Ya no hay casi ningún campo de la actividad humana donde la “milagrosa” y materialista tecnología digital no haya metido sus dedos. Usted puede estar desnudo y conectado al mundo para obtener cualquier información en fracciones de minuto. Pero no solo es Google o Wikipedia: Los sistemas computarizados controlan todo lo que hacemos (y cuando fallan nos generan un caos inmanejable). El mundo moderno nos ha traído “milagros” científicos que alguien hace delante de nuestros ojos aunque nosotros no los entendamos. El tercer milenio, en consecuencia, debería estar alejándonos de lo sobrenatural y lo oculto y la metafísica debería estar deshaciéndose de su prefijo “meta” para no interferir en el trabajo de la física. ¿Verdad? Pues no es así. La adhesión devota a religiones organizadas y la aceptación incuestionable de toda una variedad de fenómenos parapsicológicos irracionales permanece firme y constante cuando no en alza. Y todo indica que ambos fenómenos acompañarán a la humanidad por mucho tiempo.
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La contradicción es tan manifiesta —ciencias y creencias no deberían estar simultáneamente en auge— que el mundo académico ha resuelto meterle muela al asunto. Las conclusiones iniciales tienen pensativos a muchos ateos y confundidos a más de un creyente: La fe parece estar codificada en nuestros genes y estamos diseñados para “creer en lo que no vemos porque Dios nos lo ha revelado”. ¿Será que estoy desobedeciendo a mis genes? —se preguntan los ateos—. ¿Será que no soy yo sino mis genes los que creen en Dios? —se cuestionan los creyentes.
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Todo parece indicar que la evolución nos metió en la cabeza tres conceptos imaginarios, muy ligados entre sí, que fueron fundamentales para la subsistencia de nuestros remotos antepasados. El primero es la consciencia del “yo”; el segundo, la consecuente dualidad cuerpo – alma; y el tercero, la extrapolación de la característica espiritual a otros fenómenos del universo.
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Comencemos con la consciencia del “yo”. El sentido de identidad es la permanente y firme convicción de individualidad —de un “yo”— que todos poseemos y que, con sus asociados de “me, mío, mí, mismo”, nos traza límites y nos diferencia claramente de nuestros semejantes. El neurocientífico portugués Antonio Damasio considera que la evolución hacia una consciencia de identidad que quiere perdurar y multiplicarse es la recompensa de la evolución a la noción progresiva de individualidad. Dice Damasio: “Desde una perspectiva evolutiva, el imperativo por un sentido de identidad se vuelve claro. Imagínense un organismo consciente comparado con uno que no lo sea. El primero tiene un incentivo (que el segundo no posee) para prestar atención a las señales de alarma (de un posible dolor, por ejemplo) que le provee la película histórica de su cerebro y así planear la evasión de la causa —de la amenaza— que la alarma ha encendido”. Esta cualidad favoreció, sin duda alguna, la supervivencia de algún Homo erectus hace unos cuantos cien miles de años.
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El paso del “yo” al alma es “de bola a bola”, como dicen los billaristas. La consciencia de mi identidad de nuestros remotos (y recientes) antepasados fue tan sólida que ellos la consideraron como una entidad inmaterial independiente. “Es tan autónoma que durante los sueños sale a pasear sola”, me imagino que pensarían. El alma así originada es la consciencia eternizada del “yo” o, mejor aún, la consciencia del “yo” eternizándose a sí misma. Dicho de otra manera, el alma es la extrapolación mental de la supervivencia, el invento de cómo vamos a seguir viviendo después de la muerte física. La creencia en el alma nos permite eludir ilusoriamente la desaparición y esconder la realidad inobjetable de nuestra transitoriedad.
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Y, por último, el antropomorfismo, la atribución de cualidades humanas a los fenómenos no humanos. El alma debió ser el primer ente inmaterial que se inventó el hombre. Después de ello, la adición de otros cuantos fantasmas más se vuelve un asunto normal y corriente. La asignación de espiritualidad, con las propiedades que queramos, a todos los demás eventos y cosas de la naturaleza fue una inferencia inmediata del alma personal. De allí surgieron todas las creencias en esquemas sobrenaturales, ya fueran dogmas religiosos estructurados, fenómenos parapsicológicos, eventos pseudocientíficos o rituales fetichistas. El antropólogo Stewart E. Guthrie de la Universidad Fordham en Nueva York dice que la religión es una expresión consistente con el antropomorfismo. De él surgen espontáneamente espíritus benignos y espectros malignos, ángeles buenos y demonios malos, hadas protectoras y duendes dañinos, piedras que conversan y árboles que asustan.
¿Cómo se puede explicar que, si la ciencia sabe con claridad el origen y la ilusión de los espíritus, el hombre moderno sigue aferrado a las creencias y a los poderes sobrenaturales? La respuesta se encuentra en la genética y en la neurología. Porque así le convino a la supervivencia humana, la secuencia triple de sentido de identidad, alma propia y espíritus ambulatorios ajenos está codificada en nuestro ADN o, menos probablemente, programada en nuestro cerebro.
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El sentido de identidad, que espiritualistas y materialistas sentimos y distinguimos por igual, corresponde a una mutación genética ocurrida no se sabe cuándo en la evolución ni dónde en la macromolécula de ADN. Por supuesto que la mutación se encuentra en alguna parte del tres por ciento de la cadena que nos diferencia de los chimpancés pero localizarla en esa “pequeña” fracción no es fácil pues en ese tres por ciento hay la nada despreciable cifra de cien millones de bases o pares nucleótidos. Hoy sabemos que un cambio de una sola letra en ese código puede conllevar transformaciones impredecibles.
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La creencia en espíritus, propios y ajenos, por otra parte, es probablemente una expresión genética (no una mutación) en un gen tampoco identificado cuya activación o expresión cambia de sentido, de encendido a apagado o viceversa, y quizás con posiciones intermedios. Los hallazgos de fósiles muy antiguos, en relativa abundancia, y de pinturas en rocas, más recientes y en menor escala, insinúan creencias, tanto del Homo sapiens primitivo como de nuestro pariente el Homo neanderthalensis , en la vida después de la muerte, muchos milenios antes del desarrollo de la agricultura o la escritura. Es razonable pensar entonces que la predisposición hacia la espiritualidad es genética (innata y codificada en el ADN) en vez de memética (cultural y programada neuronalmente). De acuerdo con experimentos del psicólogo Paul Bloom de la Universidad Yale, para enfatizar el predomino de natura sobre cultura, el dualismo cuerpo – alma se manifiesta en niños de edades tan tempranas como dos años quienes creen que los espíritus tienen identidad propia y pueden cambiar de cuerpo.
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Así las cosas, habiendo de por medio influencias genéticas que no se reversan fácilmente, el ritmo de la secularización —de “desespiritualización”— de la humanidad va a ser mucho más lento que el pronosticado por los científicos racionales y los pensadores ateos. Los dogmas religiosos y las creencias parapsicológicas, considerados originalmente como evoluciones simplemente culturales, parecen ser predisposiciones genéticas firmemente manifestadas. Las religiones organizadas permanecerán pues por centurias y el ocultismo, en todas sus manifestaciones, no se le ha de quedar atrás. “La mente humana evolucionó para creer en dioses, no para creer en la biología”, dice el naturalista norteamericano Edward Wilson.
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El lento cambio hacia el pragmatismo y el laicismo está ocurriendo casi exclusivamente entre las sociedades más educadas, siendo Europa occidental la región —y casi la excepción— en donde la transición está más avanzada. Allí el interruptor genético de la expresión espiritual parece estar cambiando de posición. Por más que Benedicto XVI y el Dalai Lama lo favorezcan, no hay diálogo posible entre religión y ciencia pues hablan idiomas diferentes. (No quiere esto decir que las investigaciones de la relación neuronas & genes – religión deban suspenderse). El cambio ha de ser espontáneo —el interruptor ha de moverse por si solo en cada grupo humano— y cualesquiera esfuerzos dirigidos para acelerar el proceso en las regiones donde la alta influencia religiosa es particularmente dañina, sean decretos dictatoriales, campañas propagandísticas o argumentos racionales, van a resultar muy poco fructíferos.
Enlaces relacionados:
Sentido de identidad: http://pragmatic-buddha.com/Identidad.aspx
Stewart Guthrie: http://www.as.ua.edu/rel/faces.html
Paul Bloom: http://www.newsweek.com/id/165678/page/3
Edward Wilson: http://pragmatic-buddha.com/consilience.aspx
Otros escritos del autor: http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
jueves, 5 de marzo de 2009
jueves, 5 de febrero de 2009
Nunca comprenderemos todo *
Toda discusión sobre hipótesis no comprobables resulta siempre un ejercicio bastante inútil, así nos divierta o lleguemos a pensar que ganamos el pleito. Los temas metafísicos, sobre los que cualquiera puede opinar, son un buen ejemplo de tales hipótesis. No es fácil probar que algo imperceptible pueda existir ni que todo lo que exista tenga que ser visible o palpable. La “conocida” materia oscura, cinco veces más abundante que la materia tangible, nunca ha sido detectada y su existencia es apenas inferida por sus efectos gravitacionales en la materia visible (para mí la cosa no está tan clara pero al menos comprendo el porqué la llaman materia oscura: no es porque no se vea sino porque no se entiende).
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El Buda no sabe nada de física pero es pragmático con respecto a las cosas confusas: “Sea la existencia o inexistencia del alma, el renacimiento o desaparición de los budas después de su muerte, etc., tales discusiones en nada contribuyen a la eliminación del sufrimiento”, dice al respecto el antiguo Sabio. En varios discursos hace diez declaraciones muy similares acerca de los temas sobre los cuales él no opina y desanima cualquier altercado; estas declaraciones se conocen en la literatura budista como los diez indeterminados.
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Cuatro de los diez indeterminados se refieren al universo —su eternidad o transitoriedad en el tiempo y su finitud o infinitud en el espacio— y, a diferencia de los otros seis asuntos, estos cuatro tienen más que ver con astrofísica o cosmología que con religión o filosofía. Veinticinco siglos después, la ciencia moderna parece darle la razón al Buda no tanto en cuanto a que la discusión de estos puntos no promueven la eliminación del sufrimiento como a que, con respecto a ellos, posiblemente nunca conoceremos la verdad última. ¿Para qué discutirlos entonces?
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Los conocimientos de la época del Buda (siglo VI a.C.) eran tan limitados que la palabra “científicos” les hubiera quedado bien grande; las Enseñanzas del Buda no son fruto del estudio sino de la intuición y la experiencia. En el mundo moderno, la aseveración de nuestra incapacidad de comprenderlo todo va mucho más allá de la cosmología y abarca todas las ciencias. Cada descubrimiento de los científicos, sea en física, química, biología, genética o neurología, abre un nuevo espacio donde con frecuencia los investigadores creen haber llegado a la habitación última de la erudición; allí con “certeza” sí se encuentran la verdad definitiva y el punto final.
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Pero no es así. El nuevo cuarto conduce a pasillos adicionales que, con puertas selladas, presentan incógnitas adicionales. Nunca comprenderemos completamente, nunca encontraremos la teoría que nos explique todas las cosas. No, en las ciencias naturales, y mucho menos, en las ciencias sociales. En física, la disciplina académica más antigua si consideramos a la astronomía como una parte de ella, a manera de ejemplo, todos los esfuerzos hacia una teoría unificada han fracasado. Dice el científico brasileño Marcelo Gleiser de Darmouth: “el modelo de unificación, tan estéticamente atractivo, puede simplemente ser eso, una descripción interesante de la naturaleza que, desafortunadamente, no concuerda con la realidad física. La naturaleza no comparte nuestros mitos”. La selección natural no favoreció un cerebro que comprendiera el origen del universo o el funcionamiento de la mente humana sino un órgano para que su dueño sobreviviera en los ambientes hostiles que habitaron nuestros antepasados.
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Basta leer unos cuantos escritos científicos en cualquier disciplina para corroborar que los investigadores se mueven a tientas. Los siguientes párrafos, como ejemplos adicionales en una disciplina diferente a la física, aparecen todos en una sola edición, la de diciembre 2008 - enero 2009, de la revista Scientific American Mind:
De la mano con los estudios sobre quarks, neuronas, genes, esquizofrenia y cerebro, la investigación moderna podría esforzarse también en identificar formas de disminuir el sufrimiento humano y acrecentar las armonías individuales y colectivas. Como mínimo, estas metas suenan igual de importantes a la comprensión del origen del universo, la verificación de su transitoriedad o el descubrimiento de universos paralelos.
Enlaces relacionados:
Marcelo Gleiser: To Unify or Not: That is the Question
http://www.edge.org/q2008/q08_2.html
Otros escritos de Gustavo Estrada: http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
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El Buda no sabe nada de física pero es pragmático con respecto a las cosas confusas: “Sea la existencia o inexistencia del alma, el renacimiento o desaparición de los budas después de su muerte, etc., tales discusiones en nada contribuyen a la eliminación del sufrimiento”, dice al respecto el antiguo Sabio. En varios discursos hace diez declaraciones muy similares acerca de los temas sobre los cuales él no opina y desanima cualquier altercado; estas declaraciones se conocen en la literatura budista como los diez indeterminados.
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Cuatro de los diez indeterminados se refieren al universo —su eternidad o transitoriedad en el tiempo y su finitud o infinitud en el espacio— y, a diferencia de los otros seis asuntos, estos cuatro tienen más que ver con astrofísica o cosmología que con religión o filosofía. Veinticinco siglos después, la ciencia moderna parece darle la razón al Buda no tanto en cuanto a que la discusión de estos puntos no promueven la eliminación del sufrimiento como a que, con respecto a ellos, posiblemente nunca conoceremos la verdad última. ¿Para qué discutirlos entonces?
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Los conocimientos de la época del Buda (siglo VI a.C.) eran tan limitados que la palabra “científicos” les hubiera quedado bien grande; las Enseñanzas del Buda no son fruto del estudio sino de la intuición y la experiencia. En el mundo moderno, la aseveración de nuestra incapacidad de comprenderlo todo va mucho más allá de la cosmología y abarca todas las ciencias. Cada descubrimiento de los científicos, sea en física, química, biología, genética o neurología, abre un nuevo espacio donde con frecuencia los investigadores creen haber llegado a la habitación última de la erudición; allí con “certeza” sí se encuentran la verdad definitiva y el punto final.
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Pero no es así. El nuevo cuarto conduce a pasillos adicionales que, con puertas selladas, presentan incógnitas adicionales. Nunca comprenderemos completamente, nunca encontraremos la teoría que nos explique todas las cosas. No, en las ciencias naturales, y mucho menos, en las ciencias sociales. En física, la disciplina académica más antigua si consideramos a la astronomía como una parte de ella, a manera de ejemplo, todos los esfuerzos hacia una teoría unificada han fracasado. Dice el científico brasileño Marcelo Gleiser de Darmouth: “el modelo de unificación, tan estéticamente atractivo, puede simplemente ser eso, una descripción interesante de la naturaleza que, desafortunadamente, no concuerda con la realidad física. La naturaleza no comparte nuestros mitos”. La selección natural no favoreció un cerebro que comprendiera el origen del universo o el funcionamiento de la mente humana sino un órgano para que su dueño sobreviviera en los ambientes hostiles que habitaron nuestros antepasados.
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Basta leer unos cuantos escritos científicos en cualquier disciplina para corroborar que los investigadores se mueven a tientas. Los siguientes párrafos, como ejemplos adicionales en una disciplina diferente a la física, aparecen todos en una sola edición, la de diciembre 2008 - enero 2009, de la revista Scientific American Mind:
- Nadie conoce la causa de la esquizofrenia, un desorden demoledor caracterizado por la psicosis y por un severo deterioro de las funciones cognitivas.
- Algunas investigaciones recientes sugieren que las pastillas anticonceptivas podrían afectar los tipos de hombres que le gustan a una mujer pero se ignoran las razones para que ello ocurra.
- La visión involucra múltiples áreas del cerebro trabajando simultáneamente pero la forma como los resultados de los diferentes procesos se consolidan para crear una percepción unificada sin fraccionamientos ni diferencias es todavía un misterio sin solución.
- La estimulación profunda del cerebro (DBS: Deep Brain Stimulation) mediante una batería implantada que envía pulsos de electricidad a áreas predefinidas del cerebro puede disminuir diversos problemas de salud como la depresión, el síndrome de Tourette, los desórdenes compulsivos o las adicciones. Se desconocen tanto la forma como opera el DBS para generar estos beneficios como los mecanismos fisiológicos que originan los problemas.
- Aunque la hipnosis plantea misterios fascinantes que mantendrán ocupados a los científicos por décadas, parece claro que tiene más en común con los estados conscientes corrientes de la vida diaria que con los trances inducidos en las películas de suspenso de Hollywood.
De la mano con los estudios sobre quarks, neuronas, genes, esquizofrenia y cerebro, la investigación moderna podría esforzarse también en identificar formas de disminuir el sufrimiento humano y acrecentar las armonías individuales y colectivas. Como mínimo, estas metas suenan igual de importantes a la comprensión del origen del universo, la verificación de su transitoriedad o el descubrimiento de universos paralelos.
Enlaces relacionados:
Marcelo Gleiser: To Unify or Not: That is the Question
http://www.edge.org/q2008/q08_2.html
Otros escritos de Gustavo Estrada: http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
domingo, 18 de enero de 2009
La maza y la cantera *
Me gustó “La maza” de Silvio Rodríguez, la famosa canción cubana con ritmo de chacarera argentina, desde cuando la escuché por primera vez en los tempranos ochenta. Siempre supe que, detrás de tanta música, sus versos ostentosos —un testaferro del traidor de los aplausos, un servidor de pasado en copa nueva, júbilo hervido con trapo y lentejuela— tenían que esconder un recóndito significado que, a pesar de lo me inquietaba y atraía, no lograba descifrar.
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Mi ignorancia era bien compartida por muchos. Especulé con numerosos amigos que la cantera representaba al capitalista explotador y la maza, pariente cercana de la hoz y del martillo, tenía que ser el trabajador explotado. No obstante, con tan marxista interpretación, más del comunismo de Silvio y de Cuba que de la letra de la canción, las metáforas carecían de sentido alguno. Mis dudas duraron años y solo se aclararon recientemente. En una entrevista que concedió a la revista chilena “La bicicleta” en 1984 (gracias Google) explicó el mismo Silvio Rodríguez: "La maza es un poco la razón de ser artista, de su compromiso, que no se deja seducir por los artificios y superficialidades que suelen acompañar a algunas manifestaciones escénicas. La cantera es de donde se sacan los cantos, la maza es con lo que se golpea. Si no hubiera una cantera de donde sacar un producto ¿para qué serviría la maza?”
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En el poema el cantante confiesa su profundo anhelo de creer; sus creencias —sus ideales, sus valores, sus expectativas— conforman la cantera, la veta de donde ha de salir su canto: “Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza…” El artista es entonces la maza; sin sus creencias no tendría en qué inspirarse y la maza sería tan solo un conjunto deforme de agregados orgánicos (un amasijo hecho de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne con madera), una especie de maniquí mecánico (un instrumento sin mejores resplandores), un repetidor de conductas condicionadas (un servidor de pasado en copa nueva).
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El verbo “creer” tiene dos acepciones contrapuestas. En la primera, la de la espiritualidad teológica, creer es dar firme fe a las verdades reveladas por Dios. Por aquí definitivamente no anda el camarada poeta; él no quiere ni aspira ser el “eternizador de los dioses del ocaso”. En la segunda, la de la espiritualidad atea, la que define Jaron Lanier como “nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta”, creer es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza a comprender. Aquí caben las hipótesis sobre todos los misterios. Si encadenamos sucesivamente los interrogatorios de la curiosidad humana con los consiguientes hallazgos de la ciencia, al final siempre llegaremos a una esquina sin salida, a una pregunta sin respuesta. Nunca entenderemos completamente. En los contrastes de la vida terrenal —lo más duro y la esperanza, el deseo y el algo puro, el sonido y el silencio, el trino y la pavura, el equilibrio y la locura— enmarca muy bien la espiritualidad atea, la espiritualidad moderna, la de Silvio Rodríguez. (Vale la pena anotar que el comunismo y el socialismo son religiones “que no se atreven a decir su nombre”).
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Los poetas soñadores con su idealismo se aproximan más a la maravilla indefinible de la naturaleza que nosotros los racionales con nuestra lógica recalcitrante: Ellos, los poetas, cuando no logran fotografiar la realidad, prefieren entonces dibujarla. A través de metáforas y parábolas, los artistas pintan mejor los paisajes etéreos de lo incomprensible. Y allí quedan delineados los mitos y los hechos, los sueños y las realidades, lo especulativo y lo empírico. Con estos dibujos figurados quizás no llegamos a la verdad última pero sí nos acercamos a lo bello y lo sublime. Entre una espiritualidad que no es teísta y un materialismo que reconoce la imposibilidad de explicar todos los fenómenos de la naturaleza, allí “creo” que se encuentra la cantera de esa maza creadora —y creedora— que es Silvio Rodríguez.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
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Mi ignorancia era bien compartida por muchos. Especulé con numerosos amigos que la cantera representaba al capitalista explotador y la maza, pariente cercana de la hoz y del martillo, tenía que ser el trabajador explotado. No obstante, con tan marxista interpretación, más del comunismo de Silvio y de Cuba que de la letra de la canción, las metáforas carecían de sentido alguno. Mis dudas duraron años y solo se aclararon recientemente. En una entrevista que concedió a la revista chilena “La bicicleta” en 1984 (gracias Google) explicó el mismo Silvio Rodríguez: "La maza es un poco la razón de ser artista, de su compromiso, que no se deja seducir por los artificios y superficialidades que suelen acompañar a algunas manifestaciones escénicas. La cantera es de donde se sacan los cantos, la maza es con lo que se golpea. Si no hubiera una cantera de donde sacar un producto ¿para qué serviría la maza?”
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En el poema el cantante confiesa su profundo anhelo de creer; sus creencias —sus ideales, sus valores, sus expectativas— conforman la cantera, la veta de donde ha de salir su canto: “Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza…” El artista es entonces la maza; sin sus creencias no tendría en qué inspirarse y la maza sería tan solo un conjunto deforme de agregados orgánicos (un amasijo hecho de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne con madera), una especie de maniquí mecánico (un instrumento sin mejores resplandores), un repetidor de conductas condicionadas (un servidor de pasado en copa nueva).
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El verbo “creer” tiene dos acepciones contrapuestas. En la primera, la de la espiritualidad teológica, creer es dar firme fe a las verdades reveladas por Dios. Por aquí definitivamente no anda el camarada poeta; él no quiere ni aspira ser el “eternizador de los dioses del ocaso”. En la segunda, la de la espiritualidad atea, la que define Jaron Lanier como “nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta”, creer es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza a comprender. Aquí caben las hipótesis sobre todos los misterios. Si encadenamos sucesivamente los interrogatorios de la curiosidad humana con los consiguientes hallazgos de la ciencia, al final siempre llegaremos a una esquina sin salida, a una pregunta sin respuesta. Nunca entenderemos completamente. En los contrastes de la vida terrenal —lo más duro y la esperanza, el deseo y el algo puro, el sonido y el silencio, el trino y la pavura, el equilibrio y la locura— enmarca muy bien la espiritualidad atea, la espiritualidad moderna, la de Silvio Rodríguez. (Vale la pena anotar que el comunismo y el socialismo son religiones “que no se atreven a decir su nombre”).
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Los poetas soñadores con su idealismo se aproximan más a la maravilla indefinible de la naturaleza que nosotros los racionales con nuestra lógica recalcitrante: Ellos, los poetas, cuando no logran fotografiar la realidad, prefieren entonces dibujarla. A través de metáforas y parábolas, los artistas pintan mejor los paisajes etéreos de lo incomprensible. Y allí quedan delineados los mitos y los hechos, los sueños y las realidades, lo especulativo y lo empírico. Con estos dibujos figurados quizás no llegamos a la verdad última pero sí nos acercamos a lo bello y lo sublime. Entre una espiritualidad que no es teísta y un materialismo que reconoce la imposibilidad de explicar todos los fenómenos de la naturaleza, allí “creo” que se encuentra la cantera de esa maza creadora —y creedora— que es Silvio Rodríguez.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
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viernes, 26 de diciembre de 2008
Mi YO físico ni es permanente ni es mío *
Usted y yo dizque somos organismos multicelulares —el multi es bien multi: diez millones de millones de células—. Las bacterias son microorganismos unicelulares —el micro es bien micro: millonésimas de metro—. Las bacterias son mucho más pequeñitas que las células pero, si en nuestro cuerpo hubiera elecciones para definir quién manda, las bacterias ganarían por diez a uno. Somos pues mucho más multibacteriales que multicelulares. “Debajo de nuestras diferencias superficiales todos somos comunidades caminantes de bacterias“, dice la bióloga Lynn Margulis. Nuestros huéspedes viven en su gran mayoría en los intestinos formando la llamada flora bacteriana (¿seremos nosotros la fauna?)
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¿Constituyen las bacterias algo de mi “yo”? Esos bichitos nacen, se reproducen y mueren dentro de nosotros y a todos nos toca regalarles el arriendo y la alimentación. En kilogramos son como la décima parte de nosotros. Unos pocos son perjudiciales, otros cuantos benéficos y otros más absolutamente necesarios para nuestra supervivencia. Si se mueren estos últimos, nos morimos con ellos; son pues candidatos perfectos para considerarlos una parte integral de mi “yo”. ¿O no? Desafortunadamente, de la mayoría de las quinientas especies invasoras desconocemos por completo su utilidad o daño. Así como el proyecto del genoma humano se dedicó a identificar la secuencia de los pares de bases (nucleótidos) de nuestros veinticinco mil genes, un proyecto denominado microbioma, iniciado en 2007, pretende censar y caracterizar a nuestros co-residentes e identificar la relación entre sus variaciones de cantidad y la salud (o la enfermedad) de sus anfitriones.
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El asunto del “yo” no es solo de masa y volumen sino además de duración y tiempo. Nuestras células como las bacterias también nacen y se mueren; muchas inclusive se suicidan. Nuestra mucosa gástrica, por ejemplo, se regenera totalmente cada tres días. Otras células duran muchos años —quince en el caso de huesos y músculos— y parece que las neuronas escasamente se reemplazan. (¡Ojo los tomadores! Cada borrachera puede matar ochenta millones). Sin embargo, aunque una célula dure años, las moléculas que la conforman entran y salen permanentemente manteniéndose constante, eso sí, el ADN o codificación genética. El ADN es lo único que permanece a lo largo de nuestra vida siendo algo así como un software y unas bases de datos, más o menos invariables, que se procesan en el hardware cambiante de nuestro cuerpo.
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Sin los detalles que provee la ciencia, el Buda comprendió intuitivamente estas características de los seres vivos. “Todo lo que le hace creer al ser humano que posee una esencia perdurable —su cuerpo, sus sensaciones, sus percepciones, sus reacciones condicionadas, su cognición— es transitorio (se renueva permanentemente) y, por lo tanto, no existen entidades eternas asociadas a ningún ser vivo”, dijo hace veinticinco siglos. En uno de sus análisis del asunto, el Buda se hizo las mismas preguntas que se hacen los biólogos y los psicólogos modernos: ¿Dónde reside mi “yo” eterno? El antiguo sabio examina los elementos del cuerpo humano para sugerir que, uno por uno, ellos son solo fenómenos físicos en los que no hay ni ego eterno ni espíritu perpetuo. La lista que examina el Buda es interesante; en nuestro “costal de piel” aparecen cerebro, corazón, huesos, intestinos, hígado, sangre, dientes… pero además sudor, lágrimas, saliva, heces y orines (con los cuales expelemos células y bacterias por cantidades).
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Los últimos dos elementos son una buena adición en peso a nuestro diez por ciento bacterial. Bien sabemos que si no producimos y retiramos las heces y los orines también nos morimos. Dependiendo de la hora del día, los tales elementos que llevamos dentro pueden ser un porcentaje importante de nuestro peso total. En cualquier caso, de eso sí estoy seguro, sin necesidad de investigaciones científicas o ponderaciones filosóficas: Nadie, absolutamente nadie, —por ególatra, egoísta, egomaníaco o egocéntrico que sea— se atrevería a decir que sus excrementos son parte fundamental de su “yo”. Y, mucho menos, de su alma.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
Enlaces relacionados
Sobre la flora bacteriana:
http://en.wikipedia.org/wiki/Human_flora
Sobre la edad de las células: http://www.nytimes.com/2005/08/02/science/02cell.html?pagewanted=print
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¿Constituyen las bacterias algo de mi “yo”? Esos bichitos nacen, se reproducen y mueren dentro de nosotros y a todos nos toca regalarles el arriendo y la alimentación. En kilogramos son como la décima parte de nosotros. Unos pocos son perjudiciales, otros cuantos benéficos y otros más absolutamente necesarios para nuestra supervivencia. Si se mueren estos últimos, nos morimos con ellos; son pues candidatos perfectos para considerarlos una parte integral de mi “yo”. ¿O no? Desafortunadamente, de la mayoría de las quinientas especies invasoras desconocemos por completo su utilidad o daño. Así como el proyecto del genoma humano se dedicó a identificar la secuencia de los pares de bases (nucleótidos) de nuestros veinticinco mil genes, un proyecto denominado microbioma, iniciado en 2007, pretende censar y caracterizar a nuestros co-residentes e identificar la relación entre sus variaciones de cantidad y la salud (o la enfermedad) de sus anfitriones.
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El asunto del “yo” no es solo de masa y volumen sino además de duración y tiempo. Nuestras células como las bacterias también nacen y se mueren; muchas inclusive se suicidan. Nuestra mucosa gástrica, por ejemplo, se regenera totalmente cada tres días. Otras células duran muchos años —quince en el caso de huesos y músculos— y parece que las neuronas escasamente se reemplazan. (¡Ojo los tomadores! Cada borrachera puede matar ochenta millones). Sin embargo, aunque una célula dure años, las moléculas que la conforman entran y salen permanentemente manteniéndose constante, eso sí, el ADN o codificación genética. El ADN es lo único que permanece a lo largo de nuestra vida siendo algo así como un software y unas bases de datos, más o menos invariables, que se procesan en el hardware cambiante de nuestro cuerpo.
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Sin los detalles que provee la ciencia, el Buda comprendió intuitivamente estas características de los seres vivos. “Todo lo que le hace creer al ser humano que posee una esencia perdurable —su cuerpo, sus sensaciones, sus percepciones, sus reacciones condicionadas, su cognición— es transitorio (se renueva permanentemente) y, por lo tanto, no existen entidades eternas asociadas a ningún ser vivo”, dijo hace veinticinco siglos. En uno de sus análisis del asunto, el Buda se hizo las mismas preguntas que se hacen los biólogos y los psicólogos modernos: ¿Dónde reside mi “yo” eterno? El antiguo sabio examina los elementos del cuerpo humano para sugerir que, uno por uno, ellos son solo fenómenos físicos en los que no hay ni ego eterno ni espíritu perpetuo. La lista que examina el Buda es interesante; en nuestro “costal de piel” aparecen cerebro, corazón, huesos, intestinos, hígado, sangre, dientes… pero además sudor, lágrimas, saliva, heces y orines (con los cuales expelemos células y bacterias por cantidades).
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Los últimos dos elementos son una buena adición en peso a nuestro diez por ciento bacterial. Bien sabemos que si no producimos y retiramos las heces y los orines también nos morimos. Dependiendo de la hora del día, los tales elementos que llevamos dentro pueden ser un porcentaje importante de nuestro peso total. En cualquier caso, de eso sí estoy seguro, sin necesidad de investigaciones científicas o ponderaciones filosóficas: Nadie, absolutamente nadie, —por ególatra, egoísta, egomaníaco o egocéntrico que sea— se atrevería a decir que sus excrementos son parte fundamental de su “yo”. Y, mucho menos, de su alma.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
Enlaces relacionados
Sobre la flora bacteriana:
http://en.wikipedia.org/wiki/Human_flora
Sobre la edad de las células: http://www.nytimes.com/2005/08/02/science/02cell.html?pagewanted=print
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Margulis flora,
transitoriedad,
yo
viernes, 14 de noviembre de 2008
Entre lo exotérico y lo esotérico *
Los territorios de la física racional (lo exotérico material) y la metafísica animista (lo esotérico inmaterial) carecen de comarcas comunes y los habitantes de sus puntos extremos jamás se aproximarán; ellos hablan idiomas distintos y sus cerebros funcionan de manera diferente. En una punta están los radicales ateos que ya respondieron todas sus preguntas y cuya suficiencia de razón está por encima de cualquier tipo de duda. En la otra, se encuentran los fanáticos religiosos —los creacionistas para quienes el universo tiene seis mil años, los musulmanes de guerra santa, los creyentes fervorosos que conversan con Dios— a quienes les sobra fe pero se quedaron cortos en raciocinio.
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Para fortuna humana, hay un gigantesco terreno en el medio de esos polos opuestos. Allí caben los tolerantes de todos los credos, los creyentes que aceptan posibilidades de error, los ateos respetuosos de la opinión ajena y los agnósticos que reconocen las limitaciones de la mente para comprender el Orden Universal. Y en esa amplísima gama de grises, sobresalen algunos grupos interesantes, dos de los cuales quiero resaltar en esta oportunidad.
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El primer grupo, de generación espontánea en los años recientes, es una especie de Nueva Espiritualidad (nada que ver con la Nueva Era o con la Era de Acuario donde se mezclan en una extraña amalgama la astrología, los ángeles, los médiums y las vidas anteriores ), un centro "radical" que se adhiere a la investigación científica pero reconoce al mismo tiempo que el cerebro es el resultado de la selección natural para supervivir y favorecer descendencia y no para resolver todos los misterios ni descifrar todas las verdades del cosmos. Allí bien caben la espiritualidad atea de filósofo francés André Comte-Sponville y el sentido de Dios que, según el biólogo norteamericano Stuart Kauffman, uno de los pioneros de la teoría de sistemas complejos, se encuentra en “la incesante creatividad del universo, la biósfera y la vida humana”.
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El segundo grupo, con antigüedad de veinticinco siglos, es el budismo pragmático, la esencia y el subconjunto reducido de conceptos que quedan del budismo religioso una vez se le retiran todos los componentes de dogma y culto. El Buda sencillamente recomienda no perder tiempo con los temas metafísicos. Dice así en uno de sus discursos: «La afirmación o negación de hipótesis sobre asuntos sobrenaturales, sean estos la eternidad del universo, la existencia del alma, el renacimiento o la reencarnación, es solo un manojo de opiniones, un desierto de opiniones, una manipulación de opiniones que en nada conducen a la cesación del sufrimiento». Todo lo que no esté orientado a la eliminación del sufrimiento, también lo declara el Buda, es una pérdida completa de tiempo. ¿Y qué queda cuando se termina el sufrimiento? La armonía y la paz interior que tanto anhelamos todos los humanos, en todos los rincones del planeta, sin distinciones de idioma, origen o color.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
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Para fortuna humana, hay un gigantesco terreno en el medio de esos polos opuestos. Allí caben los tolerantes de todos los credos, los creyentes que aceptan posibilidades de error, los ateos respetuosos de la opinión ajena y los agnósticos que reconocen las limitaciones de la mente para comprender el Orden Universal. Y en esa amplísima gama de grises, sobresalen algunos grupos interesantes, dos de los cuales quiero resaltar en esta oportunidad.
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El primer grupo, de generación espontánea en los años recientes, es una especie de Nueva Espiritualidad (nada que ver con la Nueva Era o con la Era de Acuario donde se mezclan en una extraña amalgama la astrología, los ángeles, los médiums y las vidas anteriores ), un centro "radical" que se adhiere a la investigación científica pero reconoce al mismo tiempo que el cerebro es el resultado de la selección natural para supervivir y favorecer descendencia y no para resolver todos los misterios ni descifrar todas las verdades del cosmos. Allí bien caben la espiritualidad atea de filósofo francés André Comte-Sponville y el sentido de Dios que, según el biólogo norteamericano Stuart Kauffman, uno de los pioneros de la teoría de sistemas complejos, se encuentra en “la incesante creatividad del universo, la biósfera y la vida humana”.
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El segundo grupo, con antigüedad de veinticinco siglos, es el budismo pragmático, la esencia y el subconjunto reducido de conceptos que quedan del budismo religioso una vez se le retiran todos los componentes de dogma y culto. El Buda sencillamente recomienda no perder tiempo con los temas metafísicos. Dice así en uno de sus discursos: «La afirmación o negación de hipótesis sobre asuntos sobrenaturales, sean estos la eternidad del universo, la existencia del alma, el renacimiento o la reencarnación, es solo un manojo de opiniones, un desierto de opiniones, una manipulación de opiniones que en nada conducen a la cesación del sufrimiento». Todo lo que no esté orientado a la eliminación del sufrimiento, también lo declara el Buda, es una pérdida completa de tiempo. ¿Y qué queda cuando se termina el sufrimiento? La armonía y la paz interior que tanto anhelamos todos los humanos, en todos los rincones del planeta, sin distinciones de idioma, origen o color.
Gustavo Estrada
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viernes, 7 de noviembre de 2008
La facilidad de complicar *
El budismo está rodeado de una aureola de misticismo, de mito y de misterio que lo hacen casi inaccesible al ciudadano corriente. Los tres términos provienen del mismo vocablo griego, el verbo myein, que significa «cerrar tanto los ojos como los labios», esto es, incomunicarse visual y verbalmente. Algo de myein sí hay en la meditación budista pero poco de los otros tres vocablos evolucionados. Mysterion era un rito secreto en el cual una persona era iniciada; mystes (de donde se originan místico y misticismo) era el iniciado; mythos quería decir «palabra» en el sentido de «última palabra», un pronunciamiento final y decisivo, algo no demostrable e incuestionable (como las verdades reveladas), en contraposición a logos, una afirmación «lógica» cuya validez podía ser explicada.
Las aclaraciones a las verdades obvias tienden a complicarlas. De allí surgen los mitos y los misterios y respaldo la aseveración con un cuento de J. Krishnamurti. El pensamiento de este filósofo hindú del siglo XX es semejante en muchos aspectos a las Enseñanzas del Buda pero entre los dos sabios hay una evidente disparidad de estilos. J. Krishnamurti muy rara vez utiliza parábolas para ilustrar o apoyar sus mensajes, a diferencia del Buda que lo hace extensivamente. En unas de las pocas ocasiones en las cuales se separa de su costumbre, Krishnamurti resalta en un relato, de manera alegórica y humorística, lo escurridiza y difícil de captar que es la «verdad», cualquiera que sea la idea que alguien tenga de ella. Dice Krishnamurti entonces:
Ustedes deben recordar el cuento de cuando el diablo y un amigo iban caminando por la calle.
Delante de ellos, los dos vieron a alguien recoger algo del suelo, mirarlo con detenimiento y guardarlo alegre en su bolsillo.
— ¿Qué recogió ese señor? —preguntó el amigo.
—Se encontró una muestra de la verdad —contestó el diablo.
— ¿La verdad? Muy malas noticias para usted —comentó el acompañante.
—De ninguna manera —remató el diablo sonriendo. —Yo le voy a ayudar a organizarla.
El diablo, desde su punto de vista, hizo un excelente trabajo en la «organización» de las Enseñanzas del Buda. Por su lamentable efectividad (la del diablo), la elementalidad del budismo se enredó. Su doctrina —o, mejor dicho, la variedad de sus doctrinas—, bien sea como religión, sistema filosófico o escuela psicológica, es extensa y complicada. La extensión resulta del volumen descomunal de las escrituras, las canónicas y las no canónicas. La complicación proviene del alto grado de abstracción de la filosofía, de las particularidades conceptuales de las numerosas corrientes, de la intromisión de leyendas y eventos inexplicables dentro del cuerpo mismo de los textos y de las dificultades de la traducción de los escritos más antiguos a los idiomas occidentales. Como ocurre con todas las doctrinas cuando se vuelven credos, los ritos del budismo y las leyendas alrededor del Buda terminan atrayendo más atención que sus aspectos prácticos.
Hay mucho por hacer en la divulgación de la esencia del budismo en su prístina simplicidad. Cuando las Enseñanzas básicas se esparzan por todas partes, los mensajes del Buda, anteriormente solo orientales y ahora en proceso de «occidentalización», se volverán entonces universales. En el curso de esta “globalización”, las Enseñanzas retornarán a las cualidades con que las predica el Buda en sus comienzos: sencillas, únicas y universales, todo con el loable y único propósito de acabar con el sufrimiento.
Gustavo Estrada
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Las aclaraciones a las verdades obvias tienden a complicarlas. De allí surgen los mitos y los misterios y respaldo la aseveración con un cuento de J. Krishnamurti. El pensamiento de este filósofo hindú del siglo XX es semejante en muchos aspectos a las Enseñanzas del Buda pero entre los dos sabios hay una evidente disparidad de estilos. J. Krishnamurti muy rara vez utiliza parábolas para ilustrar o apoyar sus mensajes, a diferencia del Buda que lo hace extensivamente. En unas de las pocas ocasiones en las cuales se separa de su costumbre, Krishnamurti resalta en un relato, de manera alegórica y humorística, lo escurridiza y difícil de captar que es la «verdad», cualquiera que sea la idea que alguien tenga de ella. Dice Krishnamurti entonces:
Ustedes deben recordar el cuento de cuando el diablo y un amigo iban caminando por la calle.
Delante de ellos, los dos vieron a alguien recoger algo del suelo, mirarlo con detenimiento y guardarlo alegre en su bolsillo.
— ¿Qué recogió ese señor? —preguntó el amigo.
—Se encontró una muestra de la verdad —contestó el diablo.
— ¿La verdad? Muy malas noticias para usted —comentó el acompañante.
—De ninguna manera —remató el diablo sonriendo. —Yo le voy a ayudar a organizarla.
El diablo, desde su punto de vista, hizo un excelente trabajo en la «organización» de las Enseñanzas del Buda. Por su lamentable efectividad (la del diablo), la elementalidad del budismo se enredó. Su doctrina —o, mejor dicho, la variedad de sus doctrinas—, bien sea como religión, sistema filosófico o escuela psicológica, es extensa y complicada. La extensión resulta del volumen descomunal de las escrituras, las canónicas y las no canónicas. La complicación proviene del alto grado de abstracción de la filosofía, de las particularidades conceptuales de las numerosas corrientes, de la intromisión de leyendas y eventos inexplicables dentro del cuerpo mismo de los textos y de las dificultades de la traducción de los escritos más antiguos a los idiomas occidentales. Como ocurre con todas las doctrinas cuando se vuelven credos, los ritos del budismo y las leyendas alrededor del Buda terminan atrayendo más atención que sus aspectos prácticos.
Hay mucho por hacer en la divulgación de la esencia del budismo en su prístina simplicidad. Cuando las Enseñanzas básicas se esparzan por todas partes, los mensajes del Buda, anteriormente solo orientales y ahora en proceso de «occidentalización», se volverán entonces universales. En el curso de esta “globalización”, las Enseñanzas retornarán a las cualidades con que las predica el Buda en sus comienzos: sencillas, únicas y universales, todo con el loable y único propósito de acabar con el sufrimiento.
Gustavo Estrada
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martes, 28 de octubre de 2008
Las dos iluminaciones *
Las diferencias conceptuales en materias metafísicas son irreconciliables. No puede haber acuerdo sobre preferencias divinas, seres etéreos, vidas previas, reencarnaciones posteriores, paraísos celestiales, infiernos castigadores o apariciones milagrosas. Las opiniones o suposiciones en estos temas, atribuidas por cada credo a sus correspondientes profetas o elegidos, no son ni evidentes por sí mismas ni demostrables. Las verdades “reveladas” en asuntos sobrenaturales son, desde la perspectiva del Buda, opiniones incorrectas. Las opiniones incorrectas obnubilan el entendimiento; la iluminación del budismo —la iluminación oriental— es la cesación de la obnubilación, el despertar interior. (La palabra “buda” quiere decir “despierto mental”).
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Todos los dogmas religiosos parten de opiniones —de suposiciones, de proposiciones cuya verdad se admite sin pruebas— y sobre las cuales, mediante ulteriores razonamientos, se construye el cuerpo de doctrina. Si los postulados iniciales de dos sectas difieren, los sistemas resultantes serán completamente divergentes. No habrá forma de que creyentes y adherentes, por más que discutan y revisen sus argumentos, logren ponerse de acuerdo en cuanto a lo que es correcto; en los peores casos, lucharán y se matarán por sus causas. Stephen Colbert, el humorista norteamericano, dice con irónico ingenio: «No soy un fanático de los hechos. Los hechos no cuentan. Son las emociones las que interesan. Los hechos pueden cambiar, pero las opiniones nunca cambiarán, sin importar cuales sean los hechos».
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La iluminación occidental, el movimiento intelectual del siglo XVIII, tiene similitudes y diferencias con la iluminación oriental. Immanuel Kant, uno de sus exponentes más importantes, la definió como “la emergencia del hombre —el surgimiento, el escape, la salida— de su inmadurez autoimpuesta, de su incapacidad para usar su propio entendimiento sin la guía o dirección de otros”. (Para distinguir las dos perspectivas de la iluminación, la precisión del idioma alemán utiliza términos diferentes).
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Las opiniones incorrectas no necesariamente resultan de la falta de inteligencia o conocimientos, sino de la inmadurez autoimpuesta que describe Kant. Tal inmadurez explica por qué muchas personas, por lo demás instruidas y sagaces en sus disciplinas profesionales, aceptan creencias irracionales e innecesarias. Muchas mentes brillantes han sostenido opiniones incorrectas. El psiquiatra suizo Carl Jung creía en la astrología; el antropólogo y naturalista inglés Alfred Russell Wallace pasó los últimos años de su vida intentando comunicarse con los espíritus de los muertos; el físico y matemático inglés Isaac Newton pensaba que los planetas necesitaban de vez en cuando empujones de los ángeles para seguir su rotación, sin sucumbir a la atracción de la gravedad del sol; el astrónomo alemán Johannes Kepler se ganaba la vida haciendo horóscopos.
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Según Arthur Schopenhauer, nada bloquea tanto el acceso a la verdad como los prejuicios y las opiniones preconcebidas que resultan de las creencias que hemos adoptado voluntaria o involuntariamente de terceros —las suposiciones incorrectas, los enunciados no evidentes, no verificables, no demostrables—. La emancipación mental de estas creencias demanda un coraje superior y una capacidad intensa de observación desprevenida de la realidad.
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El Buda se adelanta a Kant en más de dos milenios cuando establece que debemos liberarnos de todas las especulaciones sobre los dominios metafísicos pues son opiniones o suposiciones inútiles e incorrectas que en nada contribuyen a la eliminación de la desarmonía y el sufrimiento emocional. Ambos pensadores llegan hasta sus correspondientes concepciones de la iluminación: El Buda lo hace a través de la meditación y el silencio de la mente; Kant, mediante el análisis y la razón. Y también ambos sabios coinciden en la necesidad de una decisión firme por parte del aspirante a la verdad. El Buda exhorta al esfuerzo: “¡Siga el camino noble! Ese le lleva al conocimiento intuitivo y al fin de la obnubilación”. Kant recomienda resolución: “¡Tenga coraje para utilizar su propio entendimiento sin depender de terceros! Ese es lema de la iluminación”.
Gustavo Estrada
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Todos los dogmas religiosos parten de opiniones —de suposiciones, de proposiciones cuya verdad se admite sin pruebas— y sobre las cuales, mediante ulteriores razonamientos, se construye el cuerpo de doctrina. Si los postulados iniciales de dos sectas difieren, los sistemas resultantes serán completamente divergentes. No habrá forma de que creyentes y adherentes, por más que discutan y revisen sus argumentos, logren ponerse de acuerdo en cuanto a lo que es correcto; en los peores casos, lucharán y se matarán por sus causas. Stephen Colbert, el humorista norteamericano, dice con irónico ingenio: «No soy un fanático de los hechos. Los hechos no cuentan. Son las emociones las que interesan. Los hechos pueden cambiar, pero las opiniones nunca cambiarán, sin importar cuales sean los hechos».
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La iluminación occidental, el movimiento intelectual del siglo XVIII, tiene similitudes y diferencias con la iluminación oriental. Immanuel Kant, uno de sus exponentes más importantes, la definió como “la emergencia del hombre —el surgimiento, el escape, la salida— de su inmadurez autoimpuesta, de su incapacidad para usar su propio entendimiento sin la guía o dirección de otros”. (Para distinguir las dos perspectivas de la iluminación, la precisión del idioma alemán utiliza términos diferentes).
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Las opiniones incorrectas no necesariamente resultan de la falta de inteligencia o conocimientos, sino de la inmadurez autoimpuesta que describe Kant. Tal inmadurez explica por qué muchas personas, por lo demás instruidas y sagaces en sus disciplinas profesionales, aceptan creencias irracionales e innecesarias. Muchas mentes brillantes han sostenido opiniones incorrectas. El psiquiatra suizo Carl Jung creía en la astrología; el antropólogo y naturalista inglés Alfred Russell Wallace pasó los últimos años de su vida intentando comunicarse con los espíritus de los muertos; el físico y matemático inglés Isaac Newton pensaba que los planetas necesitaban de vez en cuando empujones de los ángeles para seguir su rotación, sin sucumbir a la atracción de la gravedad del sol; el astrónomo alemán Johannes Kepler se ganaba la vida haciendo horóscopos.
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Según Arthur Schopenhauer, nada bloquea tanto el acceso a la verdad como los prejuicios y las opiniones preconcebidas que resultan de las creencias que hemos adoptado voluntaria o involuntariamente de terceros —las suposiciones incorrectas, los enunciados no evidentes, no verificables, no demostrables—. La emancipación mental de estas creencias demanda un coraje superior y una capacidad intensa de observación desprevenida de la realidad.
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El Buda se adelanta a Kant en más de dos milenios cuando establece que debemos liberarnos de todas las especulaciones sobre los dominios metafísicos pues son opiniones o suposiciones inútiles e incorrectas que en nada contribuyen a la eliminación de la desarmonía y el sufrimiento emocional. Ambos pensadores llegan hasta sus correspondientes concepciones de la iluminación: El Buda lo hace a través de la meditación y el silencio de la mente; Kant, mediante el análisis y la razón. Y también ambos sabios coinciden en la necesidad de una decisión firme por parte del aspirante a la verdad. El Buda exhorta al esfuerzo: “¡Siga el camino noble! Ese le lleva al conocimiento intuitivo y al fin de la obnubilación”. Kant recomienda resolución: “¡Tenga coraje para utilizar su propio entendimiento sin depender de terceros! Ese es lema de la iluminación”.
Gustavo Estrada
http://innerpeace.sharepoint.com/Pages/aboutus.aspx
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