viernes, 28 de marzo de 2014

¿Pueden los ateos ser espirituales?

Diana Nyad no solo es la extraordinaria atleta que a los 64 años nadó los 177 kilómetros que separan La Habana de Key West, Florida, en 53 horas –casi un metro por segundo- sino también la escritora de tres libros, periodista de radio, conferencista motivacional, atea sensible y respetuosa y, en algún momento de su juventud cronológica, la número trece entre las mejores jugadoras de squash en Estados Unidos.
En una entrevista con Oprah Winfrey poco después de su hazaña en el Caribe, la nadadora dio una explicación de Dios que bien podrían examinar muchos creyentes, y la célebre presentadora y productora de la televisión norteamericana hizo un comentario que enfureció a más de un ateo.    
Dijo la deportista: “Puedo pararme en una playa con el más devoto religioso, sea cristiano, judío, budista…, llorar con la hermosura de este universo, y sentirme conmovida por la humanidad toda. Para mí, Dios es la humanidad y el amor a la humanidad.” El comentario de la devota Oprah al respecto fue lo que fastidió a los incrédulos: “Si usted aprecia el asombro, la maravilla y el misterio, yo no la considero atea”.
Tal vez con su frase la presentadora quiso enfatizar su propia religiosidad pero también pudo ser la oportunidad que ella vio en las palabras de la entrevistada para incomodar a los ateos quienes, comúnmente intelectuales, aumentarían con sus críticas el ‘rating’ de sus programas. Unos cuantos inconformes mordieron el anzuelo y reaccionaron con enfado.
A manera de ejemplo, Chris Stedman, humanista de Harvard, escribió en un blog de CNN: "La respuesta de Oprah Winfrey puede haber sido bien intencionada pero con ella borró la identidad atea de Diana Nyad, sugiriendo la incapacidad de asombro de los no religiosos -algo totalmente falso- que, para muchos ateos como yo, resulta ofensivo”. La mayoría de los ateos, sin embargo, no le paró bolas a la animadora; tales aseveraciones poco afectan a quienes, creyentes o incrédulos, son tolerantes con las opiniones ajenas.
Volviendo a Diana Nyad, impresionan la sensibilidad y la tolerancia que demostró en la entrevista. “De la creencia en una divinidad”, dijo, “se infiere la realidad de una presencia, de un creador o de un supervisor de nuestros actos; (a pesar de mi discrepancia) yo no critico a nadie porque nunca conoceremos la definición de la vida”. La atleta negó la incompatibilidad entre ser atea y ser espiritual: “Alguien puede ser ateo, y como tal objetar la presunción de un ser primordial, creador y vigilante de todo esto,” enfatizó. “No obstante, siempre hay espiritualidad, porque nosotros los humanos, nosotros los animales, -tal vez hasta podemos incluir a las plantas-, todos vivimos con algo que es apreciado y podemos percibir la riqueza que ello conlleva”.
Dos enunciados adicionales apoyan los razonamientos de la deportista. “Espiritualidad es nuestra conexión finita con lo infinito, nuestra experiencia temporal de lo eterno y nuestra aproximación relativa a lo absoluto” escribe con profundidad el filósofo contemporáneo francés André Comte-Sponville. “Espiritualidad es nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta”, dice Jason Lanier, el científico norteamericano de la computación y uno de los pioneros de la realidad virtual.
La espiritualidad, según las tres definiciones, nada tiene que ver con la adhesión a grupos o causas. Los sufijos ‘ista’ e ‘ismo’, utilizados para múltiples propósitos (futbolista, consumismo), pueden volverse belicosos cuando reflejan afiliaciones. Al declararnos ‘istas’ (islamistas, racistas, socialistas…) o asociarnos con un ‘ismo’ (ateísmo, cristianismo, nacionalismo…) estamos separando, diferenciando, predefiniendo. Cuando dejamos las doctrinas y las creencias a un lado, estamos igualando, integrando, abriéndonos a la experiencia.
Espiritualidad, para consolidar y resumir, es nuestro asombro ante los incomprensibles misterios de la vida, la consciencia, la belleza y la inteligencia, y nuestra admiración misma por existir como una porción infinitesimal, evolucionada dentro de un cosmos extraordinario, cuyas leyes jamás comprenderemos por completo. No necesitamos, definitivamente no, creencia metafísica alguna para asombrarnos, maravillarnos o ser espirituales.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’

martes, 11 de marzo de 2014

¿Somos racionales cuando compramos?

El ‘Homo economicus’, una noción aceptada por varias escuelas económicas hasta hace poco, está en vía de extinción. O, mejor dicho, tal expresión jamás debió haber visto la luz académica. Los humanos, sostuvieron los partidarios del ‘Homo economicus’, dizque somos racionales en nuestras decisiones financieras, buscando maximizar la rentabilidad cuando vendemos artículos y la relación beneficio/costo cuando los adquirimos. Pues no es así, sobre todo cuando andamos de compras.
Los consumidores somos, en verdad, medio bestias en nuestras decisiones financieras pues en ellas pesan más otras consideraciones distintas de la razón. Ni cortos ni perezosos, los expertos en mercadotecnia del siglo XXI están sacando generosa ventaja de esta incoherencia. ¿Podemos hacer algo al respecto? Pues sí: Debemos tomar consciencia de nuestra compulsión compradora y observar con atención la manipulación escondida en la publicidad.
Para verificar tal irracionalidad, los investigadores han efectuado centenares de experimentos. En uno, a manera de ejemplo, las preguntas “¿cuánto pagaría por un seguro de cien mil dólares en caso de muerte en una acción terrorista?” y “¿cuánto pagaría por un seguro del mismo valor en caso de muerte por cualquier causa?” fueron formuladas a dos grupos diferentes. Los encuestados del primer grupo ofrecieron cifras mucho mayores que los del segundo, a pesar de que el riesgo involucrado en aquel caso era muchísimo menor.
Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, con su aclamada Teoría prospectiva, formulada en 1979, fueron los enterradores del ‘Homo economicus’. Mediante la inclusión de factores emocionales (como la aversión a las pérdidas y el miedo), el nuevo modelo representa mejor las decisiones comerciales de la vida real que las teorías utilitaristas vigentes hasta entonces. Los modelos anteriores, centrados en ‘individuos sensatos’, se basaban en decisiones ‘frías’, posibles de optimizar, pero excluyentes de consideraciones psicológicas.
Aunque la formulación de la Teoría prospectiva es compleja, las implicaciones que nos interesan ahora son simples. Según el doctor Kahneman, nuestras decisiones comerciales giran alrededor de dos formas de razonamiento, conocidas como sistema 1 y sistema 2. Mientras el sistema 1 es intuitivo, automático, rápido y primordialmente inconsciente, el sistema 2 es analítico, deliberado, lento y consciente.
El sistema 1 reconoce la amabilidad de una cara, completa la frase “la capital de Francia es…” y sabe sin pensar cuanto es siete por cuatro. El sistema 2 entra en acción cuando llenamos un formulario tributario, queremos multiplicar diecisiete por catorce, o debemos nombrar la película que ganó el último Oscar. (¿Cambiarán los teléfonos inteligentes estos conceptos?).
¿Cuál de los sistemas rige nuestra conducta? Mientras el sistema 1 se quedaría callado ante la pregunta, el sistema 2 respondería que es él quien manda. No es así, sin embargo. El sistema 2 es lento, se cansa con facilidad y se obnubila con frecuencia. Aunque el sistema 2 se entromete en casi todo, nuestras determinaciones importantes (prioridades, cultura, romance, entretenimiento…), las toma el sistema 1. Como si fuera poco, también las pequeñas decisiones de la rutina diaria (la ropa a ponernos, el cambio de carril cuando conducimos, la hora de irnos a dormir, el bocado adicional cuando ya estamos repletos…) provienen principalmente del sistema 1.
Es al sistema 1 a quien los publicistas quieren conquistar; ellos no están interesados en comunicarse con el sistema 2 (eso se lo dejan a los columnistas).  “Los anuncios inspirados por los hallazgos de Kahneman’, dice la revista ‘The Economist’, “favorecen a las emociones por encima de la información, le prestan más atención al propósito de la marca que a sus productos, y explotan la predisposición del sistema 1 para reaccionar a señales sutiles”.  “Muchos anuncios, cargados de ‘información’ que en teoría apuntan a la lógica”, sostiene el doctor Kahneman, “están realmente jugando con las emociones”.
Desde tiempo atrás sabíamos que las propagandas quieren vendernos artículos innecesarios. (Los políticos y los genios naturales de la mercadotecnia conocían intuitivamente que la racionalidad no prima en nuestras decisiones). El bombardeo publicitario continuo que ahora recibimos a través de laptops, tabletas y teléfonos inteligentes, personalizado además hacia nuestros intereses, va a reforzar nuestra estupidez comercial. ¡Tendencia lamentable esta!  
Poco podemos influir sobre la manera como los demás gastan. La atención permanente a nuestra irracionalidad compradora, por otra parte, sí está dentro de nuestra zona de influencia. La observación cuidadosa de nuestros deseos consumistas, ahora manipulados por software especializado, deberá permitirnos ver siempre la luz amarilla, que nos sugiere ‘cautela’ y a veces la señal roja, que nos ordena ‘deténgase’.


Gustavo Estrada
www.harmonypresent.com

viernes, 22 de noviembre de 2013

Desaprendizaje y transformación personal


La transformación personal es responsabilidad exclusiva de quien quiere transformarse; ‘el aspirante a ser otro’ tiene que hacer o dejar de hacer, por sí mismo, todo lo que el cambio le demande. Nos toma muchos ensayos de alternativas antes de que esta elemental enseñanza se vuelva ‘nuestra’; creo que todos en algún momento nos declaramos ‘buscadores’ de algo diferente, así no tuviéramos remota idea de lo que andábamos buscando: ¿La felicidad? ¿El éxito? ¿El sentido de la vida? ¿El maestro que decidiera por nosotros? ¿El santo que nos enviaría al cielo?

La meta recóndita e indefinida que yo perseguía no la encontré en ninguno de los numerosos cursos, libros y recovecos donde me metí; cuando no se sabe para dónde va pues allá no llega. En mis exploraciones, eso sí, me divertí sobremanera -la búsqueda misma fue entretenida- pues casi siempre asimilé alguna enseñanza puntual u obtuve algún beneficio interesante. La lección principal, tan importante como paradójica, que saqué de todo estos entrenamientos, sin embargo, no estaba en la publicidad de turno pues era contraproducente para los promotores de los programas o textos. La ‘verdadera’ transformación personal no resulta de estudiar, seguir instrucciones o adquirir nuevos conocimientos sino de olvidar, dejar de hacer cosas y desaprender nuestras reacciones automáticas.

El desaprendizaje, que ocurre en la medida que sacamos de nuestra cabeza las formaciones mentales perjudiciales, hace espontánea la transformación. Las formaciones mentales perjudiciales -todos aquellos condicionamientos dañinos que adquirimos a lo largo de nuestra existencia- son de dos clases: La primera la componen los deseos intensos de lo que carecemos o de lo que queremos tener más (posesiones, poder, prestigio, sexo, entretenimiento, conocimientos…); la segunda, las aversiones hacia lo que real o imaginariamente nos rodea (personas desagradables, amenazas, enfermedades, soledad, corrupción, ineficiencia, inmundicia…). Las formaciones mentales perjudiciales conforman nuestro ego redundante.

Las formaciones mentales provechosas, la otra cara de la moneda, son los apetitos naturales (como alimentarnos cuando tenemos hambre) y los temores razonables (como protegernos cuando hay peligro) que favorecen nuestra supervivencia y la de la especie, y que constituyen nuestro ser esencial.

La verdadera transformación ocurre en la observación atenta, imparcial y permanente de nuestra vida a medida que se desenvuelve. Así desaprendemos y silenciamos los condicionamientos dañinos, nos liberamos de la tiranía del ego redundante y comenzamos a vivir desde nuestro ser esencial. (Para los fáciles de condicionar, como este columnista, esto es menos sencillo de lo que suena). Desde el ser esencial, comemos únicamente cuando tenemos hambre y nos calmamos tan pronto los peligros han pasado.

Si el ego redundante nos gobierna, reinan el caos y la confusión: antojos superfluos y disgustos inútiles, adicciones y fobias, obsesiones y odios. Cambiar es convertir algo en otra cosa, es dejar una situación para escoger o crear una distinta. Si nuestra mente, en manos del ego redundante, está caótica y confusa, no puede dirigir una transformación provechosa.

Cuando actuamos desde nuestro ser esencial, por otro lado, hacemos exactamente lo que tenemos que hacer a todo momento, volviendo innecesarios los cambios dirigidos. Con nuestro ser esencial al mando, fluimos en armonía con la vida y podemos seguir al pie de la letra la sabia exhortación con la cual Anthony de Mello, sacerdote jesuita y guía espiritual, cerró su último taller vivencial mes y medio antes de su muerte: “No intentemos cambiar nada -ni a nosotros mismos, ni a los demás, ni al mundo- y todo cambiará maravillosamente, a su tiempo y a su manera”.

Gustavo Estrada
 
 

viernes, 21 de junio de 2013

Las opiniones sesgadas causan sufrimiento

Los deseos desordenados y las aversiones son condicionamientos mentales, registrados en nuestro cerebro sin que siquiera nos demos cuenta, que se activan automáticamente en respuesta a ciertos estímulos; conocidos como formaciones mentales perjudiciales en la terminología budista, estos condicionamientos nos generan necesidades falsas o temores ficticios. Los deseos desordenados son formaciones mentales ‘demandantes’ que nos antojan de objetos innecesarios. Las aversiones son formaciones mentales ‘repelentes’ que nos hacer rechazar personas o cosas que nos rodean. Las formaciones mentales perjudiciales son grilletes que nos encadenan al sufrimiento.

Estas formaciones, sin embargo, no son nuestros únicos yugos. La adhesión a opiniones sin fundamento es otra forma de amarrarnos al sufrimiento. Las opiniones sesgadas son toda esa gama amplia de creencias y doctrinas que adoptamos ‘porque sí’ y que carecen de apoyo racional verificable. Nuestro apego a las opiniones infundadas las convierte en ‘nuestras’ posesiones mentales.

A diferencia de los bienes materiales, nadie puede robarnos las opiniones; no obstante, estamos siempre dispuestos a defenderlas cuando no a propagarlas: Mientras más ferviente la creencia, más férrea será nuestra acción. Las opiniones -religiosas, políticas, raciales, deportivas o sectarias de cualquier índole- obnubilan la razón, confunden el lenguaje y alteran el comportamiento.

Los apetitos básicos (de comida, agua o sexo) provienen de necesidades biológicas; los temores razonables a peligros reales (pistolas, depredadores o calamidades) son los mecanismos neuronales auto-codificados que protegen nuestra supervivencia. Las opiniones, en cambio, no satisfacen ningún requerimiento vital; no existen opiniones ‘naturales’ desarrolladas por el código genético o adquiridas como protección biológica.

Cuando un sesgo se posesiona en nosotros, sin embargo, consideramos interesante cualquier planteamiento que concuerde con nuestros prejuicios y experimentamos aversión contra cualquier opinión que contradiga la nuestra. En el primer caso, buscamos la compañía de quienes comparten nuestra ‘sabiduría’. En el segundo, el poseedor de opiniones enfrentadas es nuestro potencial enemigo.

Las personas prejuiciadas son incapaces de reconocer sus contradicciones o falacias pues su estructura mental les ofusca su visión. Ellas piensan que el color de su cristal es el único existente. No es posible explicar ‘verde’ a alguien que sólo ve ‘amarillo’ y su reacción siempre será: "No entiendo cómo usted no ve la amarillez en mi punto de vista”.

Las opiniones sesgadas son también formaciones mentales perjudiciales y dominantes con un impacto negativo en nuestros razonamientos. En cualquier análisis, las opiniones sesgadas son más destructivas que unos datos deficientes o una capacidad analítica limitada. Dice el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (los paréntesis son agregados): "Las opiniones preconcebidas bloquean el hallazgo de la verdad con mayor efectividad que las falsas apariencias promotoras del error (información dudosa) o que los recursos débiles de razonamiento (falta de sentido común)".

Cuando buscamos exactitud y confiabilidad, la influencia dañina de datos inciertos o lógica deficiente se desvanece en comparación con las distorsiones creadas por los puntos de vista sesgados. Una revisión cuidadosa de los procedimientos seguidos en una evaluación, sea por terceros o por la misma persona que efectuó el análisis, permite siempre detectar las anomalías en datos o lógica. No es así cuando llegamos a conclusiones a través de opiniones sesgadas, pues nos volvemos incapaces de reconocer nuestros propios errores o de aceptar el asesoramiento correctivo que nos puedan brindar terceros. Solamente consideraremos ‘correctas’ aquellas opiniones que coincidan con la nuestra.

La gente rara vez cambia de opinión; mientras más sesgado el prejuicio, más difícil su modificación. Esta resistencia es particularmente evidente en el campo de las creencias religiosas y las doctrinas políticas. No sucede así en las ciencias naturales. A medida que avanza el conocimiento, los puntos de vista científicos evolucionan y reemplazan los modelos obsoletos.
Las personas con opiniones opuestas siempre tendrán imágenes diferentes de una misma realidad; ellas ven el mundo exclusivamente a través de los ojos mentales de sus propias opiniones. Sin lugar a dudas, los puntos de vista sesgados son el peor obstáculo para la verdad en cualquier territorio. Y ese no es el peor problema. Lo realmente grave es que las opiniones sesgadas, además de llevar al sufrimiento individual, son la raíz del fanatismo del cual surge inevitablemente la violencia social.

Gustavo Estrada
Autor de "Inner Harmony through Mindfulness Meditation"
gustrada1@gmail.com

lunes, 10 de junio de 2013

El surgimiento de la armonía interior


Armonía interior es un estado de ánimo que nos permite vivir en calma y actuar con serenidad, aún en medio de situaciones difíciles. La armonía interior no es la ausencia de problemas complicados ni de las emociones negativas asociadas con ellos; tampoco es la demostración continua de entusiasmo o de buen humor. La armonía interior no son ni sonrisas permanentes ni expresiones constantes de autoconfianza u optimismo. Esta cualidad se manifiesta como una ecuanimidad y un equilibrio que, cuando las contrariedades aparecen, nos permiten desplegar nuestras habilidades hacia acciones correctivas apropiadas, si las hay, o someternos serenamente a la aceptación de la realidad, cuando los problemas carecen de solución.
La armonía interior es un estado positivo -el estado ideal, por cierto- en el cual quisiéramos vivir. Cuando una persona está disfrutando de armonía interior, ella está viviendo bien, ¿qué mejor recompensa para cualquier vivencia? No obstante su atractivo, la armonía interior es paradójica: No existe una ruta con señales inequívocas o una secuencia detallada de pasos que nos permitan alcanzar con certeza tan deseable condición.
La experiencia de la armonía interior es más el resultado espontáneo de una forma de vivir que un objetivo planificado o programable. La gente casi siempre busca metas como el dinero, los amigos, el prestigio o los grados académicos; estos propósitos, aunque pueden llevar al éxito, no necesariamente conducen a la armonía interior. Mientras que la armonía interior es muy diferente del éxito, las dos cualidades no son excluyentes entre sí.
Quienes disfrutan de armonía interior bien pueden obtener riquezas, amistades, fama o títulos, pero tales cosas les llegan de forma natural y no hay frustración alguna si esos efectos no se materializan. A los ojos de los demás, tales individuos son gente exitosa; para sí mismos, ellos están en paz con todo lo que sucede en sus vidas. La armonía interior, que es personal e íntima, no puede provenir de afuera; eso la haría armonía exterior.
A diferencia del éxito, no debemos correr detrás de la armonía interior; cuando perseguimos la armonía interior, la estamos perdiendo. Si no debemos buscar la armonía interior, ¿cómo llegamos a ella? ¿Cómo conseguimos algo tan atractivo si no debemos procurarlo? La respuesta es simple: En lugar de andar detrás de la armonía interior, debemos dirigir nuestras acciones hacia la eliminación de lo que entorpece su aparición, más específicamente, hacia la supresión del sufrimiento, el enemigo ‘declarado’ de la armonía interior y con el cual no puede coexistir.
La palabra ‘sufrimiento’ necesita delimitación pues abarca diversas desazones tales como angustia, ansiedad, desesperación, dolor y aflicción. Sufrimiento es el conjunto de sentimientos negativos generados por deseos desordenados de cosas que nos faltan y por aversiones hacia cosas imaginarias o reales que nos rodean. Si los deseos desordenados y las aversiones son los generadores del sufrimiento, pues esas son las molestias que tenemos que suprimir en nuestras vidas; estas son las raíces que debemos arrancar.
Una metáfora resulta útil para la explicación del tema: La armonía interior es similar al silencio. Ambas circunstancias, en vez de ser el producto de acciones que las generan, surgen de la ausencia de perturbaciones. Cuando hay ruidos en el ambiente y deseamos tranquilidad, entonces nos ocupamos de las fuentes de los sonidos molestos: Apagamos los altavoces, suspendemos la charlatanería, aquietamos a la gente… Una vez controladas las causas de las estridencias, ‘aparece’ entonces el silencio.
Tampoco podemos diseñar o construir armonía interior; no hay instrucciones para producirla. Si queremos armonía interior, debemos actuar sobre las causas de los ruidos mentales que la obstaculizan, o sea, tenemos que destruir las raíces del sufrimiento. Los deseos desordenados y las aversiones son las fuentes de los ruidos molestos; ellos son los altavoces cuyas estridencias perturban nuestra mente. Es necesario apagar los ‘equipos de sonido’ para cortar el origen de la bulla, esto es, los ruidos molestos del sufrimiento. Cuando eliminamos los deseos desordenados y las aversiones, entonces desaparece el estrépito que ellos ocasionan. Es entonces cuando la armonía interior florece espontáneamente.
 


Gustavo Estrada
Autor de ‘Inner Harmony through Mindfulness Meditation

martes, 23 de abril de 2013

¿Es real el cielo?

El limbo, el lugar adonde iban los bebés al morir cuando no habían sido bautizados, fue eliminado por la curia romana en el 2007. El purgatorio, la cárcel temporal donde se pagan los pecados veniales, todavía aparece en el catecismo del 2005 de la iglesia católica. El mismo documento establece que el infierno es un espacio real (aunque no menciona su temperatura) y que el cielo es otro territorio, también real, “nunca visto por ojo alguno ni concebido por ningún corazón humano… Es el sitio que Dios ha preparado para aquellos que le aman”.

Muchas personas que, por diversos traumas, se han aproximado a la muerte, dicen que han estado en o cerca del cielo (nunca en el infierno), y lo describen como un lugar placentero y bello; algunas recuerdan claramente haber atravesado por “un túnel de paz al final del cual se hallaba un ser de luz.” Ahora el neurólogo Eben Alexander, ex profesor de la Universidad de Harvard, sostiene que él también estuvo allí durante un coma profundo por el que pasó hace cuatro años. Numerosos creyentes juzgan tal historia como una prueba contundente de la existencia de dominios celestiales. Nosotros no. Expliquémonos con otro encuentro cercano aunque de diferente tipo.

Hace poco me vi con Fernando (he cambiado su nombre), recién recuperado de una ‘muerte’ cerebral que, según sus médicos, lo tuvo ‘ido’ durante ocho minutos. “Mi hijo fue secuestrado y posteriormente asesinado. No quise que se escribiera sobre mi tragedia porque ello hubiera matado a mi esposa”, me dijo.

Dos allegados comunes, cuando les comenté la tragedia de Fernando, me aclararon que su hijo ‘fallecido’ reside en el extranjero y que él creó su drama después de su complicado episodio. Los relatos del recuperado paciente, narrados por separado, coincidieron en todos los detalles. Fernando no se ‘inventó’ su cuento; su cerebro lo ‘generó’ con un realismo inobjetable. Algo parecido debió sucederle al doctor Alexander.

“La razón por la cual las alucinaciones son tan vívidas es porque utilizan las mismas conexiones nerviosas que el cerebro pone en acción cuando las experiencias son reales”, dice el neurólogo Oliver Sacks, profesor de la Universidad de Columbia.  Ni Fernando ni Eben están diciendo ‘mentiras’; sus ‘sueños’ fueron para ellos hechos auténticos.

La credibilidad del cielo del neurólogo proviene, por supuesto, de su currículo; él mismo examinó los registros de su actividad neuronal y comprobó que su corteza cerebral estuvo paralizada. Para el doctor Alexander, la consciencia existe separada del cerebro y fue su ‘consciencia’, una entidad espiritual, la que visitó el cielo cuando él ya estaba fuera de este mundo.

La fantasía del distinguido paciente, sin embargo, ocurrió después de que su cerebro recuperó funcionalidad; sus recuerdos quedaron nítidamente grabados en circuitos neuronales que no conservaron la hora. Es obvio que el científico no pudo cotejar sus memorias, minuto a minuto, con el tiempo marcado por los instrumentos clínicos. (Si quisiéramos saber cuando ocurren nuestros sueños, necesitaríamos despertarnos e inmediatamente mirar el reloj).

No pretendemos convencer a los creyentes de la inexistencia de los paraísos ‘post mortem’; la opinión fervorosa de los devotos es muy difícil de modificar con razonamientos. “La fe no necesita de pruebas científicas”, dice la maestra espiritual norteamericana Marianne Williamson.

Tampoco queremos negar el cielo o la consciencia inmaterial. Nosotros nos atrevemos a lanzar hipótesis que a los espiritualistas deberían gustarles: El cielo podría estar localizado dentro de la misteriosa materia oscura y la consciencia podría ser una manifestación de la también extraña energía oscura. Los académicos conocen la realidad de estos fenómenos (la materia y energía oscuras constituyen el noventa y cinco por ciento de universo) pero carecen de teoría alguna para poder explicarlos.

Lo que sí tenemos claro, por otra parte, es que las alucinaciones no sirven para demostrar ninguna suposición. Las extrañas experiencias del doctor Alexander -y las de todos los que han recorrido el túnel placentero- no deberían jamás utilizarse como argumentos en favor de fenómenos sobrenaturales. Los sueños, sueños son.


Gustavo Estrada

viernes, 29 de marzo de 2013

De la fe a la violencia

La distancia entre la adhesión firme y bien intencionada a creencias insensatas y el uso de la fuerza para imponerlas a terceros es más corta de lo que nos imaginamos. Con sobrada razón, los pacifistas de algunas religiones juzgan como fanáticos irracionales a los adeptos de otras cuando estos delinquen en favor de su causa. No obstante, estos mismos pacifistas rehúsan aceptar que en sus propias creencias ficticias yace escondida la semilla de la violencia.

El terrorismo islamista es el que más dolor ha causado a la humanidad (y a este columnista) en las décadas recientes. “¡Qué barbaros fanáticos!”, clamamos quienes nos educamos en la cultura católica. Debemos, sin embargo, observar detenidamente nuestras creencias y ver cuánto hay en nosotros mismos del fanatismo ajeno.  Acudo para explicarme a dos relatos, desconectados entre sí, que me contaron mis padres en mi adolescencia.

Mi madre en su juventud conoció en Tuluá (Valle) a un devoto y apacible joven católico. Su nombre, León María Lozano, fue mucho menos conocido que su alias, el Cóndor, con el que años después se hizo tristemente célebre durante la violencia política colombiana del siglo pasado. Dadas la alucinada interpretación de sus convicciones religiosas y su adhesión incondicional al partido conservador, los dirigentes políticos de su pueblo no requirieron de mucho esfuerzo para que el ‘bondadoso cristiano’ participara sanguinariamente en el exterminio de ciudadanos liberales; la destrucción de librepensadores ateos bien cabía dentro de los mandamientos de la Ley de Dios y de las reglas de su religioso partido.

El otro evento lo contaba mi padre sobre algo que escuchó directamente de un sectario sacerdote en Ansermanuevo (también en el Valle). Según este ‘pastor’, asesinar liberales sí era pecado contra el quinto mandamiento pero tal falta apenas llegaba a pecado venial y, por lo tanto, no necesitaba confesión.

Historias semejantes abundaron en Colombia; refiero estas dos porque me fueron cercanas. En la violencia colombiana, hubo muchos destacados políticos y educados prelados que interpretaron a su amaño las doctrinas de su preferencia para manipular a sus ignorantes seguidores y perseguir a quienes entorpecían sus desmedidas ambiciones.

El fanatismo, por supuesto, no solo se fundamenta en hipótesis metafísicas. Nunca vi tantas efigies de santos como las que se exhibían de ‘San’ Vladimir Lenin en el Moscú que visité en 1974. Según los comunistas, la transformación económica y el progreso solo se consiguen a través de la lucha de clases y esta lucha solo termina cuando desaparecen las diferencias sociales. La sociedad sin clases es el cielo de los camaradas; los fracasos rotundos y continuados de numerosos regímenes comunistas no les alteran en nada la percepción de sus erróneas doctrinas. El advenimiento al edén marxista terrenal es similar a de los imaginarios paraísos islámicos; todo es lícito y tolerable en el viaje celestial de la extrema izquierda, incluidos el odio y la violencia.

Fueron muchos los sacerdotes que empuñaron las armas en su lucha contra la desigualdad social. “El amor al pueblo lo aprendí en el evangelio; no debemos perder en escaramuzas lo que podemos ganar en batallas,” escuché de boca del padre Camilo Torres, dos años antes de echarse un fusil al hombro y morir en su primer encuentro con el ejército. El brillante y confundido sacerdote nunca alcanzó a matar a alguien… Pero estaba dispuesto a hacerlo.

Las creencias sectarias irracionales son el comienzo del terrorismo y la violencia. Jamás los seres humanos nos iremos a la guerra en defensa de las leyes de Newton o del teorema de Pitágoras; si, en cambio, mataremos por nuestra lealtad a un dios, el color de un trapo o la resonancia de una consigna.
No hay diferencia alguna entre un prelado terrorista como el de Ansermanuevo y un clérigo musulmán que incita a la guerra santa. Ambos son firmes creyentes en hipótesis cuyo único soporte es la fe ciega, ambos justifican la violencia… Y ambos consideran reales a seres mitológicos como el arcángel Gabriel.

Gustavo Estrada