rato la cuenta. Si él o ella se persuaden de la equivocación en el instante mismo de su ocurrencia, significa que todavía se hallan en el primer nivel. Si, por el contrario, el error es más duradero —digamos que el conteo llega hasta catorce—, es porque la persona ya se salió de la zona.  

Buena parte de nuestra vida “despiertos” se mueve bajo “piloto automático” y cierto grado de distracción no solo es tolerable sino que puede llegar a ser conveniente. Algunos psicólogos sostienen que los instantes de creatividad —los momentos “eureka”— surgen de la red por defecto, cuando nos encontramos completamente ensimismados y fuera de la zona. Pero si lo que se nos cuela permanentemente en la cabeza son rencores, obsesiones, riñas mentales, pánicos u otros sentimientos negativos, entonces entramos en el territorio de los desvaríos dañinos. Allí es donde ayuda la meditación; en definición del mismo Buda, la meditación es la purificación de la mente.

¿Por qué entonces no medita más la gente? Las respuestas comunes, como era de esperarse, poco tienen que ver con la fisiología cerebral que acabamos de describir. Las explicaciones incluyen “no me puedo concentrar”, “tengo demasiadas problemas en la cabeza”, “mi mente está en otra parte”, “no puedo quedarme quieto por tanto rato” y otras cosas por el estilo.
Estas disculpas, bien ingeniadas para sacarle el cuerpo a la meditación, son justamente razones valederas para que todo el mundo se sentara frecuentemente, con ojos cerrados y actitud pasiva, a simplemente observar el flujo de su respiración y las sensaciones que recorren su cuerpo. Poco a poco, con la práctica continua y disciplinada de esta sencilla rutina, se nos apaciguaría la mente y se amansarían las divagaciones desbocadas.

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martes, 5 de agosto de 2014

Meditación de atención total: Una marcha sin meta


Ahora todo el mundo habla de lo ‘buena’ que dizque es la meditación de atención total (‘mindfulness meditation’ en inglés) para resolver numerosas dificultades personales, desde la glotonería y las migrañas hasta la baja autoestima y el mal genio. A pesar de la abundante divulgación que le dedican los medios, pocos son los que la practican. ¿Por qué?

Para responder la pregunta debo retroceder a las clases de lógica en mi lejano bachillerato.  Allí me quedó clarísimo que hay dos tipos de conocimiento: el empírico –que aprendemos por experiencia directa– y el racional –que concluimos mediante reflexiones sobre lo que ya sabemos–. El primero, directo e individual, llega a través de los sentidos (ejemplos: la picada de una avispa es dolorosa, tal fruta es deliciosa); el segundo, indirecto y por lo general de dominio público, proviene de razonamientos  (ejemplos: la distancia recorrida por un objeto se calcula multiplicando su velocidad por el tiempo transcurrido, no existe ningún número que sea mayor que todos los demás).

La comprensión de la meditación de atención total es ‘encuentro del primer tipo’. Su enseñanza, como la de cualquier otra meditación (zen, raja yoga, trascendental…), se consigue solo ‘meditando’, de la misma forma que la destreza para conducir un auto se alcanza solo manejando. No hay alternativas. Tampoco los beneficios de la meditación pueden asimilarse mediante enfoque alguno distinto de la práctica; no es posible  comprender que la meditación elimina ‘mi’ estrés, apacigua ‘mis’ odios o aplaca ‘mis’ comportamientos obsesivos a través de libros, conferencias o conversaciones con terceros.  Las verdades empíricas son ciertas únicamente  cuando se constatan en su vivencia práctica; mucha gente prefiere, sin embargo, regocijarse con la teoría y las especulaciones.

La meditación de atención total es una gimnasia mental para adiestrar la capacidad de permanecer atentos. Para su práctica,  los meditadores, sentados en una posición cómoda y en un ambiente tranquilo, adoptan con los ojos cerrados una actitud pasiva y centran su atención en la respiración.

Con menos palabras, meditar es acallar la mente. Y esta definición, así abreviada, sí que refleja la importancia de la experiencia directa e íntima pues el silencio mental no puede comunicarse; la palabra ‘silencio’ genera ruido. El silencio aparece cuando se acallan bullas, se apagan altoparlantes, se controlan alborotos… El silencio ocurre, no se produce. La meditación de atención total es más la ambientación –la permisión, la facilitación– de pasividades e indiferencias que la ejecución de actividades o instrucciones. Cada meditador ha de permitir los  sosiegos que favorecen la aparición de… shhhh.

Las ventajas de la práctica continuada de la meditación de atención total solo las reconocemos –las hacemos nuestras– cuando las hemos experimentado. Es así como desarrollamos nuestra facultad de mantenernos atentos durante las actividades rutinarias, el beneficio más importante, por mucho, de la meditación. ¿Y qué es estar atento? La atención total es la permanente consciencia de lo que sucede en nuestra vida a medida que se desenvuelve.

Hay varias formas de aproximarnos a cualquier nuevo hábito saludable. Una puede ser el estudio por cuenta propia de sus beneficios y de sus requerimientos; otra, quizás, el cuidado interesado a cuanto los ya experimentados comenten de sus logros para de allí copiar lo que podamos; y, una más  –la que menos se usa–, la puesta en marcha del hábito buscado, de forma inmediata y con determinación. La primera alternativa es la teoría (lo que dicen los ‘expertos’); la segunda, la experiencia ajena (lo que dicen los amigos); la última, la experiencia directa (la que nadie puede transmitirnos). Los dos primeros enfoques son flechas que señalan una ruta; el tercero es el viaje mismo.  La meditación no es un punto de llegada y la senda hay que recorrerla sin perseguir meta alguna.

Cuando experimentamos y disfrutamos los beneficios de cualquier actividad, las especulaciones se convierten en realidades.  Así que si usted, lector, aún no medita y desea ‘comprender’ la meditación de atención total pues… A sentarse de una: ojos cerrados, actitud pasiva, posición confortable, sitio tranquilo, observación desinteresada e imparcial de la respiración, durante al menos cuarenta minutos diarios. Y, si es capaz de acomodarse en el suelo con las piernas cruzadas, salga ya a comprarse un cojín. Su experiencia será su verdad… Exclusivamente suya. Mientras no lo haga así, la meditación seguirá pareciéndole un conocimiento racional, una noción misteriosa y ajena que nunca comprenderá… Por más libros que lea.

Gustavo Estrada

martes, 1 de julio de 2014

¿Por qué es tan difícil ser imparcial?




En una nota reciente sobre la extrema polarización existente en Colombia entre los partidarios de Álvaro Uribe y sus contradictores, este columnista buscó cuidadosamente ser imparcial. Según los resultados de una encuesta alrededor del escrito y los correos electrónicos que recibió, menos de la mitad de los lectores consideraron que su intención había sido exitosa. Un significativo 44% de quienes respondieron la encuesta y casi todos los mensajes -algunos objetivos, muchos otros bastante apasionados- juzgaron que la nota estaba sesgada a favor del ex presidente. “Su escrito es un intento de imparcialidad estrepitosamente fallido”, anotó un lector, y otro más, como consecuencia del ‘uribismo’ de la columna, solicitó la remoción de su correo electrónico del directorio del autor.

Imparcialidad es la falta de designio anticipado o de prevención en favor o en contra de alguien o algo, que permite juzgar o proceder con rectitud; esto es lo que dice el diccionario de la academia. En la práctica, sin embargo, ser imparcial es mucho más difícil de lo que aparenta la definición pues, sin darnos cuenta, tendemos a calificar de imparciales a las opiniones que coinciden con las nuestras y de sesgadas a aquellas que no. ¿Por qué nos es tan difícil ser neutrales? Sencillo y complicadísimo: Por la forma cómo el cerebro codifica nuestro consciencia del ‘yo’.

Cuando expresamos una opinión -mi opinión-, casi siempre decimos ‘yo’ creo, ‘yo’ concluyo, ‘yo’ sé, o alguna declaración parecida; ‘yo’ es el pensador, el erudito, el sabihondo… Las opiniones son pensamientos y ‘mis’ pensamientos son fruto inevitable de todos los conocimientos, condicionamientos, creencias y experiencias que se han acumulado en nuestro cerebro desde cuando éramos niños, la gran mayoría de ellos sin que ‘yo’ autorizara, interviniera o me diera cuenta. Poco o nada memorizamos de nuestros tempranos años de infancia porque el rompecabezas del ‘pensador’ apenas se estaba armando y, en consecuencia, el ‘yo’ recordador todavía no existía.

Los registros acumulados en la corteza cerebral edifican las premisas sobre las cuales se fundamentarán nuestras conclusiones, las cuales, a su vez, serán nuevas premisas que reforzarán las preferencias y prejuicios en el ‘yo’ juzgador. Los pensamientos construyen al pensador, y no al contrario. Tales premisas se convierten en una ‘verdad’ que es parte integral del mi ‘yo’; todo lo que discrepe de mi ‘verdad’ –de mi religión, de mi patriotismo, de mi doctrina, de la postura política de mi candidato…- es falso.

Sin necesidad de referirse a registros cerebrales, el filósofo J. Krishnamurti había expresado ideas similares desde décadas atrás: “Puesto que el hábito de pensar de acuerdo con ciertos patrones está grabado en nuestra mente, cualquier intento mental de rebelarnos contra tales patrones está regido por los mismos, al igual que un prisionero que (sujeto a la voluntad del carcelero) se rebela para solicitar mejor alimentación… pero siempre desde adentro de la prisión”. Y en otro discurso agrega el sabio hindú: “La verdad debemos buscarla en el entendimiento del contenido de nuestra propia mente…”  No podemos pues ser imparciales -no podemos ser libres- dentro de la prisión de nuestros condicionamientos mentales.

Después de alguna charla de J. Krishnamurti, una admiradora se aproximó al sabio hindú para expresar adhesión a sus enseñanzas. “Soy su seguidora incondicional”, dijo ella con intención aduladora. La respuesta del filósofo desconcertó a la espontánea seguidora: “Usted no ha entendido nada de lo que he explicado”.

La imparcialidad solo puede pues surgir cuando llegamos a la raíz de nuestras opiniones, que se encuentra en nuestras creencias y nuestras doctrinas; es de allí de dónde surgen nuestras convicciones inflexibles. La comprensión intelectual de las enseñanzas de Krishnamurti es relativamente sencilla; su asimilación íntima, sin embargo, requiere la observación cuidadosa y permanente de los mecanismos y artimañas de nuestra mente para llegar hasta los orígenes de nuestros sesgos y prejuicios. Solo entonces podremos calificarnos de imparciales. Antes de ello, seremos apenas seguidores incondicionales. Así presumamos de objetivos.

 

Gustavo Estrada
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domingo, 11 de mayo de 2014

Ego y espíritu


Los vocablos ‘ego’ y ‘espíritu’, definidos como ‘sentido de identidad’ y ‘alma racional’, respectivamente, tienen mucho más en común de lo que parece a primera vista. El ego -la consciencia de ‘yo’, ‘mí’, ‘mío’ y ‘mismo’- es un término de psicología y de las religiones de la India; el espíritu es una esencia individualizada y sobrenatural para casi todos los demás credos. En los idiomas de los textos antiguos del budismo y el hinduismo, espíritu y ego son una única palabra (‘attá’ en pali, ‘atman’ en sánscrito) con los dos significados (como ‘to be’ en inglés que, según la frase, se traduce como ‘ser’ o ‘estar’).

El ego, el resultado de un súper-complejo software neuronal, es el proceso mental por el cual un individuo sabe quién es él y quiénes son los demás. El ego, para el budismo, es un compuesto de cinco agregados -el cuerpo, las sensaciones, las percepciones, los condicionamientos mentales y los conocimientos- que en conjunto nos crean la ilusión de una individualidad autónoma. El espíritu o alma, para otras religiones, es una entidad sobrenatural independiente, dotada de razón, que de alguna forma nos sobrevive después de la muerte.

El ego como fenómeno mental es el precursor del alma como creencia; el alma es el ego eternizado o, mejor aún, es el ego auto-eternizándose. El alma es pues una creación del ego; su eternidad ficticia es tanto la extrapolación mental del instinto de supervivencia codificado en nuestros genes como el apaciguamiento del terror a la muerte mediante la negación de nuestra transitoriedad.

La historia del alma es casi tan antigua como la del ser humano. Las tumbas del Valle de los Reyes en el Alto Egipto, que datan de treinta y cinco siglos atrás, son gigantescos monumentos a nuestra ilusión de inmortalidad. Allí fueron sepultados docenas de faraones, con las pertenencias que utilizarían en sus vidas posteriores (y con familiares y sirvientes como acompañamiento opcional).

El Buda, sin embargo, enfatiza que carecemos de esencias inmortales. Dice el Sabio: “El cuerpo, las sensaciones, las percepciones, los condicionamientos mentales y los conocimientos deben ser considerados, individual y colectivamente, como algo que no es mío, algo que no soy yo, algo que no contiene un espíritu autónomo”. La mezcla de ingredientes temporales no puede conducir a un compuesto eterno.

El sentido de identidad es fruto de la evolución por selección natural para la supervivencia individual y la de la especie. En el ensamblaje neuronal del ego, sobre todo durante nuestros primeros años, codificamos incontables condicionamientos negativos y prejuicios innecesarios que inflan nuestro yo. Cada que nos apegamos a algo, adquirimos un habito insensato, desarrollamos un temor infundado o adoptamos una creencia ilógica estamos abultando el ego.

Volvamos ahora al espíritu. Cuando muchacho, en mis clases de historia sagrada, siempre me extrañó la frase con la cual Jesús de Nazaret abre su bellísimo Sermón del monte: “Bienaventurados los ‘pobres en espíritu’, porque de ellos es el reino de los cielos”. “¿Qué es pobreza en espíritu?”, pensaba yo.

Según eruditos modernos, pobre en espíritu se refiere a pobre en ego, alguien humilde de ego disminuido. Tal explicación alinea a la primera bienaventuranza de Jesús con la ilusión del ego que establece el Buda. Dice Juan Pablo II en una homilía del año 2000: “Los pobres en espíritu son aquellos cuyos corazones están libres de prejuicios y condicionamientos". (Esta frase bien podría haber sido pronunciada por el Buda). Y agrega el recién santificado pontífice: “La adhesión a la voluntad divina supone el desapego coherente de sí mismo”, esto es, el desprendimiento del ego.

La interpretación neo-cristiana de la primera bienaventuranza recomienda pues el desapego de nuestra identificación a través de la aceptación de la voluntad de Dios. El Buda, por su parte, sugiere la reducción del ego mediante la práctica de la meditación de la atención total.
En este orden de ideas, los seguidores de Jesús que ‘empobrezcan su espíritu’ entrarán al reino de los cielos; los seguidores del Buda que disminuyan sus egos abrirán su mente para que les llegue espontáneamente la armonía interior. Las dos alternativas, en apariencia contradictorias, se tornan equivalentes cuando nos percatamos de que cielo e infierno están ambos aquí en la tierra.

Gustavo Estrada
www.harmonypresent.com
Atlanta, Mayo 2. 2014