miércoles, 5 de septiembre de 2012

La evolución de Dios *

La noción humana de la Divinidad es cambiante, tanto de una religión a otra como dentro de una misma doctrina, y ha evolucionado desde cuando Dios creó al hombre (o desde cuando este último se inventó a los seres metafísicos). Incluso el ateísmo es una transformación de Dios pues primero hubo creyentes y después, en contra de ellos, surgieron los ateos. Las evoluciones han sido de tal magnitud que el entendimiento actual de la naturaleza de Dios poco tiene que ver con las ideas originales de los profetas elegidos.

En su remoto comienzo los dioses fueron numerosos y tenían una amplia gama de poderes y denominaciones; cada clan adoraba a su propio conjunto de ídolos. Hace unos tres milenios, en una especie de reingeniería celestial, todo eso comenzó a cambiar. Con Moisés a la cabeza, y con la posible asesoría de su contemporáneo el faraón Amenofis IV (el inventor del monoteísmo), los israelitas redujeron las multiplicidades teológicas a una sola Divinidad. Jehová fue el nombre que el gran Profeta le asignó a esta todopoderosa Deidad.

Según el ex jesuita Jack Miles, este omnipotente y omnisapiente Jehová nada tiene de inmutable. En su libro Dios: Una biografía, el escritor norteamericano analiza a Jehová como protagonista central de la Biblia Hebrea -el Tanaj, equivalente al Antiguo Testamento cristiano- y concluye que, en su relación con el hombre, el Creador que debuta en el Génesis pronto se convierte en cuasi-destructor, y después juega papeles tan diversos como guerrero sediento de sangre, protector de los oprimidos, libertador, legislador, azote y penitente.

Con la encarnación de Dios en su hijo Jesucristo, la aparición del Espíritu Santo y el consiguiente misterio de su Trinidad monoteísta, el cristianismo aporta también, desde la perspectiva del Nuevo Testamento, su importante cuota de evolución divina. Y ni se digan los cambios que seis siglos después traería el islam.

¿Qué nos depara la era moderna? Las interpretaciones humanas de Dios nunca llegarán a un punto final. Me gustan, por ejemplo, el Dios del filósofo Baruch Spinoza –la armonía de todo lo que existe-; El del biólogo norteamericano Stuart Kauffman -la incesante creatividad misma del universo, la biósfera y la vida humana-; y El del Físico Albert Einstein - un espíritu infinitamente superior que se revela en lo poco que podemos comprender de la realidad-.

Como la lista de opciones se haría interminable, prefiero completar esta nota con dos referencias anecdóticas, tomadas del séptimo arte, que representan, por la actualidad propia del medio donde ocurren, dos tendencias características de la Divinidad contemporánea.

La primera reseña es de Avatar, la laureada película de James Cameron. Antes de la batalla definitiva de los habitantes de Pandora contra los invasores terrícolas, Jake, de rodillas, implora a la Madre Naturaleza por la victoria. Su novia Neytiri lo reconviene con afecto: “La Gran Madre no toma partido; ella solo protege el balance de la vida”.

El segundo diálogo es de la taquillera cinta sueca Tierra de ángeles. En un altercado entre un intransigente pastor luterano y su esposa, aquel reconviene a esta por algo que “Dios no le va a perdonar”. “Dios no perdona”, responde la inconforme mujer, poniendo aún más furioso al ofendido clérigo: “¿Cómo te atreves a decir eso?”, le grita el pastor. “Dios no perdona”, insiste ella, ahora cariñosamente, “porque Dios jamás ha condenado”.

Ambos diálogos son más dicientes que muchas definiciones. Vemos allí dos directrices de la noción moderna de Divinidad: Un Principio Supremo que no toma partido por ningún bando y un Creador que jamás condena a sus criaturas. Hacia allá, juzgo yo, está evolucionado la concepción de Dios en el tercer milenio.

 
Gustavo Estrada


martes, 7 de junio de 2011

Códigos universales y justos merecidos

Leí hace poco la novela “Los hombres que no amaban a las mujeres”, la primera en la denominada trilogía Millenium del escritor sueco Stieg Larsson. Me gustó tanto que resolví ver la secuencia cinematográfica con el mismo nombre; también encontré bien entretenida la película.

Tres episodios encadenados -un asalto sexual a Lisbeth Salander (la protagonista), una segunda violación que ésta “busca” y video-graba, y su venganza despiadada- dieron origen a esta nota. Confieso que tanto en la novela como en la película sentí complacencia cuando Lisbeth le propina al malvado su justo merecido. ¿Es la sanción social a los perversos la expresión de un código universal o, más bien, el resultado de una evolución cultural? En cualquier caso, cuando la justicia se impone, los humanos experimentamos placer.

Los justos merecidos son apenas un capítulo de “Explicando la religión”, un proyecto internacional e interdisciplinario que durará tres años. Recientemente “The Economist”, la prestigiosa revista inglesa, cubrió los hallazgos iniciales de la investigación. Los macro-objetivos de “Explicando la religión” son el análisis de las variantes genéticas y culturales en las tradiciones religiosas y el entendimiento de los mecanismos que sostienen las conductas y las creencias religiosas.

En casi todos los credos hay premios a los virtuosos y castigos a los trasgresores. Para estudiar las sanciones terrenales casuales -los justos merecidos en esta vida- el filósofo y biólogo Nicolas Baumard, uno de los científicos participantes en el programa, armó un grupo de voluntarios que tenían que expresar su juicio sobre un relato de dos escenas con algunas variaciones.

En el primer acto, un mendigo solicita una limosna de un transeúnte; algunas veces éste se disculpa de manera cortés, en otras se comporta ofensivamente. En el segundo acto, el tacaño personaje se cae por un tropezón, un golpe de un vehículo o una zancadilla del indigente. Tras leer cada relato, los participantes debían juzgar la conexión, si la hubiera, entre las dos escenas: ¿Fue la caída del peatón ocasionada por su comportamiento con el mendigo? En cada entrevista, el doctor Baumard cronometró el intervalo entre pregunta y respuesta.

Los participantes, en general, no encontraron conexión moral entre los dos acontecimientos. Sin embargo, cuando el comportamiento del transeúnte hacia el mendigo había sido rudo y la caída de aquél había sido accidental, el intervalo para dar la respuesta fue mucho mayor que cuando el peatón había sido cortés o el mendigo había puesto la zancadilla.

Reconociendo que no lo puede comprobar, el doctor Baumard sugiere que el tiempo sustancial adicional tomado por los voluntarios para juzgar los casos “dudosos” refleja la apreciación intuitiva de que los peatones groseros, por arreglos de un destino universal, estarían simplemente recibiendo un adecuado castigo.

La maldad y el consecuente justo merecido en “Los hombres que no amaban a las mujeres” son fruto de la imaginación; los aficionados a las novelas los encontramos entretenidos y nadie sale preocupado de la película. ¿Qué sucede cuando los hechos son reales?

Hace algún tiempo fueron ultimados, en operaciones y continentes separados, dos de los mayores criminales de la historia reciente, Osama Bin Laden en Pakistán y alias el Mono Jojoy en Colombia. Confieso que en ambos casos sentí una silenciosa satisfacción que me invitó a reflexiones. ¿Está bien alegrarse en la muerte de alguien?

La investigación del Doctor Baumard, sin llegar todavía a conclusiones definitivas, aplaca un poco mi desasosiego. Sus primeros resultados dan pistas de que la búsqueda del castigo a los malvados y la consiguiente complacencia por la sanción no son totalmente culturales; la evaluación moral de los actos humanos bien podría tener componentes genéticos.

Hay acuerdo generalizado (si excluimos extremistas fanáticos, sean musulmanes o comunistas) que el mundo está ahora mejor sin esos dos malhechores. Así mismo, y en esto también hay acuerdo, habría muchos menos crímenes en el planeta si no existieran binladenes ni jojoys. Y si esas calañas ni siquiera nacieran, tampoco habría la necesidad de ejecutarlas. Quizás algún día, cuando nadie quiera imponer sus creencias a la fuerza y todos respetemos el derecho ajeno, ambas intenciones podrán hacerse realidad.

Gustavo Estrada

Autor de Hacia el Buda desde el occidente


viernes, 27 de mayo de 2011

Dios, el alma y Einstein

Casi todos los científicos —físicos, astrofísicos, biólogos, genetistas, neurólogos— se inclinan, desde mediados del siglo XX para acá, por la tesis de que el universo, desde el micro-mundo de los quarks, pasando por todas las formas de vida, hasta el macrocosmos de las súper-galaxias, consiste únicamente de materia y energía. Quienes compartimos tal afirmación, desconocemos o nos abstenemos de opinar sobre la existencia de entidades espirituales asociadas con los fenómenos naturales o con los seres vivos, incluidos entre estos, por supuesto, la raza humana.

Los investigadores contemporáneos que admiten la existencia de un Ser Supremo lo desvinculan de cualquier entidad que tome partido, intervenga en los asuntos humanos, haga favores a sus preferidos, persiga a los infieles, otorgue paraísos o imponga castigos a los trasgresores de sus reglas.

Así pensaba Albert Einstein. Para el autor de la teoría de la relatividad Dios no es una entidad distinguible o discernible. Más como filósofo que como científico, el eminente sabio cuestiona las devociones comunes cuando expresa: “Mi religiosidad es una humilde admiración de un espíritu infinitamente superior que se revela en lo poco que, con nuestro entendimiento limitado y transitorio, podemos comprender de la realidad. La moral es de la mayor importancia —pero solo para nosotros, no para Dios—. Yo creo en el Dios del filósofo Baruch Spinoza que se manifiesta en la armonía de todo lo que existe, pero no en un dios que se ocupa él mismo del destino y de las acciones de los seres humanos”.

Como sucede con toda noción abstracta, la afirmación o negación de la divinidad depende de lo que queramos decir con el vocablo. Definido como la armonía del universo, Dios sí existe y es el Orden Natural intrínseco, el gran conjunto de todas las leyes de la naturaleza. Definido como gobernador, gendarme y juez, Dios no existe, no puede existir, y carece de cualquier significado. Las personas de la clase numerosa que creen en este dios y, además, tienen relación directa con él, constituyen una mezcla curiosa de humildad y soberbia: «Soy tan especial que el Todopoderoso no me desampara». Esta devoción parece que ofrece a muchos creyentes cierta dosis de tranquilidad interior y una resignada aceptación de Su voluntad en las situaciones difíciles.

A diferencia de su conformidad con la existencia de un Principio Supremo, Albert Einstein es más explícito cuando expresa su concordancia con la doctrina de que somos temporales y desaparecemos al morir. Dice el ilustre físico: “No podría concebir la idea de un individuo que sobrevive a su muerte; dejemos que las mentes frágiles, por miedo o por egoísmo, acaricien tales divagaciones. Yo estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la consciencia y la visión de la maravillosa estructura del mundo existente, junto con una devota dedicación para comprender una porción, así sea muy pequeñita, de la Razón Divina que se manifiesta en la naturaleza”.

El concepto del alma humana comienza a evaporarse en el pensamiento moderno cuando Charles Darwin publica en 1859 su teoría de la evolución de las especies y nos aclara con brillantez incomparable que no fuimos creados en nuestra forma actual. Para la aceptación generalizada de la nueva hipótesis transcurrieron cien años. Y para que la naturaleza de toda forma de vida fuera reconocida como un fenómeno estrictamente biológico fueron necesarios los asombrosos avances de la genética a partir del descubrimiento de la estructura helicoidal de la molécula de DNA en 1953.

Con Einstein coincide casi todo el estamento científico actual. No hay una esencia etérea dentro, detrás o al lado de nuestro cuerpo; no hay un fantasma en o detrás de la máquina, como dice el filósofo inglés Gilbert Ryle. El ser humano es un organismo material y la vida, en sus diversas expresiones, sean hongos, plantas, animales o seres humanos, está regulada por principios físicos y bioquímicos, así muchos de éstos jamás los logremos entender.


Gustavo Estrada


Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE
y de LA RIQUEZA DE LA INFORMACION

sábado, 23 de abril de 2011

¿Cuál es el sufrimiento que sí podemos eliminar?

En la India, el Buda habló de “dukkha” en idioma maghadi hace veinticinco siglos; en Sri Lanka, la misma palabra fue transcrita a hojas de palma en lenguaje pali cuatro siglos después. “Dukkha” vino a traducirse a idiomas europeos hace apenas unos ciento cincuenta años y entonces se convirtió, con tantos defensores como detractores, en el sufrimiento del budismo occidental.

Entre los labios del Buda y esta nota se han atravesado, además de dos milenios y medio, unos cuantos diccionarios, formales (los más recientes) o solo en la cabeza de los traductores (los más antiguos). Según Jorge Luis Borges, “los diccionarios son repertorios artificiosos, muy posteriores a las lenguas que ordenan. El danés que articulaba el nombre de Thor o el sajón que articulaba el nombre de Thunor no sabía si esas palabras significaban el dios del trueno o el estrépito que sucede al relámpago”. ¿Qué quiso decir entonces el Buda con “dukkha”? ¿Cuál sufrimiento? ¿Sus causas de afuera? ¿Sus consecuencias adentro? Como resulta difícil contradecir a Borges y evitando terciar en polémicas, para proveer alguna luz sobre el vocablo prefiero acudir a tres metáforas de fuentes budistas. Vamos con la primera.

El Buda consideraba que en el mundo hay gente de mente ecuánime (los que han seguido las enseñanzas del Sabio) y gente de mente condicionada (aquellos que sólo viven desde su ego). Unos y otros enfrentan por igual adversidades y contratiempos pero sus reacciones son bien diferentes. Dijo el Buda:

“Los condicionados, cuando tropiezan con alguna desgracia, experimentan pena y dolor, como es natural e inevitable, y después se afligen, se lamentan y se obsesionan con la tragedia que les ha golpeado. Su reacción es como si inicialmente se les clavara una flecha corporal seguida luego por otra flecha mental; esta segunda flecha, más duradera y punzante, termina haciéndoles esclavos del sufrimiento. Los ecuánimes, por su parte, también sienten la pena y el dolor de las desgracias pero, sin afligirse ni lamentarse, pasan de largo por ellas. Ellos también sienten el dolor y la pena de la primera flecha y corrigen las cosas que sean remediables. A diferencia de los condicionados, la segunda flecha no hace blanco en ellos y los ecuánimes nunca se convierten en esclavos del sufrimiento”.

Esta segunda flecha —la que no se clava en los ecuánimes— describe el sufrimiento que el Buda se propone acabar. La segunda flecha incluye todas las insatisfacciones humanas, desde las preocupaciones imaginarias y los bajones de ánimo hasta las amarguras más intensas y dañinas. Ajaan Maha Bua, un monje budista tailandés, lo expresa bellamente en nuestra segunda metáfora: “Sufrimiento es todo lo que nos arruga el corazón”. La opresión que nos ponen las cosas “arrugadoras” determina la intensidad de nuestro sufrimiento.

Hay segundas flechas que parecen carecer de primer dardo o lo tienen escondido. De aquí surge la tercera metáfora cuyo origen se pierde en el tiempo: “En su peregrinación dos monjes Zen llegan a algún sitio empantanado donde una bella joven no se atreve a cruzar por no ensuciar su traje de seda. El monje mayor, sin pensarlo dos veces, levanta a la mujer en sus brazos y la baja tan pronto alcanzan la otra orilla. Tras varias horas de caminar sin pronunciar palabra alguna, el monje más joven rompe su silencio: ‘¿Cómo se atrevió usted a tocar a esa mujer tan hermosa?’ ‘Yo la solté tan pronto crucé el pantano’, respondió el veterano monje. “Usted todavía la lleva cargada’”.

La segunda flecha que nos pincha, el apremio que nos arruga el corazón y la carga que no logramos soltar son el sufrimiento del budismo. Si la palabra “sufrimiento” no la encontramos suficientemente descriptiva de los estados mentales allí asociados pues utilicemos entonces… “dukkha”. Su denominación es secundaria, diría Borges; su eliminación es lo verdaderamente importante, diría el Buda.


Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente

viernes, 24 de septiembre de 2010

Sufrimiento, armonía y budismo pragmático

Sufrimiento emocional es el conjunto de sentimientos negativos producido por los deseos desordenados de lo que se carece (riquezas, sustancias estimulantes, prestigio…) y por las aversiones hacia lo que sí nos rodea (gente, hechos o cosas desagradables). Los miedos recíprocos –los temores a perder lo que ya se posee y los temores de que nos caiga lo que repudiamos– completan el portafolio de las causas para sufrir emocionalmente. Armonía interior es la ausencia de sufrimiento emocional.
El Buda diagnosticó hace veinticinco siglos que el sufrimiento emocional se podía eliminar mediante la supresión de sus causas e hizo de este mensaje el punto focal de sus discursos. Sus enseñanzas, por el fervor de sus seguidores, se desencaminaron hacia una religión, la cuarta más grande del mundo. El budismo pragmático, el subconjunto del budismo que excluye leyendas, ritos y renacimientos, se concentra en el objetivo original de acabar con el sufrimiento emocional, tal como lo propuso el gran Sabio.
El sufrimiento emocional es un sentimiento que, si bien resulta de emociones, no es una emoción. El neurólogo Antonio Damasio hace una distinción sutil entre emociones y sentimientos. Emociones son las reacciones del organismo a ciertos estímulos externos (por ejemplo, una amenaza) o internos (por ejemplo, un recuerdo). Sentimientos son las percepciones de una emoción, esto es, el registro consciente que hace el cerebro de tales reacciones. Aunque pueden ser casi simultáneos, las emociones anteceden a los sentimientos; nosotros nos percatamos de los sentimientos, no de las emociones.
Los sentimientos derivados tienen con frecuencia denominaciones similares a las emociones asociadas pero no es así siempre; una emoción de ira puede convertirse en un sentimiento de euforia. De igual forma, las emociones se “alían” para generar “especies” de sentimientos unificados. El doctor Damasio llama sentimientos de trasfondo (‘background feelings’ en inglés) a los sentimientos que resultan de la percepción de emociones y que producen el tono general de nuestra vida.
Muchos de los sentimientos de trasfondo se manifiestan en dúos opuestos no directamente conectados con las emociones originales: desasosiego, bienestar; tensión, calma; inestabilidad, estabilidad; discordia, concordia. Los primeros rasgos de cada pareja (desasosiego, tensión…) caracterizan el sufrimiento emocional; los segundos (bienestar, calma…), a la armonía interior. Los sentimientos de trasfondo ayudan a definir nuestro estado mental; ellos decoloran o colorean nuestra existencia.
El sufrimiento emocional proviene de toda la gama de insatisfacciones humanas, comenzando con las simples preocupaciones imaginarias, pasando por depresiones y bajones de ánimo, y llegando hasta las amarguras más intensas y dañinas. Allí se encuentran muchas de las emociones nocivas incluyendo, entre otras, ansiedad, angustia, desesperación, odio, celos y envidia. El potencial de cortar el sufrimiento emocional se encuentra en la interfaz de las emociones a sentimientos de trasfondo.
La palabra “sufrimiento”, por sí sola, se refiere tanto a causas físicas como mentales; de ahí proviene la necesidad del calificativo “emocional”. El dolor es sufrimiento físico y es algunas veces inevitable; su tratamiento puede requerir drogas. El sufrimiento emocional es mental, casi siempre opcional y eliminable sin necesidad de medicamentos (excepto en las enfermedades psiquiátricas con una clara base orgánica). El dolor no está en la mira del budismo pragmático; el sufrimiento emocional, sí.
A la armonía interior se llega aplacando deseos y aversiones. “Cuando los deseos desordenados y las aversiones están ambos ausentes, todo se vuelve perfectamente claro”, dijo Seng-Tsan, tercer patriarca chino del Zen. A la armonía interior se arriba indirectamente mediante “la extinción del fuego de los deseos y las aversiones”. (Ésta es la definición budista de “nirvana”). La armonía interior nos surge desde adentro y no depende de factores externos; si así fuera, hablaríamos de armonía exterior. ¬
La eliminación del sufrimiento emocional es pues una tarea personal, sin intervención de maestros o colectividades. La armonía interior no se alcanza mediante la adhesión a ningún credo, la afiliación a ninguna doctrina o el procedimiento de ningún ritualismo. La armonía interior no se persigue; a la armonía se llega espontáneamente después de arrancar las raíces –de silenciar los orígenes– del sufrimiento emocional. Cuando alguien busca la armonía interior en sectas, grupos o ceremonias, podría sin darse cuenta estar renunciando a ella… O, cuando menos, se está arriesgando a hipotecarla.



Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente

lunes, 26 de abril de 2010

Confesión de un ateo budista

El título del libro Confesión de un ateo budista (Confession of a Buddhist Atheist, en inglés; aún no traducido al español) resume tres aspectos de su vida que Stephen Batchelor, el autor, quería compartir con sus lectores: su religiosidad —la confesión es una declaración de creencias religiosas—, su adhesión al Buda, y su ateísmo con el sentido de no-teísmo.
La "confesión" como tal, es un registro detallado de su evolución espiritual, que le lleva a una iluminación de un carácter muy diferente del de "las experiencias místicas ‘estándar’ de inmersión y unificación con el universo". Tal como la relata Batchelor, esta confesión, sincera y casi ingenua, que incluye diez años de vida monástica en la India, Corea y Suiza, describe vívidamente la viabilidad de aceptar la religiosidad de las Enseñanzas del Buda, sin suscripción a los dogmas religiosos de reencarnación y karma y sin renunciar a las cosas buenas y bellas de la vida
En cuanto al segundo punto del título, el “ista” del budista en el cual se convirtió el escritor está mucho más cerca del “ista”" de quienes tocan un instrumento (pianista, violinista) que del “ista” de los seguidores de una doctrina (socialista, comunista) o de los fanáticos de opiniones sesgadas (racista, machista). Usted no necesita de opiniones sectarias para ejecutar el piano o el violín, usted simplemente, si sabe hacerlo, los toca; no es necesario tener un credo especial para ser budista porque ser budista es una experiencia, una forma de vida, una “interpretación musical”. En este libro, el autor, un erudito impresionante, narra su proceso personal y reconstruye la evolución del Buda; ambas travesías son descritas con abundancia de detalles espirituales, históricos y geográficos.
Es bien sabido que en el Canon Pali no aparecen fechas. Sin embargo el autor propone una secuencia cronológica muy interesante de diversos eventos en la vida de Buda; ésta es la primera vez que he leído una propuesta de esta naturaleza. A pesar de que la tarea implica detallado análisis y mucho conocimiento, Stephen Batchelor es lo suficientemente humilde como para decir que la fuente de los datos en bruto ya existía en el Diccionario de términos pali (Dictionary of Pali Terms, en inglés) y que su papel consistió simplemente "la conexión de los puntos". En la realidad, este trabajo fue mucho más que eso y sólo podía ser ejecutado por alguien tan conocedor de las escrituras sagradas budistas como Batchelor.
Para describir sus puntos de vista cosmológicos y teológicos, la última porción del nombre del libro, Stephen Batchelor parece preferir el término "ateísmo" (como no-teísmo, repito), en contraposición a "agnosticismo" (la imposibilidad de conocer la realidad última), y evita utilizar (probablemente a propósito) la palabra "espiritualidad". Encuentro el punto de vista del autor muy cercano a la espiritualidad atea que el filósofo francés André Comte-Sponville define como "nuestra apertura y nuestra conexión con el infinito, lo eterno y lo absoluto." Sea como no-teísmo o como espiritualidad atea, estos planteamientos, renovados y renovadores, tanto de Batchelor y como de Comte-Sponville, son muy necesarias en el confuso mundo moderno que, aunque más secular todos los días, necesita ciertamente alguna forma de espiritualidad. Estos no-teísmos intelectuales conllevan un antiautoritarismo similar al del filósofo indio J. Krishnamurti (que rechaza dogmas y maestros y que Stephen Batchelor de cierta forma considera autoritario) y excluyen el anti-teísmo radical e intransigente de los “richarddawkinses” y los samharrises".
Hay abundancia de anécdotas interesantes y eventos históricos en el libro de Batchelor; ellos cubren desde los tiempos remotos del Buda y de su época (que provienen de los conocimientos y las investigaciones del autor) hasta la era moderna del Dalai Lama (que son el fruto de experiencia directa de Batchelor y de sus interacciones personales).
El entusiasmo del autor por la belleza y la racionalidad de las Enseñanzas le lleva a algunas exageraciones. Dice, por ejemplo, que "aún no encuentra un fragmento del Canon Pali que no agregue luz al conjunto." (Esto me parece exagerado; muchas partes del Canon no sólo son repetitivas y aburridas sino también oscuras y con observaciones en contradicción con otras secciones). Estos son, sin embargo, inconvenientes de menor importancia que de ninguna manera reducen la calidad general de la Confesión de un ateo budista. El libro es excelente no sólo para los recién llegados a las Enseñanzas en busca de direcciones sin afiliación y para los ya religiosos budistas de mentalidad abierta, sino también para agnósticos, ateos, pragmáticos, escépticos y mentes independientes e inquisitivas de todo tipo, a quienes Batchelor ofrece una perspectiva intelectual novedosa.

Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente

miércoles, 31 de marzo de 2010

Rama y Alá

Cuando vemos de nuevo una excelente película, descubrimos en ella sutilezas que antes habíamos pasado por alto. Así me ocurrió recientemente cuando disfruté por segunda vez ¿Quiere usted ser millonario? (Título original en inglés: Slumdog Millionaire), la muy galardonada cinta británica. Comedia y tragedia reunidas, ¿Quiere usted ser millonario? narra las aventuras y desventuras de Jamal, un joven musulmán de las barriadas de Mumbai, desde su temprana y paupérrima niñez hasta su exitosa participación en un adinerado concurso de conocimientos de una cadena de televisión india. El comentario que hace Jamal cuando la pregunta de turno es acerca de Rama, el dios más popular de la religión hinduista, fue el motivador de esta nota.
En Mumbai, la tercera urbe de nuestro planeta, viven casi veinte millones de habitantes, la mayoría de los cuales (68%) son hinduistas con un importante segundo lugar (25%) para los seguidores del islam. Al igual que en otras ciudades de la India, esta pronunciada polarización conduce frecuentemente a violentas luchas religiosas. En nuestra película, durante una asonada hinduista en la barriada donde subsiste Jamal, aún niño entonces, es asesinada su joven madre.
Mientras que los musulmanes adoran a Alá como su único Dios, los hinduistas, más polifacéticos, tienen centenares de deidades; Vishnú, el Omnipresente, con sus numerosas expresiones y reencarnaciones, representa el nivel cumbre de la jerarquía divina. El renombrado Rama, su más importante reencarnación, es siempre caracterizado en sus imágenes sosteniendo en sus manos un arco con sus flechas como armas simbólicas del adiestramiento permanente para batallas campales.
Una de las preguntas que Jamal debe responder durante el concurso es justamente acerca de esos objetos, del arco y de las flechas, que exhibe el Rama mitológico en sus pinturas y estatuas. Tras formular el interrogante correspondiente, el animador del programa indaga cauteloso: “¿Conoce usted la respuesta?”. El comentario de Jamal fue lo que no discerní la primera vez que vi la película: “No podría jamás olvidarla, señor; si Alá y Rama no existieran, mi madre estaría viva”. ¡Hay tanta profundidad en el dolor y en la sencillez de esta frase!
Los conflictos de las culturas lejanas —hinduistas y musulmanes en la India, hinduistas y budistas en Sri Lanka, la religión gubernamental de Beijing y todas las demás religiones en China— tienen la misma raíz de las pugnas que están a la vuelta de nuestra esquina; la misma copa aunque con distinto contenido. En aquéllos, en los problemas lejanos, dado que ambas partes nos son ajenas, permanecemos indolentes y neutros. En los del mundo cercano, en cambio, tomamos posición inmediata y calificamos de fanáticos e intolerantes a los otros, a quienes no comparten nuestro punto de vista.
En toda creencia desprovista de respaldo racional se encuentran las semillas del fanatismo y, por ende, del conflicto y de la violencia. Sólo quienes carecen de creencias emotivas e infundadas pueden aseverar que no son sectarios. Por supuesto que las religiones no son el único territorio donde se trazan rayas limítrofes y donde se toma partido aunque, eso sí, ellas conforman el dominio más metafísico y etéreo. Pero los otros fanatismos —los raciales, los partidistas, los patrióticos, los deportivos— son igualmente dañinos tanto para el individuo como para toda la sociedad.
Ciertamente siempre es y siempre será demasiado difícil lidiar con cualquier forma de fanatismo, particularmente cuando nosotros creemos tener la verdad revelada. ¿Estaríamos dispuestos a agregar en la frase de Jamal, además de Alá y Rama, a todos nuestros propios dioses, celestiales y terrenales por igual, que si no existieran dejarían de causar tantas muertes y conflictos? Bien dice Thich Nhat Hanh, el monje vietnamita de budismo Zen: “Recta opinión es la ausencia de opiniones”.

Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente